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Bram Stoker (1845 - 1912)
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En 1897, el irlandés Bram Stoker publicó su novela Drácula, en la que narraba las peripecias de un agente inmobiliario de Londres, Jonathan Harker, que marchaba hasta la recóndita Transilvania, en Rumania, para entrevistar a un posible comprador: el conde Drácula. Este misterioso personaje decía que quería adquirir una casa en Londres y parecía muy educado, pero en realidad era un vampiro, un no muerto que se alimentaba de la sangre de los vivos. El conde tenía bajo su mando a tres hermosas mujeres, vampiros también, a las que ordena que mantengan encerrado al agente inmobiliario mientras él va hasta la ciudad de la niebla. Allí vampiriza a Lucy Westenra, una amiga de la mujer de Harker, Mina Harker, quien casi cae también en sus garras. Por fortuna, Jonathan consigue escapar del castillo de Drácula y regresa a Londres justo a tiempo. Allí forma equipo con van Helsing, un experto en combatir vampiros. Juntos vencen al conde y lo persiguen hasta su Transilvania natal, donde por fin consiguen terminar con él de una vez por todas. La novela de Stoker, que al parecer está inspirada en la obra de los hermanos Marie y Henri Nicet, entre otros, así como en la historia y folclore rumanos, no tardó en alcanzar un gran éxito y, desde entonces, el príncipe de las tinieblas ha protagonizado un sinfín de novelas y películas.
Fotograma del filme Drácula, de Tod Browning |
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Campesino rumano Por lo general, los vampiros se denominaban stregoi, término que también denota brujería. |
Stoker encontró en Rumania los dos ingredientes necesarios para su novela. Por un lado, el terrible Vlad Drácula III el Empalador, un sanguinario príncipe valaco que vivió a lo largo del siglo XV y, por otro, la creencia popular en los vampiros. Los vampiros, no muertos que incordian o asesinan a los vivos, formaron parte del folclore rumano desde tiempo inmemorial. Sobre todo los campesinos pensaban que toda gran desgracia era resultado de un muerto que no había terminado de morir, ya sea por haber sido excomulgado, por no haber recibido cristiana sepultura, por haber bebido agua ensuciada con baba del diablo, y todo tipo de accidentes similares. Para matarlos definitivamente se necesitaba el trabajo de un pope, que es como se denominan a los curas de la iglesia ortodoxa, el cual debía depositar un frasco con aceite bendecido en la tumba del vampiro. A falta de un eclesiástico, también se podía recurrir a otros métodos tradicionales como arrancarle el corazón al no muerto, decapitarlo, clavarlo bocabajo en el ataúd o, sencillamente, incinerándole. |
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Miniatura de un códice otomano que representa el asalto a Constantinopla |
En el siglo XV, la Europa colindante con el mar Negro era un avispero regado en sangre. Al sur se encontraban los turcos otomanos, que acababan de conquistar Constantinopla (1453), el último reducto del otrora poderoso imperio bizantino. En pleno apogeo, los turcos buscaban ahora la manera de alcanzar la capital de media Europa: Viena. Al este tenemos el recién nacido principado de Moscú, que a pasos de gigante está construyendo el que será uno de los mayores imperios de todos los tiempos: Rusia. Por el norte se extiende el reino de Polonia, que en cuanto consigue un segundo de respiro trata, en vano, de afianzar su influencia en el principado de Moldavia. Al oeste se sitúa el poderoso reino de Hungría, última muralla frente a los turcos, que a duras penas consigue mantener bajo su control los principados de Transilvania y Valaquia.
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Una pequeña aldea de Valaquia
Castillo húngaro en la ribera del Danubio, la gran ruta comercial de Europa central. |
En medio de estas tensiones nació Vlad Drácula III hacia el año 1448. Vlad era el segundo hijo del príncipe (voivoda) de Valaquia, Vlad Dracul, y quizá de una noble moldava que se llamaba Marina. Por entontes, Valaquia era un territorio agreste, montañoso, de abundantes y tupidos bosques, que estaba pasando por cierto florecimiento económico gracias a sus recursos naturales (oro, plata, sal, madera) y, sobre todo, a su posición estratégica en la ruta comercial del Danubio. Toda mercancía que se transportase de la Europa cristina al imperio otomano por esta concurrida vía fluvial pasaba por Valaquia y eso significa impuestos, almacenes, mercados, etcétera. El territorio estaba salpicado de pequeñas aldeas y unas pocas ciudades importantes, entre las que destacaban Bucarest, Târgoviste, Balsea, Bràlia y la fortaleza de Giurgiu.
