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El laberinto 4: La danza del laberinto

¿Podría ser que el laberinto fuera en realidad una danza de la antigua Grecia?

El laberinto 4: La danza del laberinto

Apenas tenemos datos sobre lo que sucedió durante el período que siguió a la decadencia micénica (entre los siglos XI y IX a.C.). Se conoce como la edad oscura y se caracteriza por un gran retroceso en todos los campos. Los asentamientos urbanos se redujeron a aldeas, la economía pasó a ser de subsistencia y desapareció la escritura. Por entonces se produjo un gran trasiego de pueblos que al final terminó por configurar el paisaje étnico y lingüístico de la Grecia clásica. Durante dos siglos, la cultura de la Hélade fue un enorme caldo alimentado por rapsodas ambulantes con mitos y leyendas provenientes de todo el Mediterráneo. Cuando el guiso estuvo listo, desprendía aromas minoicos y micénicos, pero también de Mesopotamia, Anatolia, Egipto, los Balcanes… Los resultados fueron la Ilíada y, poco después, la Odisea, dos obras extraordinarias que recogían una larga tradición oral y que sentaron las bases de la mitología griega clásica. Fue en este período cuando el mito de Teseo y el Minotauro cobró su forma definitiva con los protagonistas que ya conocemos. Pero en la Ilíada, la más antigua de aquellas obras, el laberinto en vez de ser un edificio aparece como una danza.

Eje cronológico de la antigua Grecia y las correspondientes referencias laberínticas.

Danzar en el laberinto

La Ilíada es el texto más antiguo de toda la Grecia clásica, es decir, de la cultura que surgió tras la decadencia de los micénicos y los siglos de la edad oscura. Se atribuye a un poeta ciego llamado Homero y probablemente se escribió hacia el siglo IX a.C. La referencia más clara del laberinto que aparece en la Ilíada es una danza que se celebraba en Creta:

«El muy ilustre cojitranco [Hefesto] bordó también una pista de baile semejante a aquella que una vez en la vasta Creta el arte de Dédalo fabricó para Ariadna, la de bellos bucles. Allí zagales y doncellas, que ganan bueyes gracias a la dote, bailaban con las manos cogidas entre sí por las muñecas. Ellas llevaban delicadas sayas, y ellos vestían túnicas bien hiladas, que tenían el suave lustre del aceite. Además, ellas sujetaban bellas guirnaldas, y ellos sagas áureas llevaban, suspendidas de argénteos tahalíes.

»Unas veces corrían formando círculos con pasos habilidosos y suma agilidad, como cuando el torno, ajustando a sus palmas, el alfarero prueba tras sentarse delante, a ver si marcha, y otras veces corrían en hileras, unos tras otros.

»Una nutrida multitud rodeaba la deliciosa pista de baile, recreándose, y dos acróbatas a través de ellos, como preludio de la fiesta, hacían volteretas en medio».

Así, según Homero, Dédalo no habría construido un laberinto, sino una pista de baile en la que se practicaba una danza relacionada con el matrimonio (como se infiere de la referencia a los bueyes entregados como dote). La coreografía seguía una espiral (como los surcos que quedan en la arcilla moldeada en un torno) y se completaba con diversas acrobacias. Esta danza, en la que tan solo le falta un toro para que podamos ver una escena de tauromaquia minoica con los bailarines dando volteretas, ha sido relacionada con el laberinto: cuando danzaban en espiral cogidos de la mano estarían simulando la estructura y cuando iban en fila, el recorrido. Además, las guirnaldas podrían evocar la corona de Ariadna y los puñales, la espada de Teseo.

Además, por Calímaco y Plutarco, sabemos que siglos después en la isla de Delos se celebraba otra danza parecida durante una fiesta que conmemoraba la hazaña de Teseo. Según una versión del mito, antes de regresar a Atenas, Teseo y sus compañeros habían desembarcado en esta isla para ofrendar una estatua de Afrodita y allí bailaron en torno a un altar formado por cuernos del lado izquierdo del toro. En recuerdo de este episodio, una vez al año se organizaba una danza en Delos durante el mes de Anesterión, que caía entre febrero y marzo, y Plutarco señala que los delios llamaban géranos (de la grulla) a esta danza.

