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Armenia 2: Khor Virap y el Diluvio Universal

Siguiente etapa del viaje por Armenia y el Cáucaso. Bonus: notas sobre el diluvio.

Armenia 2: Khor Virap y el Diluvio Universal

Al tercer día del viaje por Armenia hicimos una excursión por tres enclaves cerca de Ereván con una carga religiosa muy importante: el monasterio de Khor Virap, el templo mitraico de Garni y el monasterio de Geghard .

Se puede llegar en autobús a los tres sitios, pero entre que llegas a uno, esperas el autobús de vuelta, vuelves, esperas al otro y así no nos daba tiempo a ver los tres en una jornada, así que marchamos muy pronto a la Plaza de la República y negociamos con un taxista un precio que nos pareció razonable por la excursión. Creo recordar que fueron 30 euros.

Comenzamos por Khor Virap, un monasterio que está casi a los pies del Ararat, un monte colosal de unos 5.137 metros de altura que se encuentra justo al lado de la frontera turca.

El monasterio de Khor Virap y el monte Ararat

El monasterio

El monasterio, reconstruido una y otra vez desde que se levantó, es uno de los centros de culto y peregrinación más antiguos e importantes de todo el país, ya que está muy relacionado con la figura de Gregorio I el Iluminador, al que la leyenda atribuye la adopción del cristianismo en Armenia.

El monasterio de Khor Virap visto desde una loma que hay al lado. En el centro se alza la iglesia de la Santa Madre de Dios, a un lado, pegada a la muralla, la basílica donde estaba la mazmorra de Gregorio el Iluminador

Como vimos, Gregorio el Iluminador pasó un tiempo en prisión antes de ser liberado por haber curado al rey de su locura y el caso es que, según cuenta la leyenda, fue justo aquí, en Khor Virap, que se puede traducir como pozo profundo donde estuvo encarcelado el monje. Hoy se puede visitar el agujero, que se encuentra bajando por una escalera que hay en una iglesia pequeña que se encuentra al lado de la principal. Claro está, bajamos, aunque da bastante claustrofobia.

Se supone que aquí estuvo prisionero Gregorio durante 13 años

Por cierto, en muchas iglesias armenias hay inscripciones antiguas en las paredes, supongo, realizadas por los propios monjes. No desentonan, porque el alfabeto armenio es muy bonito. La historia del alfabeto se relata en un texto hagiográfico -que, por lo tanto, conviene manejar con cautela- sobre un monje llamado Mesrob Mashtóts escrito por su pupilo Koriún hacia el año 443. Según Koriún, Mashtóts era un monje muy culto que además de su armenio natal conocía el idioma siríaco y el griego. A principios del siglo V, sintió la necesidad de traducir al armenio la Biblia para combatir mejor el paganismo y un día Dios le iluminó y le mostró cómo debía de ser ese nuevo alfabeto, que, inspirado en el griego y con algunas modificaciones, es el que se sigue usando hoy en día. A mí me parece precioso.

Inscripciones religiosas, supongo que medievales, en la iglesia principal del monasterio

El diluvio cristiano

Gran parte del encanto del monasterio es su emplazamiento a solo 33 kilómetros del Ararat, el monte donde Noe desembarcó tras el diluvio universal. El mito es conocido. Tal y como se relata en el libro del Génesis (6-8), ante la maldad que reinaba entre los seres humanos, Yavhe decidió exterminar a la humanidad. Solo salvó a Noe, el único hombre justo que había. Siguiendo las instrucciones de Yavhe, Noe construyó un gran barco, en forma de arca rectangular, y embarcó en ella a una pareja de todos los seres vivos, además de su esposa, sus tres hijos —Sem, Cam y Jafet— y sus esposas. Luego, «se rompieron todas las fuentes del abismo, se abrieron las cataratas del cielo, y estuvo lloviendo sobre la tierra durante cuarenta días con sus cuarenta noches». En este diluvio pereció toda criatura viviente que había sobre la faz de la tierra.

