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El laberinto 7: Labyrinthus, Urbi et orbi

¿Existe alguna relación entre el laberinto de la ciudad de Troya? ¿Y por qué los laberintos fueron tan populares durante el imperio romano?

El laberinto 7: Labyrinthus, Urbi et orbi

El mito de Teseo y el Minotauro alcanzó gran popularidad entre los romanos y el laberinto se convirtió en un elemento habitual de la decoración de las grandes villas. Resultaría monótono ver en detalle todos los laberintos que se conservan del imperio romano, el cual abarcaba medio mundo conocido, desde Gran Bretaña a los confines con los partos en Mesopotamia; pero aunque sea a vuelapluma conoceremos algunos muy interesantes como el mítico mausoleo de Lars Porsenna, los ejemplares de Pompeya o el antro que servía de morada a la Sibila de Cumas. Además, descubriremos que los romanos también tenían su propia danza del laberinto, los juegos troyanos.

El laberinto de Lars Porsenna

Desde la Antigüedad, el laberinto romano más famoso es el de Lars Porsenna. Contaba la leyenda que hacia el año 509 a.C. el rey de la ciudad etrusca de Chiusi, Lars Porsenna, mantenía sitiada Roma. El rey descansaba en su campamento cuando un joven romano saltó desde las sombras y mató a su ayudante de una puñalada. Tras reducirlo, Porsenna preguntó quién era y el joven respondió que se llamaba Muzio y que había fallado su objetivo. Rabioso por este error, metió una mano en el fuego y la mantuvo entre las llamas hasta que se quemó por completo como castigo. Impresionado, Porsenna ordenó liberarle y Muzio mintió diciendo que él era solo uno de los trescientos romanos que habían jurado matarle o perecer en el intento. El rey sopesó las posibilidades de que trescientos suicidas terminaran con su vida y decidió levantar el sitio de la ciudad de Roma, a la que ya solo esperaron glorias y honores.

Reconstrucción del mausoleo laberíntico de Lars Porsenna.
Reconstrucción del mausoleo laberíntico de Lars Porsenna según el arquitecto escocés James Fergusson (1885).

En realidad, es probable que los romanos pagasen pesados tributos a los etruscos hasta que los derrotaron años después, pero ya se sabe que la historia la escriben los vencedores y son precisamente los historiadores latinos quienes nos dan noticia del extraño sepulcro donde decidió descansar Lars Porsenna para toda la eternidad: un laberinto.

En su Historia Natural, Plinio el Viejo describe este mausoleo recogiendo una obra de Terencio Varrón que no ha llegado a la actualidad. Según Plino, Porsenna fue enterrado bajo la ciudad de Chiusi, en un recinto cuadrado, cuyo interior era un laberinto tan complejo que resultaba imposible salir sin la ayuda de un ovillo de hilo. En la superficie, se levantaron cinco pirámides, una en cada vértice y la quinta en el centro. Encima de ellas había una cúpula de bronce de la que pendían campanillas que sonaban al soplar el viento. Y en un nivel superior construyeron otras cinco pirámides aún más altas.

Además, con el tiempo se formó una leyenda popular sobre un fabuloso tesoro con el que se habría enterrado Porsenna: un carro tirado por cuatro caballos esculpidos en oro macizo, un sarcófago también de oro y una canastilla ¡con 5.000 pollitos tallados en tan preciado metal!

Claro está, semejante riqueza despertó gran interés entre los cazadores de tesoros desde tiempos remotos pero, por mucho que buscaron, nadie dio nunca con el emplazamiento del mausoleo. Y esto resulta muy extraño. ¿Cómo es posible que tan grandiosa construcción haya pasado desapercibida en la transitada Toscana italiana durante 2.500 años?

La respuesta es decepcionante pero evidente. En realidad es probable que jamás fuera construida. Seguramente el mausoleo de Lars Porsenna no difería de las demás tumbas etruscas, lo cual plantea un nuevo interrogante. ¿Por qué se formó aquel mito sobre un laberinto en el que se habría enterrado el rey de Chiusi con un tesoro?

