Tannhäuser Cabaret

el tarot: 13. Los astros

Análisis de los triunfos de la Estrella, la Luna y el Sol durante el Renacimiento

el tarot: 13. Los astros

En el tarot hay tres triunfos relacionados entre sí que representan los astros. Son la Estrella, la Luna y el Sol. Su interpretación es compleja, ya que durante el siglo XV los filósofos italianos tendieron a entremezclar la astronomía con el neoplatonismo y otras corrientes de pensamiento muy sofisticadas que surgieron a raíz del pleno reencuentro con el mundo clásico. Dado que la astronomía ya estaba a su vez imbricada con el cristianismo, la confusión es considerable. Las alegorías viajan en todas direcciones en caminos de ida y vuelta. Se recurría a los dioses clásicos para expresar referencias cristianas que, al mismo tiempo, estaban siendo replanteadas a la luz de los textos clásicos que iban descubriendo. Es un proceso que Erwin Panofsky denominó pseudomorfosis, por el que «algunas figuras renacentistas fueron revestidas de un significado que, a pesar de su aspecto clásico, no había estado presente en sus prototipos clásicos, aunque hubiera estado presente en sus prototipos clásicos». Así, por ejemplo, el dios griego Apolo se puede emplear para representar a Cristo y la diosa Venus, la diosa del amor y el deseo, ¡a la virgen María!, dado que ambos representaban la máxima belleza, una idea que por influencia neoplatónica tendía a confundirse con la idea del bien. En palabras de Panofsky:

«Mientras el arte medieval se había apropiado de los motivos clásicos sin mucha reflexión, el Renacimiento trataba de justificar esta práctica con fundamentos teóricos; “los paganos atribuían la máxima belleza a su falso Dios Apolo” dice Durero, “de manera que la usaremos para Cristo Nuestro Señor que es el varón más bello; y de la misma forma que representaban a Venus como la mujer más bella le daremos castamente los mismos rasgos a la imagen de la Santa Virgen, madre de Dios”».

Avancemos por lo tanto con cautela por el enrevesado cosmos del tarot, donde se hace aún más necesario situar cada baraja en su contexto espaciotemporal preciso. En este sentido, para comprender mejor la iconografía de los triunfos cosmológicos de las primeras barajas del tarot, conviene recordar algunas ideas generales sobre la concepción del cosmos a mediados del siglo XV, en las postrimerías de una visión medieval sobre el Universo que pronto iba a cambiar tras los descubrimientos científicos del siglo XVI.

Las esferas del Universo

Por entonces aún predominaban las teorías astronómicas de la Antigüedad, como las que había desarrollado el filósofo neoplatónico Macrobio a principios del siglo V. Macrobio resumió parte de los descubrimientos astronómicos que se habían realizado hasta entonces en un pequeño tratado, Comentario al Sueño de Escipión, que presentaba la virtud de ser muy claro y ordenado. De hecho, resulta de tan fácil lectura que, probablemente, por eso despertó tanto entusiasmo durante el Medioevo, un período en el que, en el ámbito cristiano, era poco frecuente contar con la formación suficiente para profundizar en textos más complejos.

Esquema del Universo ptolemaico-aristotélico. Peter Apian, Cosmographia, Antwerp, 1524.
Esquema del Universo ptolemaico-aristotélico. Peter Apian, Cosmographia, Antwerp, 1524.

En este tratado, Macrobio explica que el Universo tiene una forma esférica y que está dividido en esferas concéntricas, definidas por la órbita de cada planeta, que van desde la Tierra hasta una esfera superior donde se encuentra lo divino. El orden, nombre y número de estas esferas se adaptó a lo largo del tiempo a los conocimientos e inquietudes de cada autor; pero en esencia, ya adaptada al cristianismo, esta creencia sostenía que en el centro del cosmos se encuentra la Tierra y luego seguían las esferas de la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno. En la octava esfera en orden ascendente se sitúan las estrellas, la cual se desplaza con gran lentitud, a diferencia de las esferas anteriores que se mueven con relativa rapidez. Estas ocho primeras esferas forman parte del cosmos material y son perceptibles por los sentidos. Por encima aún hay más, forman parte de lo divino y solo se pueden advertir por el pensamiento.