La iglesia principal del conjunto se construyó en el siglo XVI y está dedicada a la Santa Madre de Dios

Al cabo de 150 días, las aguas empezaron a bajar y el arca de Noe embarrancó en la cumbre del monte Ararat. Pasados otros cuarenta días, Noe abrió una escotilla del arca y soltó un cuervo para comprobar si volvía en caso de que no encontrase tierra firme. Siete días después soltó una paloma, que volvió al arca. Volvió a soltarla pasados otros siete días y en esta ocasión la paloma volvió trayendo una ramita verde en el pico. Noe esperó siete días más y liberó a todos los animales.

Alzó luego un altar en honor a Yavhe y preparó un holocausto con todos los animales puros (que es de suponer, se habrían multiplicado en el ínterin, pues de lo contrario no quedaría ni uno con vida para perpetuar la especie). Yavhe aspiró el suave olor del sacrificio y selló un pacto, una alianza, con Noe. No volvería a exterminar a la humanidad con un diluvio y pondría a todos los animales a disposición del ser humano, que tan sólo se debería abstener de comer carne con sangre.

El monte Ararat tiene dos picos principales: Masis, el más grande, a la derecha, y Sis, a la izquierda

El diluvio sumerio

Como tantos otros pasajes del Génesis, es muy probable que los sacerdotes hebreos incorporasen y adaptasen el mito del Diluvio a la Torá de la tradición sumerio acadia, quizás en el siglo VI a. C. durante el cautiverio de Babilonia.

El diluvio sumerio se aborda con gran detalle en la tablilla XI de la epopeya de Gilgamesh. Este héroe legendario de Mesopotamia tenía un gran amigo llamado Enkidú, al cual mataron los dioses como castigo por su insolencia. Gilgamesh marcha entonces al Infierno en busca de Utanapíshtim para saber cómo había conseguido que los dioses le concedieran la inmortalidad a él y a su esposa.

Cuando lo encuentra, Utanapíshtim le explica que, hacía mucho tiempo, en la ciudad de Shurupak, a la orilla del Éufrates, los dioses tomaron la decisión de desatar el diluvio. Así lo acordaron Anu, el padre de los dioses, Enlil, su consejero, Ninurta, su visir, Ennugi, su sirviente y Ea, el dios sabio, protector de la humanidad. Sin embargo, este último dios se apiadó de los seres humanos y avisó a Utanapíshtim del desastre que se avecinaba.

A través de un sueño, Ea pidió a Utanapíshtim que construyera una nave en forma de arca techada, igual de ancha que larga, y que embarcase dentro una pareja de cada ser vivo («la semilla de todos los vivientes»). Tras decir al resto de los ciudadanos que iba a construir un gran barco porque quería refugiarse de la ira de Enlil en el Apsu, un mar subterráneo donde vivía Ea, Utanapíshtim se pone a construir este gran barco con forma de cubo.

Al séptimo día, la barca estaba terminada. Utanapíshtim embarcó todas sus pertenencias, su familia, sus sirvientes y una pareja de cada ser vivo. Por último, regaló su palacio a un marino Puzur-Enlil, que no tardaría en morir ahogado en el diluvio. Al día siguiente, se desató el diluvio. Una nube negra se levantó en el horizonte. En su interior rugía Adad, el dios de la tempestad, precedido por Shullat y Hanish, dos deidades a su servicio. Nergal, el dios de los infiernos, y el dios guerrero Ninurta arrancaron los diques de la Presa del Cielo, donde está almacenada toda el agua de lluvia. Los annunaki, unos dioses infernales maléficos, incendiaron la tierra con sus antorchas de fuego, los rayos de la tormenta, y toda la luz se tornó oscuridad.

Al ver el mundo bajo las aguas, los dioses se aterraron, subieron al cielo de Anu y se echaron al suelo como perros amedrentados. Todos lloraban desconsolados. La diosa Mah, que había sido una de las principales instigadoras del diluvio, se lamentaba como una parturienta. Después de siete días, paró de llover y el mar se apaciguó.