La clave de este enigma podría ser que bajo la ciudad de Chiusi sí que había un laberinto: un largo y ramificado acueducto que abastecía a los ciudadanos del bien más preciado para la vida, el agua.

Laberintos de Pompeya

La noche del 24 de agosto del año 79, el volcán Vesubio estalló en una violenta erupción y la vecina Pompeya quedó enterrada en un mar de emanaciones tóxicas, lava y cenizas. Sorprendidos en plena noche, los 20.000 habitantes de la ciudad apenas pudieron reaccionar y la tragedia fue espantosa.

Desde hace dos siglos, los arqueólogos han ido desenterrando esta ciudad que parece haber sido congelada en el tiempo. Casas, muebles, frescos murales, objetos de la vida cotidiana… Nunca un yacimiento arqueológico ha proporcionado tanta información (que corre el riesgo de perderse definitivamente ante la desidia con que se protege el lugar).

Una de estas casas se conoce como Villa del laberinto por el espléndido ejemplar que decoraba una de las habitaciones. Es un mosaico de planta rectangular que mide 43,5 por 45 centímetros y en el centro se muestra a Teseo a punto de derrotar al Minotauro entre varios huesos humanos desparramados por el suelo.

Otro laberinto pompeyano muy interesante es el que decoraba la Villa de Diómedes, llamada así por la tumba del liberto homónimo situada frente a la entrada. La villa gozaba de espléndidas vistas al mar y justo en unas escaleras que conducían a la playa murió el señor de la casa, con un anillo de oro en el dedo y una bolsa con 1.356 sestercios en la mano. A su lado, abrazado, le llegó también la muerte al que quizá fuera uno de sus esclavos. El resto de los habitantes de la casa, dieciséis mujeres y dos niños, se habían refugiado en un sótano donde perecieron asfixiados por la nube tóxica de la erupción.

Mosaico en la Villa de Diómedes.

El laberinto presenta una factura cuidada. Sigue la habitual planta rectangular dividida en cuatro secciones de los laberintos romanos y cada sección consta de 17 niveles. Rodeando el muro exterior se distribuyen torreones, almenas y cuatro puertas de acceso.

Un laberinto popular

Nuestro siguiente laberinto nos muestra la popularidad que alcanzó durante el imperio romano. Aunque la historia del grafiti se remonta a tiempos prehistóricos, cuando los cavernícolas plasmaban sus inquietudes cinegéticas en las paredes de su hogar, quienes sin duda merecen la paternidad del invento son los romanos, que no dudaban en manifestar sus opiniones en la primera pared disponible. Solo en Pompeya escribieron más de 10.000 grafitis sobre los más variopintos temas, sobre todo de amor y sexo:

Todo el que ama que me acompañe. Quiero romper a Venus las costillas y destrozar la espalda de esta diosa a garrotazos. Si ella puede golpear mi delicado pecho, ¿por qué no voy yo a poder romperle la cabeza de un palo?

¿Qué puede haber tan duro como una roca o qué más ligero que una ola? Y sin embargo duras rocas son horadadas por la caricia del agua.

El coño peludo se folla mucho mejor que el que no tiene pelo: a la vez que conserva el calor, acaricia la polla.

Los grafitis pompeyanos constituyen una muestra muy interesante del pensamiento popular romano, aunque no conviene olvidar el contexto de emoción y espontaneidad que los caracteriza (no sé qué pensaría de nosotros un marciano si solo nos analizara por las pintadas callejeras). Y en este sentido resulta fascinante un grafiti encontrado en el pilar de la casa de un tal Marco Lucrecio. Muestra un laberinto de planta rectangular y está acompañado por la frase LABYRINTHUS HIC HABITAT MINOTAURUS, es decir, el laberinto en el que vivía el Minotauro.

Grafiti en la casa de Marco Lucrecio.

Este grafiti manifiesta la aceptación que ya había alcanzado el mito y el laberinto hacia el siglo I, la suficiente para formar parte del repertorio iconográfico de la ciudadanía. Y esto debe servirnos para subir la guardia cada vez que descubrimos un ejemplar de rudimentaria factura en el ámbito romano y sin un contexto arqueológico fiable: si dibujaron un grafiti laberíntico en Pompeya, también pudieron hacerlo en Luzzanas o Kom Ombo.