Como explicaba en 1410 Pierre d´Ailly en su Ymago Mundi:

«El mundo [el cosmos] es de forma esférica o redonda y ofrece gran variedad en sus diversas partes. En primer lugar, se compone de cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego; en segundo lugar, de nueve esferas: la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter, Saturno, el Firmamento y el primer Cielo móvil, más allá del que ciertos filósofos ponen un décimo Cielo inmóvil. Sobre ellas se dice que está la Esfera cristalina y después de todas la última Esfera, la Empírea, donde se halla la sede de Dios y la morada de los Santos».

Para no perdernos en detalles que no vienen al caso, de momento vamos a considerar que tras la octava esfera, la de las estrellas, vienen solo dos más de carácter divino. Una es el Primo mobile, una esfera con un movimiento vertiginoso insuflado por Dios, que es la que mueve todas las demás, y por encima la Prima Causa, que sería lo que en términos cristianos se conoce como el Cielo.

Los astros visconteos

La baraja más antigua donde se han conservado los tres astros es el tarot de Pierpont Morgan, pero se encuentran entre los triunfos añadidos, por lo que resulta complicado saber cuándo fueron realizados exactamente.

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En la Estrella se muestra una mujer sosteniendo una estrella de ocho puntas. Lleva un vestido azul, como el cielo, adornado con estrellas y se cubre con un manto rojo forrado con una tela verde, unos colores con los que solía representarse a la virgen María. Está pensativa y se lleva una mano al vientre, quizás como una señal de maternidad. Dado que esta baraja aún presenta muchos elementos culturales del cristianismo, resulta tentador asociar esta estrella con el astro más célebre de la cristiandad, la que guió a los reyes magos hasta Belén. De hecho, en la Estrella de la hoja de Rothschild aparecen tres reyes magos y en la baraja Etruria de minchiate del siglo XVIII, la más antigua que se conserva de este juego, el triunfo de la Estrella está representado por un rey mago siguiendo la estrella de Belén.

alegoría de la Virginidad en una edición del siglo XVII del tratado de iconografía de Cesare Ripa.
alegoría de la Virginidad en una edición del siglo XVII del tratado de iconografía de Cesare Ripa.

El triunfo de la Luna es muy similar al de la Estrella: una mujer de pelo rubio sosteniendo una luna menguante. En este caso no lleva ninguna capa y va descalza. Viste una especie de peplo rojo, decorado con franjas doradas, y por debajo un vestido largo de color azul. Bajo los pechos se ciñe el vestido con un pequeño cordel. En las montañas del fondo, a la derecha, se atisba una especie de torre recortada contra el horizonte. En una mano sostiene una cuerda blanca que parece salir del peplo. Gertrude Moackley sostenía que representaba un arco roto y en su conjunto el triunfo debía interpretarse como una representación de la diosa virginal Diana cazadora. Sin embargo, aunque el triunfo hace referencia a la virginidad, en realidad no parece que se trate de un arco. Marco Ponzi ha relacionado esta misteriosa cuerda con un hilo de lana que solía incluirse en las representaciones alegóricas de la virginidad. Así, por ejemplo, Cesare Ripa explicaba en su tratado de iconografía que esta alegoría: «se dibuja con una cinta de la manera que indicamos, porque era una costumbre antigua que las Vírgenes se ciñeran con una cinta en signo de Virginidad».

La figura principal del triunfo del Sol es un niño alado y desnudo que sostiene un sol con rostro humano. En el cuello lleva una gargantilla que Andrea Vitali relaciona con un talismán protector: «El niño está prácticamente desnudo y lleva en el cuello una gargantilla de coral en referencia al calor seco solar, pilar de la teoría de los humores. Cadenas idénticas se encuentran en el arte medieval y renacentista en el cuello o las muñecas de los niños como talismanes contra la peste». Es probable que el niño simbolice el espíritu, el genio, del Sol, siempre joven pues, como dice Boccaccio, «es como si naciera de nuevo cada día». La cara que vemos dentro del astro parece mostrar una antigua divinidad griega llamada Helios, el dios del Sol, que solía representarse como un joven de gran belleza con la cabeza rodeada de rayos. En este sentido, el disco que hay a los pies del niño quizás haga referencia a su carro, con el que salía todas las mañanas a recorrer el cielo —tirado por cuatro corceles divinos Pirois («ígneo»), Éoo («amanecer»), Aetón («resplandeciente») y Flegonte («ardiente»)—, aunque también podría representar una nube.

