Tannhäuser Cabaret

El laberinto 2: Teseo y el Minotauro

Héroes ambiguos, amores apasionados, inventores geniales y monstruos de pesadilla

El laberinto 2: Teseo y el Minotauro
Ariadna en Naxos. Evelyn De Morgan, 1877

Antes de empezar nuestro viaje por los laberintos, vamos a detenernos un instante para conocer el mito del que proceden, la historia de Teseo y el Minotauro. Aunque el laberinto sea una de las estructuras más sugerentes jamás pensadas, no habría gozado de tanta popularidad si no hubiera servido como escenario de las aventuras de Teseo. Esta leyenda constituye uno de los episodios más interesantes de la mitología griega y cuenta con todos los ingredientes necesarios de cualquier relato fascinante: héroes complejos y con cierta ambigüedad moral, amores apasionados, malos tan poderosos como grotescos, reinas infieles, inventores geniales y monstruos de pesadilla.

En la antigua Grecia cada autor adaptaba sus historias a la inspiración y necesidades del momento, por lo que nos han llegado distintas versiones del mito. Pero, en esencia, contaba lo siguiente.

Principales escenarios del mito de Teseo y el Minotauro

El extraño amor de Pasífae

La historia del Minotauro se remonta al momento en que Zeus, el padre de los dioses, se encaprichó de una muchacha llamada Europa que estaba jugando con unas amigas en una playa cercana a la ciudad de Tiro. Para no asustarla, tomó la forma de un toro manso y se acercó con paso juguetón al corro de mujeres. Encandilada por su dulzura, Europa se subió a su lomo y Zeus aprovechó para adentrarse en el mar. Entre risas y caricias llegaron hasta las costas de Creta y en sus playas cálidas hicieron el amor bajo la sombra de un platanero que desde entonces jamás pierde las hojas.

Tras la coyunda divina, Zeus regresó al Olimpo y Europa se casó con el rey de la isla, Asterión, quien adoptó con cariño a los tres hijos de Zeus que Europa ya llevaba en el vientre: Minos, Sarpedón y Radamantis. De los tres hermanos, no tardó en sobresalir por su carácter Minos, quien casi mata a los otros dos cuando un joven del que se había enamorado le rechazó para irse con Sarpedón.

Con la edad, Minos se volvió aún más prepotente y ni siquiera cuando se casó con Pasífae, hija del dios solar Helios, apaciguó su temperamento ni un ápice. A pesar de que tuvieron varios hijos, no fue un matrimonio feliz. Al igual que su padre Zeus, Minos trataba de acostarse con cuanta muchacha se cruzaba en su camino y Pasífae sufría unos celos incontenibles. Un día, cansada de las aventuras de su marido, le lanzó una maldición por la que eyaculaba serpientes y escorpiones cada vez que se acostaba con otra mujer.

Linaje principal de Minos

El toro del mar

Como resultaba previsible, en cuanto murió Asterión, Minos reclamó el trono de Creta y, para demostrar que gozaba del favor de los dioses, solicitó a Poseidón que enviara un toro del mar. El día en que debía suceder el portento, a pie de playa el batir de las olas se fue entremezclando con el creciente rumor que alimentaban los cuchicheos de los nobles escépticos. Impertérrito, Minos oteaba el mar mientras prometía a Poseidón sacrificar el animal en cuanto saliera del agua. De pronto, unos y otros enmudecieron maravillados pues tras una ola colosal surgió un toro magnífico, de color blanco, que echaba fuego por la boca.

Tan fascinados quedaron por aquella bestia divina, que aquel mismo día nombraron a Minos rey de Creta. Más tarde, se suponía que Minos debía sacrificarlo en honor de Poseidón, soberano absoluto de todos los océanos, pero estaba tan embelesado por el animal que decidió quedárselo y mandó que lo enviaran con el resto de sus rebaños. Fue una mala decisión pues nunca conviene desobedecer a los dioses.

Efectivamente, aquel desaire enfureció a Poseidón y como castigo despertó en Pasífae un amor irrefrenable por el toro del mar. Día y noche, la reina trató de contener su pasión hasta que por fin sucumbió a la llamada del deseo y preguntó a Dédalo cómo podía acostarse con aquella bestia capaz de destrozarla de una sola cornada.