Grafiti en forma de laberinto descubierto en Pompeya a la izquierda; grafiti en una de las paredes del monte en el que se alza la Acrópolis de Atenas, a la derecha.

Ariadna vindicada

Abandonemos ya Pompeya para ir hasta Salzburgo, en Austria, donde hay un laberinto precioso. Se encontró en unas termas de la localidad de Loig y data de finales del siglo III. Es de planta rectangular, mide unos cuatro metros de diámetro y a su alrededor se distribuyen tres escenas recordando a la desdichada Ariadna: cuando fue seducida por Teseo, durante el regreso a Atenas y tras ser abandonada en Naxos.

En general, el mito se adaptó al gusto romano, bien diferente del griego en varios aspectos, y los autores latinos prefirieron destacar otras facetas que hasta entonces se consideraban secundarias. Así, por ejemplo, es ahora cuando los papeles femeninos cobran mayor importancia en los textos y en las representaciones artísticas. Tanto Pasífae, cuyo encuentro con el toro sagrado despertó la imaginación de los romanos, siempre ávidos de sorpresas cuando de sexo se trataba, como Ariadna dejan de ser comparsas de una tragedia donde solo los hombres desempeñan un papel activo. Teseo seguirá abandonando a la enamorada hija de Minos pero ahora los poetas le pasarán factura al héroe ateniense.

Para los romanos, que además de ser en general menos misóginos que los griegos, Atenas tan solo representaba un rival cultural venido a menos, aquel desgraciado episodio no podía ser pasado por alto y fue abordado por varios autores, como Cátulo, que en un fascinante poema escrito a mediados del siglo I a.C. convierte a Teseo en un canalla a partir de los reproches que le hace una despechada Ariadna:

¿Así, tú, pérfido, a mí, llevada lejos de los altares de mi patria, me has abandonado en una playa desierta, pérfido Teseo? ¿Así, al marcharte, despreciada la voluntad de los dioses, desmemoriado, ay, llevas a casas perjurios sacrílegos? ¿Nada pudo doblegar la decisión de tu mente cruel? ¿Ningún tipo de clemencia tuviste presente que indujera a tu duro corazón a compadecerte de mí?

Laberinto de Salzburgo, hoy conservado en los Kunsthistorisches Museum.

Laberintos fortificados

Llaman la atención los muros y torreones que rodean a los laberintos de Salzburgo y la Villa de Diómedes. No son casos excepcionales. Entre otros, también están amurallados el hermoso laberinto de Itálica (España), el de Pula (Croacia), el de Villa en Orbe (Suiza), en el que se aprecian con toda claridad los gruesos sillares, al igual que sucede con el exquisito laberinto pentagonal de Felix Romuliana, (Serbia), y en el espectacular laberinto de Cormerod, en Suiza, en el que además hay unas aves que podrían ser grullas.

Sin duda, de toda la Antigüedad, las murallas legendarias más famosas son las que protegían la ciudad de Troya. Se decía que eran inexpugnables, obra de los dioses Apolo y Poseidón. A sus pies habían pasado diez años los aqueos sin poder franquearlas.

Laberinto pentagonal de Feliz Romuliana (Gamzigrad, Serbia), realizado hacia el siglo IV.
Laberinto de Itálica (Santiponce, Sevilla). Data del siglo II y en el centro probablemente aparecía representada la lucha de Teseo y el Minotauro (¿la suprimió algún cristiano disgustado por las resonancias paganas?).
Laberinto de Cormerod, Suiza.

Truia

Una pieza clave para responder esta cuestión es una jarra etrusca realizada hacia año 600 a.C. procedente de Tragliatella (en el Lazio, Italia). A lo largo de la jarra se muestra una escena muy interesante. Tras una pareja (¿Teseo y Ariadna?) y una fila de guerreros con escudos decorados con la cabeza de un jabalí, se distinguen dos jinetes en cuyos escudos hay dos aves. Con uno de ellos cabalga una extraña criatura sobrenatural y tras el otro aparece un laberinto del tipo cretense, en el cual hay escrito la palabra TRUIA. Cierran la composición dos parejas haciendo el amor y un personaje, tal vez un sacerdote, con el brazo alzado.