¿Por qué recibía este nombre? ¿Qué relación guarda el laberinto con las grullas?

Detalle del Vaso François (c. 570 a. C.) en el que se representa la danza géranos de los jóvenes rescatados por Teseo. Ⓒ Sailko

La gerantomaquia

Para entender qué hacen las grullas en nuestro laberinto, antes debemos saber algo más sobre cómo las percibían en el mundo clásico y para eso nuestra mejor fuente es una de las mentes más lúcidas de toda la historia del pensamiento: Aristóteles. En el libro VIII de la Investigación sobre los animales, nos explica que al llegar el invierno las grullas marchan hasta lo más recóndito de Egipto, donde atacan a un pueblo de pigmeos:

«Unos animales encuentran en los mismos lugares donde tienen la costumbre de vivir los medios para protegerse contra los rigores del clima; otros emigran: después del equinoccio de otoño dejan el Ponto y las aguas frías para evitar el invierno inminente, y después del equinoccio de primavera vuelven de los países cálidos hacia las regiones frías por temor a los calores abrasadores. En ciertos casos los cambios de lugar ocurren desde un extremo a otro del mundo, como hacen las grullas. Pues su migración les conduce desde las llanuras de Escitia hasta las marismas del Alto Egipto, donde nace el Nilo. Se dice que allí incluso atacan a los pigmeos. Pues la existencia de este pueblo no es una fábula, sino que se trata de una raza de hombres, los cuales, según se dice, son de talla pequeña, y ellos con sus caballos viven metidos en cuevas».

En realidad, Aristóteles nunca bajó hasta las fuentes del Nilo para comprobarlo, sino que transcribió un mito griego que hablaba de una batalla mantenida desde tiempo inmemorial entre grullas y pigmeos. Según este mito, entre los pigmeos había una mujer llamada Gérana que era muy soberbia y desagradable. Gérana le faltó al respeto a Hera y, como castigo, la diosa la transformó en grulla. Aún así, el ave no se movió de la aldea, tal vez para no abandonar a su hijo Mopso, y los pigmeos, molestos por sus graznidos, trataron de ahuyentarla a pedradas. Desde entonces, cada vez que las grullas migran al sur se pelean con los pigmeos en una batalla que suponemos pierden una y otra vez ya que siempre regresan al norte. Esta gerantomaquia era antiquísima, ya se menciona en la Ilíada de Homero, y aparece en muchas representaciones cerámicas.

Poco a poco vamos montando el rompecabezas. Ya sabemos que en algunas partes de Grecia se celebraba un ritual poco antes de que comenzara la primavera (durante el mes de Anesterión) y que en esta fiesta se bailaba una danza llamada géranos, de la grulla, en la cual se evocaba el laberinto y la victoria de Teseo. Además, hemos visto que la grulla es un ave migratoria que en primavera regresa a la Hélade.

En general, para los pueblos antiguos cualquier signo de la naturaleza que les ayudara a regular el tiempo, como el deshielo o las migraciones animales, resultaba de vital importancia. La agricultura demanda un gran dominio de los tiempos y las estaciones: cada especie vegetal tiene su temporada de siembra y recolección, los campos deben reposar en barbecho, los cultivos no pueden demorarse o anticiparse a los meses más extremos del año… Y, en menor medida, lo mismo sucede con el pastoreo. Hay que saber cuándo se acerca el momento de la estabulación, la época de cría, cuándo habrá que desplazar el ganado a climas más benignos, etcétera.

Por lo tanto, es probable que a las grullas les cupiera el honor de bautizar una danza tan importante como la de Delos porque, gracias a su ciclo migratorio, los campesinos podían calcular mejor las estaciones y, con ello, ajustar el ciclo agrícola.

Y si estamos interesados por las estaciones y la agricultura del mundo griego, no nos queda más remedio que bajar al Infierno.