Amores taurinos

Dédalo, un inventor genial, era el más brillante de todos los cortesanos de Minos. Provenía de una ilustre familia de Atenas, donde, entre otras hazañas, había inventado los primeros autómatas de la historia. Allí, envidioso de su talento prometedor, había despeñado a su sobrino Talo, al cual había tomado como aprendiz. Cuando descubrieron el crimen, los atenienses le condenaron al exilio y no le había quedado más remedio que refugiarse en Creta.

Para Dédalo, con cuyo ingenio jamás pudo rivalizar mortal alguno, la petición de Pasífae no representaba ningún esfuerzo y en un santiamén construyó un artefacto con el que confundir al toro: una vaca de madera en cuyo interior se escondió la reina. Al ver la estatua abandonada en un prado, el animal cayó en el engaño y dio rienda suelta a su fogosidad natural.

Meses después, la reina se había olvidado del toro y solo estaba preocupada por el bebé que estaba a punto de alumbrar. Aunque ya habían tenido cuatro hijos y cuatro hijas, el rey Minos deambulaba nervioso por el palacio. ¿Sería un varón al que confiar los asuntos de la guerra o una mujer a la que casar con algún aliado en el futuro? Cuando le dijeron que ya podía ver al retoño, Minos corrió hasta la alcoba de la reina y, al cruzar el umbral de la puerta, se quedó paralizado por el espanto. Aquello que su mujer sostenía maternalmente en brazos no era un varón, ni siquiera era humano, era un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro.

El Minotauro en el regazo de Pasífae. El canasto que se ve al fondo es una cesta que servía de cuna. Kylix de figuras rojas (c. 330 a. C). Bibliothèque Nationale, París. cc Fotografía de Bibi Saint-Pol

Crimen y castigo

Alertado por unos sacerdotes, Minos no se atrevió a matar al monstruo –al que llamaron Asterión, como el abuelo, aunque pasó a la historia como el Minotauro (el toro de Minos)– y pidió a Dédalo que construyera un lugar donde albergarle lejos de cualquier mirada humana. El ateniense se puso manos a la obra y diseñó un laberinto tan complicado que casi ni él mismo consiguió encontrar la salida. Minos quedó muy satisfecho con el trabajo. Por sus múltiples meandros, nadie que se aventurara en su interior podría encontrar la salida y mandó que encerraran dentro al Minotauro. Quizá en el laberinto la criatura biforme habría pasado plácidamente el resto de su existencia, si tiempo después no se hubiera producido un accidente trágico de consecuencias funestas.

Androgeo, uno de los hijos de Minos, había marchado hasta Atenas para participar en las Panateneas, las fiestas de la ciudad, que por entonces estaba gobernada por el rey Egeo. Según algunas versiones, mientras se disputaban las competiciones, Egeo observó que Androgeo entablaba amistad con el mayor de sus rivales políticos, un tal Palante, y, temeroso de que aquello fuera el principio de una alianza entre los cretenses y su gran enemigo, mandó que lo asesinasen.

En cambio, otros sostienen que Androgeo murió accidentalmente cuando se dirigía a Tebas (embestido por un feroz toro blanco, el llamado toro de Maratón, que no era otro sino el toro que no había sacrificado Minos y que Heracles se había llevado al continente como parte de sus doce trabajos). Fuera una muerte fortuita o premeditada, en cuanto Minos supo la noticia, mandó zarpar a su imbatible flota de guerra.

Nada pudieron hacer los hombres de Egeo contra Minos, al que además ayudó Zeus agostando los campos de Atenas, y los atenienses aceptaron una rendición incondicional. Como tributo, desde entonces debían enviar siete muchachos y otras tantas muchachas a Creta cada nueve años para que murieran sacrificados en el laberinto a manos del Minotauro.

La casa de Asterión

Cuando llegó Minos por tercera vez al puerto de Atenas a recoger el tributo de jóvenes, Teseo, hijo de Egeo, se ofreció voluntario para formar parte de la expedición. Antes de partir, dijo a su padre que si volvía victorioso cambiaría las velas negras que ahora ensombrecían el navío por unas blancas y sin más preámbulos se embarcó rumbo a Creta.

