Tannhäuser Cabaret

Armenia 3: escapada al sur

Última etapa del viaje por Armenia: Goris, Tatev y Khndzoresk.

Armenia 3: escapada al sur

Al cuarto día de viaje por Armenia salimos de la capital para hacer una incursión rápida por el sur, donde queríamos ver dos cosas, el monasterio de Tatev y Khndzoresk, una ciudad abandonada que estaba excavada en la roca. No fue fácil llegar.

Llegamos muy pronto a la estación de autobuses, hacia las ocho creo recordar, y allí nos indicaron por gestos que debíamos comprar los billetes en una caseta donde había varias personas haciendo cola. Esperamos y cuando llegó nuestro turno un señor grandote nos dijo que no nos vendía los billetes negando con la cabeza. Tardamos un rato en entender que se habían acabado para ese día y cuando lo hicimos le pedimos dos para el día siguiente. El señor siempre sin abrir la boca vuelve a negar con la cabeza, pero nos indica con la mano que esperemos. Sin entender nada, nos quedamos ahí desconcertados viendo como el señor despachaba billetes mientras se echaba un pitillo tras otro y el desconcierto se convierte en mosqueo cuando de pronto llega un chico japonés, le pide un billete para el día siguiente y se lo da. ¿Por qué no nos quiere vender los billetes? nos preguntamos cada vez extrañados, pero de repente, a las nueve menos cinco, se levantó, nos llevó hasta una marshrutka y nos sentó en dos asientos libres que quedaban en la última fila. Y así comprendimos que la costumbre es esperar por si falla alguien que compró el billete el día anterior.

Tardamos unas cinco horas en llegar a Goris. La segunda parte del recorrido, a partir de Noravank, fue espectacular, en medio de unas montañas altas y peladas, que me chiflan, pero el viaje fue duro. Las carreteras que van hacia el sur son muy malas, llenas de baches, y en algunos tramos no parábamos de retumbar. Aún así, Eva y una chica que tenía al lado consiguieron quedarse dormidas encima de mi.

El monasterio de Tatev

Llegamos a Goris hacia la hora de comer. Buscamos alojamiento, dejamos las mochilas y salimos a ver el monasterio de Tatev, uno de los más famosos del país. Para llegar al monasterio desde Goris hay algún que otro autobús, pero teníamos prisa, que queríamos aprovechar hasta la última hora de luz, así que cogimos uno de los numerosos taxis que hay por el centro. Creo recordar que pagamos unos diez euros por la ida y la vuelta, un precio que le debió de parecer también bien al conductor, un hombre muy simpático, pues sacó una botella de vodka para festejar el acuerdo y nos tomamos un par de chupitos antes de ponernos en marcha.

Goris es una ciudad pequeña que sirve de campamento base cómodo para hacer excursiones por los alrededores

Para llegar al monasterio primero hay que parar en la base del llamado Wings of Tatev, el teleférico sin paradas más grande del mundo, desde donde hay tres posibilidades para recorrer el último trecho: bajando y subiendo a pie, que lleva su tiempo y demanda una forma física potente; en coche, alquilado o contratado ahí con conductor; y, claro, con el teleférico. Aunque es muy caro, es muy recomendable hacer al menos uno de los dos trayectos, la ida o la vuelta, en teleférico, que las vistas son impresionantes. Si hay mucha gente esperando, es mejor hacer la vuelta y sacar los billetes nada más llegar para una o dos horas después.

Vistas desde el Wings of Tatev

El monasterio se remonta al siglo IX y alcanzó su apogeo en los siglos XIV y XV, cuando sirvió también de universidad, aunque debía de ser un emplazamiento sagrado desde antes del cristianismo.

Estaba situado en una posición estratégica, en la cima de la garganta del río Vorotán, y estaba protegido por murallas, pero fue saqueado varias veces a lo largo de la historia, como sucedió durante las campañas de Timur entre 1381 y 1387. Al parecer en su día en la biblioteca había miles de ejemplares... todos perdidos por la maldición de la espada.

El conjunto contaba con tres iglesias -una dedicada a san Pablo y san Pedro, otra a santa María y una tercera, no podía faltar, a san Gregorio el Iluminador-, además de residencias para los monjes, un molino de aceite y diversos edificios administrativos.

La iglesia de san Pablo y san Pedro, construida entre los años 895 y 906, preside el espacio central del monasterio
Capilla funeraria de san Gregorio

El monasterio nos gustó bastante, pero no tanto por la arquitectura, que también, sino por el paisaje, que es impresionante. Por cierto, aviso navegantes, aunque las montañas vistas desde lejos invitan a recorrerlas a pie, hay que tener cuidado. Por lo que nos contó un chico francés que había pasado unos días tratando de hacer un trekking por la zona, hay un montón de serpientes, arañas y hormigas de esas que pican. Hay que ir bien equipado, que por ahí no hay especialistas de socorro.