Mosaico de los pigmeos peleando contra las grullas. Casa de Neptuno en el yacimiento romano de Itálica (Sevilla)

La reina de los muertos

Una antigua tradición griega decía que Hades, el dios soberano del reino de los muertos, se enamoró un día de Perséfone, la hija de Deméter, que era la diosa del trigo y la tierra cultivada, y en un rapto de pasión la raptó y se la llevó a su lúgubre morada. Desconsolada, Deméter buscó a su hija por aquí y por allá pero no la encontró y fue tal su pena que se retiró a Eleusis, cerca de Atenas. Evidentemente, en ausencia de la diosa de la agricultura, nada comestible crecía sobre la tierra y los mortales se morían de hambre. Por fortuna, el mismísimo Zeus decidió intervenir antes de que el desastre fuera a mayores y dijo a su hermano Hades que liberase a la hermosa diosa.
Hades consintió de mala gana y antes de que Perséfone saliera del reino de los muertos le regaló seis suculentas semillas. La diosa se las comió y con tan parca pitanza selló definitivamente su destino, pues nadie que se hubiera alimentado con las viandas de los muertos podía volver entre los vivos. Pero como algo había que hacer para que a Deméter se le pasase el enfado, por fin consiguieron llegar a un acuerdo. Durante seis meses al año, tantos como semillas había comido, Perséfone permanecería con su esposo entre los muertos, y durante los otros seis estaría con su madre. Por eso desde entonces se alternan las estaciones: unas tristes en las que no crece nada, cuando Perséfone se marcha con Hades, y otras alegres en las que florece la vida por la alegría de Deméter cuando se reúne con su hija.

Este mito refleja con gran belleza el ciclo agrícola y manifiesta la tensión que suponían los meses en que la tierra permanecía infértil. En la postrimería del invierno, cuando las reservas ya casi se habían agotado, los campesinos otearían una y otra vez el horizonte en busca de alguna señal que indicase el regreso de la primavera, y una de esas señales inequívocas sería precisamente el regreso de las grullas, un ave que –al igual que sucede con la lechuza y Atenea– se asociaba con Deméter.

Perséfone en el laberinto

No sabemos con precisión cómo imaginaban el reino de los muertos en la Antigüedad clásica, pero, en general, los autores grecolatinos hablan de un lugar por el que resulta fácil perderse, con varios caminos y encrucijadas, del que resulta imposible salir si no se conoce el camino; un lugar lleno de monstruos que vigilan quién entra y quién sale en cada momento, en cuyo corazón se esconden los más espantosos peligros. En suma, hablan de una especie de laberinto.

Esta concepción del reino de los muertos como un laberinto del que resulta complicado escapar y encontrar el justo camino nos permite entender el significado más importante de la danza de Delos. Recapitulemos, durante el invierno no crece nada pues la diosa de la agricultura está contrariada al no estar con su hija, la cual se encuentra en el reino de los muertos. Por lo tanto, si queremos que los campos vuelvan a dar frutos, debemos reunir de nuevo a madre e hija, es decir, debemos rescatar a Perséfone del inframundo, el cual se concibe como un lugar de complicado recorrido, en el que resulta fácil entrar pero casi imposible salir, al igual que sucede con un laberinto.

Además, hay un mito que relaciona a Perséfone con Teseo y con un Infierno que atrapa. Según Plutarco y otros mitógrafos clásicos, el mejor amigo de Teseo era Piritoo, al cual ayudó durante una lucha contra los centauros. Tiempo después, con 50 años, una edad muy avanzada para la época, Teseo bajó al Infierno con Piritoo para raptar a Perséfone, de la cual se había encaprichado su amigo. En esta ocasión venció el Laberinto. Hades, soberano del reino de los muertos, los descubrió; Piritoo desapareció entre las fauces del infernal Cancerbero y Teseo fue aprisionado en un trono del que no podía levantarse.