Al llegar a Cnosos, capital de la isla, Teseo sedujo a Ariadna, una de las hijas de Minos, y consiguió su ayuda a cambio de llevarla consigo de vuelta a Atenas. Ariadna preguntó entonces a Dédalo qué podía hacer y el inventor le dio un ovillo de lana con el que el apuesto héroe encontraría la salida siguiendo el hilo desenrollado. Hay otra versión en la que se se dice que Ariadna, en vez del famoso ovillo, ayudó a Teseo con una corona que le habían regalado los dioses. Era tal su brillo, que el héroe pudo alumbrarse por el camino de ida y de vuelta. Fuera de una u otra manera, lo cierto es que Teseo se adentró en el laberinto y, tal vez con una espada, tal vez con una maza, o incluso a puñetazos, terminó con la vida del aciago Minotauro. Luego recogió a Ariadna y partió hacia Atenas cuando la noche aún protegía sus pasos.

Ariadna en Naxos

En mitad del trayecto decidieron descansar en la isla de Naxos y Teseo y Ariadna disfrutaron de una apasionada noche de amor. Sin embargo, al despertar por la mañana, Ariadna descubrió que el príncipe se había ido y el barco se alejaba sin ella. No sabemos con certeza las razones de este abandono. Algunas versiones sostienen que Teseo estaba tan conmocionado por la lucha contra el Minotauro y su regreso triunfal que, sencillamente, se olvidó de la muchacha, aunque otros autores decían que el dios Dionisio le había ordenado durante la noche que dejase a Ariadna en tierra pues se había enamorado de ella.

De hecho, mientras Ariadna vagaba desesperada por la playa, desnuda y con el pelo revuelto, escuchó de pronto un creciente sonar de flautas, timbales y címbalos: era Dionisio que venía a casarse con ella. Lo que ocurrió después tampoco está claro. Tal vez se casaron o quizá, como sostiene Homero, Artemisa mató a la muchacha por petición de Dionisio (que este dios salvaje, a medio camino entre el mundo de los vivos y el de los muertos decida matar a Ariadna quizá no resulte tan extraño ya que así la transforma en inmortal).

En lo que sí coinciden las distintas versiones es que, tras su muerte, Dionisio llevó a su amada al firmamento, junto a la constelación de la Corona de Ariadna (aunque Odiseo la vio en el Infierno), y que fue adorada en varios lugares, sobre todo en Naxos, Chipre y Delos.

Tiziano. Dionisio rescatando a Ariadna (c. 1520)

¡Las velas!

Fuera por despiste, fuera por obedecer a Dionisio, Teseo siguió rumbo a Atenas sin Ariadna y, tan afligida estaba la tripulación por este percance, que se olvidaron del código establecido con Egeo y no cambiaron las velas negras por otras blancas, señal de que regresaban victoriosos, lo cual también pudo deberse a una maldición que lanzó la desesperada Ariadna.

Al ver las velas negras, Egeo pensó que su hijo había muerto y se suicidó lanzándose desde una torre contra el mar que, desde entonces, lleva su nombre. Teseo fue nombrado rey al llegar a Atenas y tras vencer a sus rivales políticos, los 50 hijos de Palante, realizó grandes empresas, como la elaboración de una constitución y una batalla contra las Amazonas.

Dédalo e Ícaro

Según la versión más aceptada, cuando el arrogante Minos descubrió que Teseo había matado al Minotauro y, encima, se había llevado a su hija montó en cólera y, por la ayuda prestada, encerró a Dédalo y a su hijo Ícaro en el laberinto. De la madre de Ícaro, una esclava de Minos llamada Náucrate, sin embargo los mitógrafos no nos dan noticia alguna.

Paradoja extraña muy al gusto de la mitología griega. Dédalo fue encerrado en el mismo lugar que había diseñado. Su propia obra se volvía contra él. ¿Cómo podría escapar de su propio ingenio? Tras mucho pensarlo, por fin encontró la solución: saldrían volando. Con plumas y cera construyó un par de alas y se preparó para escapar de la isla. Antes de saltar, avisó a su hijo de que ni se acercara mucho al Sol, pues la cera podía derretirse, ni al agua del mar, ya que las alas se mojarían; pero, cuando ya estaban lejos de Creta, Ícaro se entusiasmó, se aproximó al Sol para contemplarlo mejor, el calor fundió la cera y el muchacho murió estampado contra el mar.