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Quintaesencia del feudalismo, en el principado se entretejían juramentos de fidelidad para formar una pirámide en cuya cúspide se encontraban unos pocos señores nobles, los cuales elegían un príncipe vitalicio de entre ellos. A su vez, este príncipe le debía obediencia, por lo menos en teoría, al rey de Hungría. Se calcula que en Valaquia vivían entre 300.000 y medio millón de habitantes. La mayor parte se dedicaba a la agricultura y la ganadería, aunque también había comerciantes, artesanos, eclesiásticos y, claro está, guerreros, tanto mercenarios como nobles sin mayor preocupación que luchar a diestro y siniestro. Señor de todos, al voivoda no le esperaba una vida fácil. Una vez nombrado príncipe, lo primero que debía de hacer era lidiar con el sinfín de inquietos aspirantes a voivoda que, seguro, aprovecharían la menor señal de debilidad para alzarse en armas y provocar una guerra civil. Para ello, el príncipe entrante adoptaba una solución sencilla pero eficaz: asesinaba a cuanta persona pudiera optar al trono merced a su linaje, y esta cosecha incluía desde recién nacidos a ancianos seniles, desde los tíos más lejanos a los propios hermanos. De todas maneras, algunos príncipes menos sanguinarios seguían una estrategia más amable y se limitaban a rebanar la nariz de los aspirantes, pues, por ley, la integridad física del voivoda entrante debía de ser inmaculada. Exterminada la parentela, al príncipe le aguardaba un tormentoso reinado marcado por los apetitos de sus poderosos vecinos, que no veían el momento de conquistar, o cuanto menos saquear, la región. Dado que Valaquia poca defensa podía presentar contra húngaros y otomanos, la única solución era pagar onerosos tributos y realizar un intenso esfuerzo diplomático: debían aportar ayuda militar a los húngaros en su guerra contra los otomanos, a la par que entregaban una montonera de oro y plata a los turcos para que se limitasen a saquear las ciudades colindantes al Danubio en vez de conquistar el principado. Desde luego, no era un destino envidiable, raro era el príncipe que se mantenía en el poder más de diez años, sin embargo nunca faltaban nobles dispuestos a todo con tal de gobernar la maltrecha Valaquia. Uno de ellos fue Vlad III, el Empalador. |
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Vlad nació hacia 1430 y pasó los primeros 5 años de su vida en una ciudad de Transilvania, donde su padre se había refugiado del voivoda de Valaquia, ya que por linaje podía aspirar al principado y, como hemos visto, ese honor solía terminar en la tumba si uno no contaba con un buen ejército a sus espaldas. De hecho, en cuanto pudo, en 1436, el padre de Vlad se convirtió en príncipe de Valaquia. El joven Vlad pasó entonces los años más tranquilos de su existencia. Pero en 1444 se terminaron sus plácidos días de juventud. Ese año fue enviado junto con su hermano pequeño, Ragu, a la corte del sultán otomano en calidad de rehén. Se desconoce cómo fue la vida de Vlad entre los turcos, pero es seguro que esa época le sirvió para conocer en profundidad a sus futuros enemigos. Tres años después, en 1447, el rey de Hungría y gobernador de Transilvania, Juan Hunyadi mandó matar a Vlad Dracul padre y a su primogénito, el belicoso Mircea. Drácula intentó entonces que le nombrasen voivoda pero fue derrotado por Vladislav II, que contaba con el apoyo del rey de los húngaros, y tuvo que exiliarse en Moldavia. Allí esperó su oportunidad, labrando alianzas y fidelidades, hasta que en 1456 la muerte de Juan Hunyadi le abrió las puertas del principado. Nada más enterarse de su muerte, reunió a sus hombres y marchó a todo galope contra Vladislav II, que fue traicionado y asesinado por sus hombres, temerosos del furioso exiliado que venía de Moldavia. Empezaba así su corto principado, que estuvo marcado por el terror indiscriminado con que sojuzgó a la población. La dinastía del monstruo