En conclusión, es plausible que aquella danza géranos simbolizase el regreso de Perséfone, ya fuera por su propio pie o ayudada por el hilo de Ariadna que formaría la hilera de jóvenes cogidos de la mano. Atrás quedaría el monstruo que la retenía, el Minotauro, cuya derrota queda bien manifiesta en el altar de cuernos izquierdos en torno al que se danzaba. (Ya que sujetar al toro por su cuerno izquierdo denotaba la victoria sobre el mismo, como se infiere por todas las representaciones cerámicas en las que Teseo agarra victorioso al Minotauro precisamente por el lado izquierdo de su cornamenta). Un detalle significativo al respecto: tras su muerte, Minos se convirtió en el Juez de los Muertos, al servicio de Hades. Y en esto se atisba la naturaleza primigenia del despótico rey de Creta y su infernal laberinto.

Incluso, podemos establecer una relación más entre las grullas y el laberinto. Durante la época de celo de las grullas, que sucede sobre todo durante el mes de marzo, se incluye en el cortejo una danza en la que caminan con pasos rápidos formando círculos, elipses o una especie de ochos combinados con saltos en el aire a izquierda y derecha y paradas bruscas en las que se quedan inmóviles. ¿Existe alguna relación entre esta danza y la que bailaban delios y cretenses? Y si así fuera, ¿sería en último término la que habría dado origen a la sinuosa estructura del laberinto?

El laberinto de los herreros

«Si las fuentes, las galerías de las minas y las cavernas son asimiladas a la vagina de la Madre Tierra, todo cuanto yace en su «vientre» está aún vivo, bien que en estado de gestación. O dicho de otro modo: los minerales extraídos de las minas son, en cierto modo, embriones: crecen lentamente, con un ritmo temporal distinto al de los animales y vegetales, pero crecen, maduran en las tinieblas telúricas».

Mircea Eliade. Herreros y alquimistas

Para concluir nuestro periplo por Grecia podemos reflexionar sobre el papel de los herreros en la difusión del mito del laberinto. Por lo que hemos visto, todo indica a que por el Egeo circulaba una antiquísima creencia en una diosa de la fertilidad, a la cual había que rescatar del reino de los muertos cada primavera en un ritual propiciatorio que probablemente incluía danzas en cuya coreografía se simulaba el sinuoso y complicado recorrido que separa el mundo de los vivos del inframundo, es decir, un laberinto.

En esta creencia, los herreros y mineros –representados por Hefesto o Dédalo– cobraban un destacado papel pues el ámbito natural de su actividad se encuentra precisamente en el inframundo, donde los metales crecen al calor de la tierra, y son quienes se aventuran una y otra vez por las cuevas, antesala del Infierno, en busca del preciado metal. Además, su oficio está envuelto en misterio pues son los artífices de un nuevo armamento que ha probado su letal eficacia cada vez que se ha enfrentado a una rudimentaria hacha de piedra. Y los herreros son grandes viajeros.

Como vamos a ver, se han descubierto varios laberintos por diversos lugares de la Europa prehistórica. ¿Cómo ha llegado el laberinto a todas estas culturas? ¿Por propia inspiración? ¿Como resultado de contactos culturales con los micénicos? ¿Fueron los herreros quienes exportaron este mito por todo el Mediterráneo? ¿Podría ser que, en realidad, los micénicos hubieran copiado la idea del laberinto de otras culturas aún más antiguas?

Notas y lecturas complementarias

  • ARISTÓTELES. Investigación animal. Libro VIII, 597a4. Traducción de Julio Pallí Bonet. Gredos. Madrid, 1992.
  • CHADWICK, JOHN. El mundo micénico. Altaya. Barcelona, 1993.
  • DICKINSON, OLIVER. La edad del Bronce Egea. Akal, 2000.
  • ESPINOSA, MANUEL SERRANO. La tauromaquia minoica. IAC. Alicante, 2006.
  • FRAURE, PAUL. La vita quotidiana a Creta ai tempi di Minosse. Rizzoli, 1986.
  • GRIMAL, PIERRE. Mitologia. Garzanti. Brescia, 1987.
  • KERÉNY, KARL. En el laberinto. Siruela. Madrid, 2006.
  • MACGILLIVRAY, JOSEPH ALEZANDER. El laberinto del Minotauro. Sir Arthur Jhons Evans, el arqueólogo del mito. Edhasa. Barcelona, 2006.

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