Desconsolado, Dédalo siguió huyendo y, tras detenerse en Cumas, cerca de Nápoles, llegó a Sicilia, donde se refugió en la corte del rey Cócalo, en Acragante.

La muerte de Minos

Mientras tanto, Minos había zarpado con su flota y marchaba de isla en isla en pos de Dédalo. Para encontrarle prometió una gran recompensa a quien fuera capaz de atravesar una tortuosa caracola con un hilo, pues sabía que solo el inventor ateniense podría resolver tan complicado problema. En efecto, cuando llegó al palacio de Cócalo, el rey dio a escondidas la caracola a Dédalo y el inventor consiguió atravesarla con un hilo que había atado a una hormiguita (y esto parece ser un reflejo del otro laberinto, también superado gracias al hilo de Ariadna). Habían caído en la trampa, en cuanto Minos vio la caracola enhebrada exigió que le entregaran a Dédalo.
Sin inmutarse, Cócalo le felicitó por la argucia y le invitó a tomar un baño de agua caliente en compañía de sus hijas. A Minos, amante pasional, no hacía falta decirle mucho más para convencerle de que su venganza podía esperar. Lo que sucedió a continuación no se sabe con certeza, pero parece ser que las hijas de Cócalo aprovecharon para escaldarlo vivo y, todo sea dicho, la verdad es que no hay muerte más infame en el mundo griego. ¡En vez de caer luchando en una batalla épica, Minos murió a manos de unas adolescentes pícaras mientras se daba un baño!

Mientras tanto, aprovechando que los soldados de Minos habían acompañado al rey hasta el palacio de Cócalo, los sicilianos quemaron las naves de los cretenses. Cuando más tarde Cócalo les dijo que Minos había muerto resbalando en el baño se sintieron consternados y no tuvieron más remedio que quedarse a vivir en aquella isla.

Curiosa fue también la sepultura que recibió el despótico rey. Lejos de toda pompa y gloria, sus soldados escondieron el cadáver en un templo de Afrodita para que la gente le honrase, sin saberlo, cuando fueran a llevar ofrendas a la diosa del amor. Cruel broma del destino que Minos, al que engañó su mujer por amor a un toro, al que engañó su hija por amor a Teseo, tuviera que refugiarse detrás las faldas de Afrodita para ser honrado tras su muerte.

Y hasta aquí llega el mito. Ahora que lo conocemos, podemos preguntarnos si está basado en hechos históricos, es decir, ¿existió de verdad algún laberinto en la isla de Creta? Hagamos el equipaje y marchemos hasta Grecia para comprobarlo.

Notas y lecturas complementarias

Para conocer el mito de Teseo y el Minotauro, del que aquí se ofrece un resumen, disponemos de diversas fuentes clásicas. Principalmente:

  • APOLODORO. Biblioteca Mitológica, Libro III y epítomes.
  • DIODORO DE SICILIA. Biblioteca histórica, Libro IV.
  • ERATÓSTENES. Mitología del firmamento, Catasterismos, 5.
  • HIGINIO. Fábulas, 15.
  • HOMERO. Odisea. Canto XI (322).
  • OVIDIO. Metamorfosis, Libro VIII; Heroidas.
  • PAUSANIAS. Descripción de Grecia. Libros I y IX.
  • PLUTARCO. Vidas paralelas, Teseo.

La bibliografía sobre mitología griega es muy abundante. Como punto de partida, sugiero empezar por las siguientes obras (a ser posible en este orden):

  1. CARLOS GARCÍA GUAL. Introducción a la mitología griega. Alianza. Madrid, 1992.
  2. JEAN-PIERRE VERNANT. El universo, los dioses, los hombres. Anagrama. Barcelona, 2000.
  3. ILEANA CHIRASI COLOMBO. La religión griega. Alianza. Madrid, 2005.
  4. ROBERT GRAVES. Los mitos griegos. Alianza. Madrid, 2002.
  5. WALTER F. OTTO. Los dioses de Grecia. Siruela. Madrid, 2003.

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