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El cronista ateniense Laonico Calcondilla, que vivía por entonces en la corte del sultán otomano Mehmed II, describió los primeros años de su letal reinado: «Cuando Vlad alcanzó el poder, lo primero que hizo fue reclutar un cuerpo de guardia con el que compartía su existencia. Después, mandó llamar uno a uno a todos los notables del país que habían participado en las luchas dinásticas y, cuando llegaban a la corte, les mandaba empalar junto a sus mujeres e hijos. De hecho, se dice que para consolidar su autoridad mató en poco tiempo a 20.000 personas entre hombres, mujeres y niños. A su guardia personal le regalaba los bienes de sus víctimas». Efectivamente, parece ser que, en cuanto subió al trono, Drácula se quitó de en medio a todo posible rival. El asunto de los nobles díscolos lo termino de solucionar durante la pascua de 1459. Los invitó a celebrar la fiesta religiosa en su palacio de Târgoviste. Durante el banquete preguntó a los cuarenta o cincuenta nobles que había allí reunidos si alguien recordaba cuántos príncipes había tenido Valaquia. Uno dijo que cincuenta, otro que siete, uno más que treinta. –En cualquier caso –respondió Drácula– son demasiados. ¿Y sabéis por qué han sido tantos? –No, mi señor –respondieron los nobles cada vez más preocupados. –Pues por culpa de vuestras vergonzosas disputas. Y, dicho esto, mandó que los empalasen y matasen a sus familias. La obsesión de Drácula por matar también a la parentela de sus víctimas nos la explica otro documento de la época, el Von ainem wutrich der hies Trakle waida von der Walachei, un panfleto escrito por el juglar alemán Michel Beheim en 1463 por petición del rey de Hungría (interesado en desprestigiar al díscolo príncipe valaco). Un fraile que se llamaba Hans y trabajaba en el convento de Gornig Grad le preguntó al príncipe por qué mataba también a las mujeres y los niños que no le habían hecho mal alguno. Drácula se retorció los largos bigotes y respondió: –Cuando uno quiere limpiar el campo, debe cortar no solo las ramas que ya han crecido sino también las raíces. De otra manera, al año deberá encargarse de las ramas que han vuelto a crecer. Y, explicada su política de tala y prevención, se encargó él mismo de empalar al pobre fraile, boca abajo, enfrente del convento. En el poema de Beheim también se describe cómo quedó la corte tras las purgas: «Aquel que era capaz de inventar los peores crímenes se convertía en el consejero íntimo de Vlad, que gobernaba rodeado de los peores cretinos que se pudieran encontrar sobre la faz de la tierra. Los tenía en gran estima vinieran de donde vinieran: de Hungría o de Serbia, de entre los turcos o de entre los tártaros, todos eran bien aceptados. Las costumbres de la corte eran salvajes, se despilfarraba por doquier, su gobierno era espantoso, la crueldad estaba de moda. Y sus siervos eran igual de traicioneros, hipócritas y mentirosos, de manera que nadie se podía fiar de nadie». |
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Catedral Negra. Brasov |
Sin embargo, Drácula no consiguió asesinar a todos sus posibles rivales y, en 1460, un noble llamado Dan, que gozaba del apoyo de los paisanos de la ciudad de Brasov, consiguió reunir un ejército con el fin de deponer al sádico príncipe. La batalla final se produjo el 22 de abril y se saldó con la derrota total de Dan. Tan solo sobrevivieron 7 de sus hombres. Dan fue apresado, le obligaron a cavar su tumba y, tras hacerle rezar su propia oración fúnebre, lo decapitaron. Dan III a punto de perder la cabeza. En Brasov, la ciudad que había prestado ayuda al rebelde, los ciudadanos esperaban aterrorizados el castigo del príncipe. ¿Acaso por una vez se mostraría misericordioso? Beheim nos cuenta lo que pasó: «El rey de Hungría envió 55 embajadores a Valaquia [para contener la ira de Drácula]. El príncipe mandó levantar palos delante de los sitios donde dormían y los embajadores, pensando que iban a ser empalados, se asustaron muchísimo. Así dejó pasar un tiempo, para que de puro terror no le traicionasen, y luego salió con todo su ejército hacia Buerzenland (la región de Brasov). Llegó por la mañana y arrasó aldeas, castillos y ciudades. Destruyó todo lo que encontró. Luego mandó llevar a todos los prisioneros cerca de la capilla de San Jacobo –hombres, mujeres, niños, jóvenes y viejos– y ordenó que los empalasen. El espectáculo le divirtió muchísimo y le abrió el apetito, por lo que decidió organizar allí mismo un banquete». Pero, aunque gracias al terror Drácula conseguía mantenerse en el poder, las relaciones con sus vecinos húngaros y otomanos iban cada vez peor. El ejército turco parecía imparable: en 1460 habían conquistado ya Serbia y dos años después, Bosnia. El sultán, Mehmed II, no veía el momento de anexionarse el pequeño principado. Solo los abundantes tributos que recibía anualmente y el desgaste de la guerra con los húngaros le impedían lanzarse a la conquista. Y, aún así, de cuando en cuando enviaba una expedición de saqueo por todas las ciudades del Danubio. |