Khndzoresk

Después de pasar la noche en Goris, al día siguiente fuimos por la mañana a un pueblo abandonado excavado en la roca llamado Khndzoresk, que se encuentra cerca de la frontera con Azerbaiyán. Fuimos con el mismo taxista simpático del día anterior, también por un precio muy razonable, y esta vez sin beber vodka, que así de mañana como que no. Por el camino, que fue muy bonito, vimos a lo lejos Azerbaiyán y nuestro conductor se encabronó un poco mientras nos decía en una mezcla de armenio, ruso e inglés algo sobre los azeríes y sus canalladas. Y es que aún está muy vivo un conflicto entre Armenia y Azerbaiyán que aún no se ha resuelto.

Ahí a lo lejos está Azerbaiyán

En el suroeste de Azerbaiyán hay una región llamada Alto Karabaj que estaba habitada prácticamente en su mayoría por armenios (en torno al 95% de la población a principios del pasado siglo XX). Cuando se derrumbó la Unión Soviética, estalló un conflicto que venía de antiguo por ver quién se quedaba la región y hubo miles de muertos y desplazados hacia un lado y otro. En 1994, se llegó a un acuerdo de paz que dejó el conflicto sin resolver y de vez en cuando resurge la disputa, como ocurrió en 2016 en una guerra que duró 4 días entre los dos países.

Al llegar, una muchacha de unos 16 años nos dio la bienvenida y nos ofreció sus servicios de guía. En general, nos gusta ver los sitios a nuestro aire, pero nos cayó muy simpática, así que vimos la ciudad acompañados de una cicerone estupenda cuyos abuelos habían vivido en la Khndzoresk cavernícola.

Nuestra guía con Eva

No se sabe bien desde cuándo estuvo habitado, pero ya se menciona en el siglo XIII como uno de los pueblos que contribuía al sostenimiento del monasterio de Tatev. A principios del siglo XX era el pueblo más grande de la zona, pero en 1930 quedó muy tocado por un terremoto y poco a poco sus habitantes se fueron trasladando al nuevo Khndzoresk, que ya es un sitio de casas normales.

Para incentivar el turismo, un filántropo llamado Zhora Aleksanian subvencionó en 2012 la construcción de un puente que conecta los dos Khndzoresk y la verdad es que vale la pena ir solo por cruzarlo. Mide 160 metros de longitud y en sus puntos más altos se eleva sobre 60 metros de altura. Da un vértigo tremendo : ).

Vimos varios edificios públicos abandonados entre las cuevas que usaban antiguamente de vivienda, como una escuela de la que se conserva una pared en medio del bosque, pero el sitio que más nos gustó sin duda fue la iglesia de Santa Hripsime, de 1666, que aún permanece activa. En la entrada hay unas lápidas de piedra muy curiosas. Al parecer el personal los tallaba o las mandaba tallar representando la parte de su cuerpo que estaba jodida. Algo parecido hacían en el pueblo de mi abuela con representaciones de cera. Parece como si en el pensar supersticioso operase algún tipo de pensamiento simpático por el que se asocia lo representado con lo conseguible.

Lo que nos dejamos

Hacia las cuatro cogimos una marshrutka de vuelta a Ereván para la que, lecciones aprendidas, habíamos comprado los billetes por la mañana. Llegamos hacia las nueve de la noche y tras dejar las mochilas en donde nos alojábamos, marchamos a tomar una cerveza que nos ayudara a decidir dónde ir al día siguiente. Las opciones eran dos: o bien marchábamos ya hacia Georgia, tal y como teníamos previsto, o bien renunciábamos a alguna excursión georgiana y nos deteníamos de camino en Alaverdi, al norte de Armenia, donde hay un par de monasterios muy chulos al lado de un parque natural. Incapaces de sacrificar a sangre fría ninguno de los lugares que queríamos visitar en Georgia, decidimos dejar la decisión en manos del destino y coger el primer bus que saliera al día siguiente, aunque solo se anticipara al otro destino por unos minutos.

Llegamos hacia las diez de la mañana a la estación. El autobús que iba hacia Tbilisi salía a las once y el de Alaverdi a la una... La decisión estaba tomada y fue triste. En general, siempre que vas a un país donde nunca has estado te sueles quedar con ganas de más, de haber tenido tiempo para ir a tal o cual sitio que sabes fabuloso, pero esta vez marchamos sintiendo que nos habíamos dejado demasiadas cosas, que Armenia tenía mucho más que ofrecernos.

De haber tenido más tiempo, nos habría gustado dedicarle un día a Noravank, otro a los monasterios que hay al norte de Ereván, otro al lago Sevan, dos al parque natural de Dilijan y otros dos a Alaverdi y los monasterios de alrededor. Es decir, en total nos faltaron unos ocho días de viaje. Pero bueno, en este caso estoy seguro de que tarde o temprano volveremos.

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