Ilustración en un oinochoe de Tragliatella (Museo Capitolino, Roma).

Aunque algunos filólogos sostienen que el término truia deriva del etrusco y vendría a significar algo así como el escenario en el que se desarrolla esta escena, se suele pensar que más bien hace referencia a la ciudad de Troya. Además de mostrarnos un primer nexo entre el laberinto y Troya, esta jarra nos aporta la siguiente pista del enigma: los dos jinetes.

En la Eneida, escrita hacia el año 19 a.C. por el poeta latino Virgilio, se narran las peripecias del príncipe troyano Eneas desde que consigue escapar de la ciudad en llamas hasta que alcanza Italia y sienta los cimientos de Roma. Poco antes de llegar a Italia, Eneas organizó en Sicilia unos juegos en honor de su padre Anquises, que había muerto hacía un año en aquella misma isla. Como colofón de aquellos juegos ejecutaron pruebas ecuestres llamadas, ludus troianus, juego de Troya. Tras desfilar llevando dos jabalinas de cerezo con remate de hierro, los jinetes se agrupan en tres escuadrones y según nos cuenta Virgilio en el libro V:

van trenzando giros y más giros y parecen trabados en combate, ahora huyendo o dejando la espalda al descubierto, ahora vuelven las armas dispuestas al ataque, ahora han hecho las paces y ya van pareados cabalgando. Como es fama que antaño, allá en la Creta montañosa tenía el Laberinto un pasadizo entretejido de paredes ciegas, y una equívoca trampa con sus mil direcciones en donde iba cortando la señal de avanzar una maraña inextricable que no dejaba echar pie atrás, con parecida traza los hijos de los teucros en sus potros van trabando sus pasos y entretejen su juego de fugas y de asaltos…

Por este pasaje de Virgilio y otras fuentes, sabemos que existía una antigua celebración que recibía el nombre de juego de Troya, en la cual se simulaba un recorrido laberíntico con destrezas ecuestres. Era un ritual de carácter funerario pero también incluía un elemento de vida, de fertilidad, tal y como nos muestran las dos parejas de entregados amantes.

Por lo tanto, parece claro que ya en tiempos romanos se había producido una curiosa identificación del laberinto con la ciudad de Troya. Lo que, en cambio, resulta más oscuro son las razones de esta confusión. Hermann Kern propone una alambicada explicación en la que relaciona los juegos troyanos, su efecto protector (que veremos más adelante), y los rituales previos a la fundación de Roma, en los que se simula un muro imaginario que defiende el lugar de los malos influjos. Santarcangeli, por mencionar otra eminencia laberíntica, sostiene una tesis más sencilla:

¿Cómo se explica la asociación del nombre de Troya con el laberinto en la creencia popular romana? Se explica, a nuestro entender, por lógica, sin necesidad de remover complejas teorías etimológicas o similares. En efecto, desaparecido muy pronto el recuerdo de Cnosos y de su civilización, ¿cuál podía ser para los romanos la ciudad de los tiempos antiguos y míticos, la urbs por antonomasia? Atenas no, sin duda, sino Virgilio juvante, Troya […]

Troya era además la fortaleza del asedio par excellence, el lugar al que se ansía entrar y al que se accede mediante la astucia, contrarrestando habilidad con habilidad, engaño con engaño.

Es probable que en la imaginación popular se hayan equiparado una ciudad inexpugnable con una estructura imbatible. En cualquier caso, fuera por una u otra razón, lo cierto es que este nexo entre Troya y el laberinto se mantendrá a lo largo del tiempo. Como veremos, en Inglaterra algunos laberintos se denominarán city of Troy, en Gales, caerdroia y en Escandinavia abundarán los trojeborg (términos todos que significan ciudad de Troya). Pero más fascinante aún es la evolución de este fenómeno. En los siglos posteriores, en distintos ámbitos culturales se produjo una identificación de Troya con otras ciudades legendarias, que, por carambola, se asociaron a su vez con el laberinto (como Jericó, Jerusalén, Babilonia o Constantinopla).