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Retrato de Mehmed II, el gran sultan de los otomanos entre 1451 y 1481. (Códice de Hazine, siglo XV)
La catedral de Târgoviste. |
De hecho, tan seguro se sentía el sultán que decidió aumentar el tributo anual. A los 10.000 ducados de oro habituales, habría que sumar 500 hombres jóvenes para formarlos como jenízaros. Además, debería ser el propio Vlad quien lo llevara hasta Constantinopla. Una exigencia tan desorbitada solo quería decir una cosa, el sultán se había cansado del doble juego de los valacos, ora fieles súbditos de los otomanos, ora de los húngaros, y, pidiendo un imposible, se aseguraba una excusa para empezar una guerra abierta. Así, Drácula mandó empalar a los embajadores turcos y reunió su pequeño ejército. Cruzó el Danubio y arrasó hasta los cimientos cuanta pequeña o gran aldea encontró al sur del río (en la actual Bulgaria). Poco después informaba al rey de Hungría, Matías Corvino: hemos terminado con 23.883 infieles, eso es seguro porque mandé cortar y contar las cabezas, pero probablemente sean muchos más pues no hemos contabilizado los que quemamos vivos en sus casas, que fueron mayoría. Cuando informaron al sultán de la terrible carnicería, su ira y dolor fueron indescriptibles. Solicitó treguas con cuanto enemigo se estaba batiendo en ese momento y concentró el grueso de sus tropas en la capital para enviarlo contra el insolente Drácula. En primavera de 1462 todos los preparativos estaban ultimados. Él mismo se puso al frente de su ejército, que comprendía unos 70.000 hombres, 25 trirremes de combate y 150 naves de transporte. Vlad apenas disponía de la mitad de fuerzas, unos 30.000 soldados y mucho peor dotados de armamento y suministros. El 4 de junio de 1462, el ejército turco tomó Vidin y pasó el Danubio, pero al otro lado le esperaba una gran llanura, sin lugar alguno donde presentar una sólida defensa, y un sol infernal. Tras un par de semanas de escaramuzas, la noche del 17, Drácula atacó por sorpresa el campamento del sultán con unos 10.000 soldados. Antes de que los otomanos pudieran reaccionar, habían devastado el campamento y huido hacia la seguridad de los espesos bosques del interior. Aunque murieron muchos en el ataque, casi matan al sultán y minaron en gran medida la moral del ejército invasor, que veía como el paseo militar iba a resultar mucho más complicado de lo previsto. Poco después, mientras se dirigían hacia la capital de Valaquia, Târgoviste, los soldados otomanos contemplaron un paisaje que les terminó de aterrorizar por completo. Cerca de la ciudad descubrieron un bosque de empalados que se extendía por casi 3 kilómetros. Entre hombres, mujeres y niños, al parecer, había unas 20.000 personas asesinadas. Semejante horror era demasiado incluso para los aguerridos soldados del sultán, los jenízaros, acostumbrados a todo tipo de barbaridades militares. Fuera por el infernal espectáculo, fuera por la miseria que se adivinaba tras los muros de la ciudad, los otomanos pasaron por Târgoviste sin saquearla y siguieron hacia Bràila, el mayor puerto del Danubio. A su paso no dejaban aldea sin quemar. Drácula los seguía de cerca practicando una guerra de guerrillas y evitando cualquier enfrentamiento directo, en el que seguro llevaría las de perder. Siguieron días de pequeñas trifulcas y, finalmente, después de haber sufrido numerosas pérdidas mientras intentaba conquistar la ciudad de Chilia, el sultán dio por terminada la expedición. Era a principios de julio y detrás dejaba un país destrozado... ¡al mando de un nuevo voivoda! |
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Una campesina rumana luciendo su traje regional |