Toda la humanidad había perecido ahogada en el agua menos Utanapíshtim y los suyos. Su arca se varó en el monte Nishir. Al séptimo día de permanecer retenido en el monte, echó al aire una golondrina, que regresó al no encontrar tierra firme. Luego sacó un cuervo, que vio retirarse el agua, rascó la tierra y no volvió. Utanapíshtim sacó entonces a los demás animales y realizó un sacrificio quemando incienso y mirto en un altar levantado en la cumbre de la montaña.

Hasta allí llegaron todos los dioses atraídos por el aroma. Cuando llegó Enlil se enfureció al descubrir que unos humanos habían sobrevivido al exterminio, pero Ea se encaró con él y le reprochó la magnitud del castigo. Con una plaga de leones, con una hambruna, con una epidemia habría bastado, le contestó. Enlil se apaciguó y perdonó la vida de Utanapíshtim y su esposa transformándoles en dioses. (1).

El diluvio griego

En la mitología griega también aparece un diluvio. Lo describen, entre otros, Ovidio (Metamorfosis I) y Apolodoro (Biblioteca Mitológica I). Tras las generaciones de oro y plata,  en la tierra se encontraba la generación de los hombres de bronce, caracterizados por su violencia y maldad. Zeus, el padre de los dioses, estaba cada vez más cansado de ellos cuando un hombre llamado Licaon le hizo una gran afrenta. Después de que llegara a su casa, en vez de recibirle con sagrada hospitalidad, sospechando que era un dios, decidió insultarle cocinando a un hombre para el banquete. Enfurecido, Zeus lo transformó en lobo (de donde viene el mito del licántropo, el hombre lobo) y convocó a los dioses en asamblea para explicarles que iba a exterminar a esa raza humana tan degenerada.

No utilizó los rayos, su arma predilecta, pues tenía miedo de que se incendiara el sagrado éter y con tanto fuego ardiera el mundo entero, lo cual le recordaba un misterioso augurio que vaticinaba que algún día la tierra y el cielo se abrasarían entre llamas, sino que desató un diluvio. Ayudado por el Noto, el viento del sur, por Iris, la mensajera de los dioses, y, sobre todo, por su poderoso hermano Poseidón, sumergió la Hélade con lluvias y maremotos. Sólo consiguieron salvarse unos pocos que subieron a la cumbre de los montes más altos y una pareja: Pirra —hija de Epimeteo y Pandora— y su marido Deucalión, hijo de Prometeo, el benefactor de la humanidad. Prometeo había avisado a Deucalión de lo que se avecinaba y el joven había construido un arca que les permitió sobrevivir al diluvio.

Durante nueve días, Deucalión y Pirra navegaron a la deriva, hasta que llegaron a la cima del monte Parnaso, que sobresalía entre las aguas. Zeus, mientras tanto, se apaciguó y ordenó al dios marino Tritón que soplase en su concha para que se retiraran las aguas. Ya fuera por mediación de Zeus, como sostiene Apolodoro, por intervención de Temis, según Ovidio, luego Deucalión y Pirra cogieron unas piedras y las arrojaron a sus espaldas. Cuando entraron en contacto con la tierra al caer, de las que había tirado Deucalión surgieron los hombres y de las de Pirra, las mujeres. Esta generación de seres humanos es la nuestra, la raza de piedra, «por eso somos una raza dura que soporta el sufrimiento» (Ovidio).

Las semejanzas entre los tres mitos son evidentes. De hecho, es probable que la versión de la Biblia y la griega deriven directamente de la sumeria. Robert Graves y Raphael Patai destacan fenómenos históricos con los que podría estar relacionado este mito del diluvio:

«Primero, la memoria histórica de una tromba de agua en las montañas de Armenia que, según Ur of Chaldees de Woolley, hizo que se desbordaran el Tigris y el Éufrates en torno al año 3200 a. C. y cubrió de barro y cascotes numerosas aldeas sumerias en un área de más de 100.000 kilómetros cuadrados. Sólo se salvaron de la destrucción algunas ciudades situadas en lo alto de sus montículos y protegidas por murallas de ladrillo.