Y ahora que ya sabemos por qué los laberintos romanos están amurallados, vamos hasta Portugal para descubrir una de las razones por las que gozaron de tanta popularidad: su efecto protector.

La ciudad de Jericó convertida en laberinto. Biblia Farhi (siglo XIV).

El laberinto protector

Los amantes de los laberintos tienen una cita imprescindible en Conímbriga, una localidad romana cerca de Coimbra (Portugal). Este asentamiento se remonta al siglo V a.C. y fue ocupado hasta que llegaron los árabes a la Península a principios del siglo VIII d.C. Entre otras maravillas, aquí se han descubierto dos laberintos, uno que se puede disfrutar en el Museo Monográfico y otro en el propio yacimiento, en la llamada Casa dos Repuxos, es decir, de los Curtidores. Esta magnífica mansión fue construida a principios del siglo III sobre los restos de un edificio anterior y conserva muchos mosaicos en perfecto estado.

Laberinto de la Casa dos Repuxos.

El laberinto sigue una planta rectangular, dividida en cuatro secciones que se deben recorrer enteras para alcanzar el centro, donde nos espera un simpático Minotauro. Es característica de los mosaicos peninsulares de este período una mayor simplificación de los dibujos, lo cual explica en parte la ausencia de Teseo, pero la soledad del rostro vigilante del Minotauro nos habla también de su función como talismán protector.

En los mosaicos romanos se trataban todo tipo de temas, desde el trabajo en el campo a una sesión de gimnasia, y la mitología era una de las fuentes principales de inspiración. Un motivo recurrente es la cabeza de Medusa, una monstruosa criatura, con el pelo lleno de serpientes, que dejaba petrificado a quien osase cruzarle la mirada. Aunque en algunas ocasiones solo cumple una función ornamental, la cabeza de Medusa solía servir como talismán apotropaico, es decir, para ahuyentar el mal. Lo que se espera de este tipo de magia es que, cuando algún elemento maligno vaya a entrar en casa, se lo piense dos veces ante el mirar de algo aún más espeluznante.

Lo mismo sucedía con los laberintos. Además de su función decorativa, servían para que el mal se perdiera por el camino, sobre todo cuando están cerca de la entrada, como este de Coimbriga. En un ensayo fundamental para conocer los laberintos romanos, La Mosaïque de Thésée, el profesor Wiktor A. Daszewski explicaba esta cualidad protectora:

L’image du labyrinthe, aussi bien que du Minotaure seul ou de la scéne de lutte de Thésée avec le monstre nous rappelle un autre problème important: la fonction magique de ces représentations, lié avec leur caractère apotropaique et prophylactique. […]

Placées en des endroits particulièrement privilégiés, les mosaiques avec Thèsèe et le labyrinthe paraissent être souvent, mais certes pas toujours, un des élements majeurs de la protection des maisons et de leurs habitants contre le mauvais oeil et les maléfices. Elles repoussaient l’action des forces mauvaises et en même temps assuraient la rèussite. Le labyrinthe placé dans le vestibule d’entrée, en tant qu’image conventionnelle du monde souterrain, éloignait de la maison la menace de mort. Il contrecarrait les tentatives des monstres infernaux, dont il était le siége, contre la vie et le sort des habitants de la villa ou les habitués des thermes. Placé en décoration du tombeau, pourvu –come dans le cas de l’hypogèe de Sousse– d’une image du Minotaure mourant, il protège avec efficacité le défunt contre les dangers du chemin tortueux de láu-delá et les monstres qui le guettent.

De hecho, es probable que los juegos troyanos, por lo menos en su origen, también cumplieran una función apotropaica. Como explica Thomas M. Greene:

Virgil's comparison of this carousel to the Cretan labyrinth should not be regarded as ornamental; it is rather fundamental to an understanding of the performance. The ritual, which was essentially apotropaic, involved the magical creation of an invisible labyrinth through the interweaving of lines and paths.