Aburrido de la tenacidad de los valacos, que al carecer de grandes asentamientos urbanos podían refugiarse en bosques y pantanos en cuanto veían asomarse una lanza otomana, Mehmed II pensó que lo mejor sería dejar que se matasen entre ellos. Así, dejó en Bràila una poderosa guarnición y nombró voivoda de Valaquia a Ragu el Hermoso, el hermano pequeño de Drácula. Como recuerdas, cuando eran adolescentes, los dos hermanos fueron enviados en calidad de rehenes al palacio de Sultán. Vlad consiguió escapar del cautiverio, pero su hermano había permanecido entre los otomanos desde entonces. Al parecer, era muy guapo, de ahí el apelativo, y entre sus numerosos amantes se contaba el mismísimo Mehmed II. Ragu no vaciló un instante en tomar la riendas del poder y desde Bràila se esforzó por encontrar aliados entre los grandes señores valacos. No le costó demasiado, pues raro era el que no estaba harto del sanguinario Drácula, que encima les había metido en una guerra contra los turcos. Aún así, el príncipe de las tinieblas seguía contando con un terrible ejército y los dos hermanos se enzarzaron en una guerra civil de incierto resultado. No está claro porqué Matías se decantó por Ragu, habiendo mostrado Drácula un gran talento para la guerra contra sus archienemigos otomanos. El rey de Hungría se justificó argumentando que no podía permitir que semejante monstruo siguiera en el poder. De hecho, al poco de arrestarle, en 1463, mandó publicar el mencionado panfleto de Beheim para que el mundo supiera quién era en realidad el victorioso voivoda valaco. Pero, si realmente le hubieran preocupado las víctimas de Drácula, le habría ajusticiado o, cuanto menos, encarcelado de por vida. En vez de eso le mantuvo retenido en la ciudad húngara de Pest, donde siguió viviendo a cuerpo de rey. Lo que sí parece más cierto es que Corvino necesitaba acordar una tregua con los turcos para poder concentrar sus energías en otros frentes, la anexión de Bohemia, y los otomanos no iban a negociar paz alguna mientras Drácula permaneciera al mando de Valaquia. Durante su encierro Drácula disfrutó de cierta calma. Parece ser que se casó con una dama húngara, con la que tuvo tres hijos: Vlad, Mihnea y Mircea. Y, según cuentan las crónicas, su mayor pesar fue el aburrimiento que sentía al no poder empalar más que animales urbanos: gatos, perros y ratas. |
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Matías I Corvino Mausoleum Regni Apostolici Regum et Ducum, Núremberg 1664. |
Doce años después, en 1475, Corvino le liberó y le puso al mando de un ejército húngaro que debía luchar contra los otomanos en Bosnia. Vlad dirigió con gran eficacia la campaña y luego se dirigió a Sibiu, en Transilvania, con la intención de recuperar el principado valaco, que por entonces estaba en manos de un pariente lejano suyo, Basarab III. Este Basarab III cometió un error fatal. Se alió con los turcos en una guerra contra los moldavos. Matías Corvino no podía permitir que Moldavia cayera en poder de los otomanos y envío a 30.000 soldados en su ayuda. Al mando de este ejército se encontraban dos de sus mejores capitanes, Esteban Bathory y Drácula. El 15 de agosto de 1476, diezmados por la peste, los turcos fueron derrotados en una feroz batalla. Basarab III se refugió en la corte del sultán y Vlad fue nombrado nuevamente voivoda de Valaquia. Por fortuna para los valacos, Basarab III regresó en diciembre con un poderoso ejército turco para recuperar el trono. Durante la confusión de la batalla, Vlad fue asesinado por sus propios hombres. Luego, le cortaron la cabeza y se la enviaron como presente al sultán. Un trágico final para una de las personas más despiadadas de la historia. |
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Para saber más - |
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Todas las citas de la época están sacadas de un libro muy interesante y completo para conocer la historia del sádico príncipe: Dracula, la verdadera historia de Vlad III el Empalador, escrito por el erudito profesor rumano Matei Cazacu. Que yo sepa no está publicada en castellano, pero puedes encontrar la obra en francés y en italiano (esta última publicada en Oscar Mondadori). Además, puedes leer abundante información en Internet, ya sea en español como en rumano, que se le parece bastante. - Entrada de Vlad Tepes en la wikipedia (esp) |
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