»Un segundo elemento es la fiesta de la vendimia del Año Nuevo que se celebraba en otoño en Babilonia, Siria y Palestina, donde el arca era una nave en forma de media luna que contenía animales destinados al sacrificio. Esta fiesta se celebraba, en la luna nueva más próxima al equinoccio de otoño, con libaciones de vino nuevo para estimular las lluvias torrenciales». (2).

Efectivamente, resulta tentador asociar el mito del diluvio con algún tipo de desastre natural, sea aquella tromba de agua del 3200 a.C. u otros, quizá, más sugerentes, como la erupción del volcán de Santorini del siglo XVII a. C. Sin embargo, sospecho que, más bien, el análisis debe pasar por comparar estos diluvios con otros de zonas culturales ajenas al Mediterráneo, como Mesoamérica, donde también hay varios diluvios. De esta manera, podemos ver qué elementos parecen naturales a la propia estructura narrativa del mito (si hay un diluvio, para salvarse es necesaria una barca), y cuáles son las peculiaridades de cada uno, pues la idea de que hubo una humanidad en el pasado que fue castigada por los dioses parece que es fruto natural de las religiones complejas, al igual que lo es, por ejemplo, asociar la agricultura con el reino de los muertos.

Bueno, dejo aquí este tema y retomo la tercera jornada por Armenia.

Mitra

Después de ver el monasterio de Khor Virap marchamos al conjunto arqueológico de Garni, el que mejor se conserva en Armenia de la Antigüedad, donde hay un tempo fabuloso dedicado al dios Mitra, que probablemente fue levantado en el siglo I por orden del rey Tiridates I.

Mitra, que se caracterizaba por llevar un gorro frigio, es un dios muy interesante que sirvió de inspiración para algunos detalles de la historia mítica de Jesús. Mitra fue un dios solar indoiranio cuyo culto se extendió por el imperio romano, sobre todo desde que en el siglo I a. C. comenzó a ser muy popular entre los legionarios romanos.

Mitra nació el 25 de diciembre, como Jesús, cerca de un manantial sagrado donde fue adorado por unos pastores. Solía representarse matando un toro, que es un episodio de su historia mítica, una historia compleja que trataré algún día en una entrada aparte.

Un conejo entre los souvenirs de un tenderete del recinto

Monasterio de Geghard

Terminamos la jornada yendo al monasterio de Geghard, que se encuentra muy cerca del conjunto de Garni y es impresionante. Según la leyenda, sus orígenes se remontan a tiempos de Gregorio el Iluminador. Aunque tengo pendiente leer una fuente fiable sobre la historia del monasterio, no descarto que fuera un lugar sacro desde tiempos remotos por su ubicación, en medio de unas montañas llenas de grutas de distintos tamaños, pues son un tipo de espacio que suele considerarse sagrado en muchas culturas por aquello de la confluencia entre el Cielo y la Tierra: las cuevas son úteros, entradas, de la diosa tierra y la cumbre de la montaña, la morada del panteón de dioses presidido por el gran dios padre principal.

La mitad del monasterio está excavado en la roca, como las iglesias subterráneas de Lalibela, en Etiopía, y en general juega de forma muy hábil con unos pocos vanos para generar espacios de gran contraste entre las zonas iluminadas y las que permanecen en las sombras.

Es una pena que saque fotos tan feas, porque no hacen justicia a ese juego con la luz, que nos pareció exquisito.

Notas

1. Hay otra versión babilónica del mito, que recoge Beroso en el siglo III a.C., derivada de esta sumeria.

2. Robert Graves y Raphael Patai. Los mitos hebreos. Alianza Editorial. Madrid, 2006.

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