Esta función defensiva del laberinto volveremos a encontrarla más tarde en los primeros laberintos cristianos y en los peculiares laberintos escandinavos, y nos permite comprender una de las razones de su popularidad. Así pues, además de servir como decoración, el laberinto romano cumple una función defensiva atrapando los malos influjos antes de que entren en la casa. Comprendido esto, sigamos nuestro viaje por el imperio romano. Próxima parada: Túnez.

Hadrumetum

Los romanos alcanzaron gran maestría en el arte del mosaico. En un principio se usaba para decorar las residencias más lujosas y los grandes locales públicos, como los templos, teatros o las termas. Pero con el tiempo fue gozando de mayor aceptación y se incorporó a los hogares; lo cual resulta comprensible dado que las casas romanas estaban poco amuebladas. Los mosaicos –a modo de cuadros y alfombras– constituían un buen recurso para personalizar el espacio, además de suponer un símbolo de estatus económico y social.

Esta relación entre riqueza y mosaicos se advierte con claridad en Hadrumetum (Susa, Túnez), una antigua ciudad fenicia que se convirtió en un importante centro comercial durante el Imperio. Como consecuencia visible de esta bonanza económica, las casas se dotaron de mosaicos a cada cual más sofisticado que hoy podemos apreciar en el maravilloso Museo Nacional de El Bardo. Aquí se conserva un laberinto proveniente de unas termas del asentamiento romano de Thuburbo Majus, datado del siglo II. En el centro muestra una escena, deteriorada, de Teseo a punto de cortarle la cabeza al Minotauro. La desnudez del ateniense era una manera de enfatizar su naturaleza heroica.

Laberinto del Museo de El Bardo (c. siglo IV). © StephenC

En la necrópolis de Hadrumetum había otro ejemplar. Era formidable pero fue destruido por unos saqueadores y hoy solo nos quedan antiguos dibujos. Era de planta rectangular y, en el centro, un Minotauro esperaba la inminente llegada de Teseo, cuyo barco estaba a la derecha. Una inscripción dejaba bien claro que aquel que se adentrase por el laberinto podía dar su vida por perdida (HIC INCLUSUS VITAM PERDIT).

Laberinto de la necrópolis de Hadrumetum según Amédée Gandolphe, en P. Glaucker, 1910.

El hombre Laberinto

Un mosaico complejo se realizaba por un grupo de artesanos, dirigidos por el pictor imaginarius, el encargado de diseñar el dibujo principal. Los artesanos viajaban por todo el Imperio según la demanda y aplicaban distintas técnicas en función de la complejidad del mosaico: opus sectile (encajando piedras de mármol a modo de taracea), opus vermiculatum (piedras muy pequeñas para trazados sinuosos o dibujos muy precisos), opus tessellatum (piedras o teselas rectangulares del mismo tamaño para temas geométricos o figurativos), etcétera.

Por sus colosales dimensiones y su hermosa realización, es de suponer que trabajaron unos cuantos artistas en el mosaico de la Casa de Teseo, en Nea Paphos (Chipre). En el centro, dentro de una cueva, Teseo acaba de derrotar al Minotauro, que estaba a la derecha, en un fragmento que no se ha conservado. Por encima, presencian el combate una hermosa dama que lleva una diadema y el nombre de Creta y a su lado otra mujer llamada Ariadna. El personaje más interesante es el anciano barbudo que se postra con los ojos cerrados a los pies del desnudo héroe. Por fortuna, el artista siguió la costumbre de especificar quién era cada cual, pues de lo contrario nunca habríamos sabido que el anciano se llamaba Laberinto, una personificación única en todas las representaciones del mito que nos han llegado.

La planta circular de este espectacular laberinto resulta insólita en el mundo romano, donde la gran mayoría son rectangulares. Esta predisposición por lo rectangular quizá se debiera a la mayor facilidad de realización que suponen las líneas rectas en un mosaico, aunque también puede haber influido que los romanos eran mucho más cuadriculados que los griegos, por lo menos en cuanto al urbanismo.

Laberinto de la casa de Teseo. © Wolfgang Sauber.

Frente a las ciudades griegas, una característica que todavía hoy puede advertirse en las ciudades de acuñación romana es su disposición siguiendo una retícula ortogonal, en cuyo centro confluyen dos grandes vías que cruzan la ciudad de parte a parte: el cardo con dirección norte-sur, y el decumanus, con dirección este-oeste. La ciudad quedaba así dividida en cuatro grandes secciones, al igual que sucede con la mayor parte de los laberintos romanos de planta rectangular.

El laberinto de Cumas

El último laberinto que vamos a conocer de este período es el más misterioso de todos: el antro de la Sibila cumana. Cuenta Virgilio en la Eneida que Dédalo se detuvo en Cumas, cerca de Nápoles, antes de llegar a Sicilia y allí construyó para Apolo un templo, en cuyas puertas talló un laberinto en memoria de su hijo Ícaro. Tiempo después marchó a vivir en una cueva del monte donde se erguía el templo la Sibila, una profetisa que gozó de gran prestigio en mundo romano.

El culto de las Sibilas surgió hacia el siglo VII a.C. en Grecia y desde allí se trasladó a Italia. Había varias Sibilas pero la más famosa era la cumana y sus Libros Sibilinos, en los que había predicho cuanto percance acaecería a los romanos. Según Virgilio, esta Sibila habitaba en lo más profundo de una gruta laberíntica con cien anchos corredores excavados en la roca, por los que retronaban sus profecías:

Y la Sibila llama a los troyanos al templo de la cumbre. El flanco ingente de la roca eubea está excavado en forma de caverna, a la que dan cien anchos corredores, cien bocas, de donde otras cien voces salen con sus respuestas sibilinas.

Hoy en día se puede visitar una extraña estructura cerca del yacimiento arqueológico de Cumas que podría haber sido la morada de la Sibila. Consiste en un largo corredor de unos 131 metros que conducía a una cámara en la que, tal vez, se encontraba el trono de la profetisa. Este corredor, formado por grandes losas siguiendo una estructura trapezoidal de unos 5 metros de alto, se ramifica en otras 9 galerías al oeste, seis de las cuales dan al exterior y otras tres están cerradas. Al este se abren tres ambientes rectangulares en forma de cruz.

Además de estos dos laberintos –el que grabó Dédalo en la puerta del templo de Apolo y, quizá, el antro de la Sibila– en Cumas tenemos otro tercer laberinto. Como hemos visto, el reino de los muertos está muy relacionado con los laberintos y, según Virgilio, la Sibila cumana era la custodia del inframundo, cuya entrada estaba en un negro bosque cerca del santuario. Allí se encamina Eneas para bajar al Infierno en busca de su difunto padre, el cual le explicará la creencia órfica en la reencarnación.

Entre los órficos, una corriente de pensamiento que cobró gran fuerza a partir del siglo VI a.C., se pensaba que las almas se reencarnaban, que volvían a ocupar un cuerpo vivo tras pasar un tiempo en el reino de los muertos. Pero no todas tenían esta fortuna. Aquellos que habían cometido horrendos crímenes terminaban en lo más profundo del Tártaro, un lugar al que también se caía si el alma se extraviaba en el laberinto del inframundo.

Por ello, para los órficos cobró gran importancia el conocimiento exacto del camino que se debía seguir en el más allá, así como las contraseñas que debían decirse a las distintas criaturas infernales que lo custodiaban (como El libro de los muertos egipcio). De esa manera, se aseguraban alcanzar los Campos Elíseos, antesala del regreso a la vida, gracias a este hilo de Ariadna.

En esta concepción órfica del más allá como laberinto se encuentra una sugerente explicación de los tres laberintos que confluyen en Cumas. Eneas baja al Inframundo porque debe morir su naturaleza troyana y renacer como romano. Al Infierno baja un príncipe y de los Campos Elíseos sube un rey, al igual que Teseo regresa coronado a su Atenas natal. Más adelante, cuando conozcamos el laberinto de Bomarzo volveremos sobre esta faceta iniciática del laberinto, pero ahora es el momento de sumergirnos en la Edad Media, un período donde el laberinto siguió un camino fascinante

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