Los tres reyes magos

La lectura de estos tres triunfos en su conjunto parece formar alguna especie de mensaje. Repasemos las respectivas alegorías. En la Estrella se muestra la esperanza de un niño que está por nacer, sea Cristo o un mortal; en la Luna, una alegoría de la virginidad; y en el Sol, un niño que simboliza todo el vigor y poderío del astro rey. Este trío de ideas se puede interpretar en clave cristiana a pesar de la referencia al dios pagano Helios por un proceso de pseudomorfosis. ¿Pudiera ser que estuvieran haciendo referencia al hijo de Dios?

El triunfo de la Estrella en la hoja de Rothschild
El triunfo de la Estrella en la hoja de Rothschild

Dado que el triunfo siguiente es el Juicio, esta interpretación no resultaría descabellada. De hecho, los príncipes renacentistas sentían mucho interés por la leyenda de los tres reyes magos, ya que, como ha señalado Tim Parks, son el paradigma bíblico del poder y la riqueza al servicio del cristianismo. Eran la prueba innegable de que también los ricos entraban en el reino de los Cielos si poseían la suficiente devoción cristiana. No es casualidad, por ejemplo, que los Medici decidieran incluirse en el célebre fresco de Benozzo Gozzoli sobre la adoración de los reyes magos (1459/60). ¿Debemos interpretar los tres astros visconteos como una secuencia relacionada con los reyes magos?

Algunos detalles iconográficos se alejan del patrón habitual de las representaciones de la natividad, como el rostro de Helios en el Sol, pero también debemos tener en cuenta los tabúes de la época. En la Italia del siglo XV, no tenían reparos en incluir a los reyes magos en una baraja de cartas, pero pintar las imágenes de la virgen María o del niño Jesús hubiera provocado, cuanto menos, el linchamiento popular del desdichado artista. La Madonna fue y sigue siendo el vértice de la religiosidad italiana. Por lo tanto, tal vez, en estos tres triunfos nos estén mostrando de forma algo encubierta el nacimiento de Jesús. A favor de la hipótesis cuenta el hecho de que, durante un tiempo, la iglesia milanesa de san Eustorgio custodió las reliquias de los reyes magos y esta iglesia era precisamente una de las predilectas de los Visconti-Sforza. De confirmarse esta hipótesis, entonces podríamos relacionar las extrañas construcciones que se vislumbran en las montañas del fondo con alguna estructura de la leyenda, como una capilla que levantaron los reyes magos en el mítico Monte Vaus, donde descansaron durante dos años antes de volver a sus reinos.

Sin embargo, también cabe la posibilidad de que codificara un mensaje menos trascendental, si es que escondía alguno. Las alegorías sobre la castidad cobraban gran peso en las celebraciones triunfales de las bodas. Por ejemplo, como vimos, durante los festejos del matrimonio entre Camila de Aragón y Constanzo Sforza en 1475, el evento comenzó con la diosa Diana como símbolo de la virginidad recibiendo a Camila; y durante el gran banquete nupcial se desarrolló una escenificación presidida por el Sol y la Luna, donde se hizo hincapié en lo que más le interesaba a todos: la castidad de ella, el vigor de él, la futura felicidad de ambos y la gran cantidad de hijos poderosos e ilustres que tendrían.

No sabemos cuándo se realizaron los seis triunfos añadidos del tarot de Pierpont Morgan, entre los que se encuentran la Estrella, la Luna y el Sol. Quizás formaban parte de la baraja original y se reemplazaron copiando un modelo preexistente, tal vez se añadieron con posterioridad, como defiende Lothar Teikemeier. Sin embargo, si pudiéramos precisar la fecha y saber si guarda relación con algún matrimonio de la familia —como la boda entre Galeazzo Maria Sforza y Bona de Savoya en 1468—, podríamos relacionar estos triunfos con algún guiño a la esperada prosperidad de la pareja. Hasta entonces, poco más podemos aventurar al respecto.

Los astros del tarot de Ercole de Este

En el tarot de Ercole de Este también se encuentran los tres triunfos cosmológicos. La Estrella está representada por dos astrónomos observando un astro de ocho puntas. Los dos tienen un brazo levantado señalando el firmamento, pero cada uno en una dirección, lo que quizás pretenda denotar confusión. También en el triunfo de la Luna se hace referencia al estudio de los astros, pero en este caso sólo hay un personaje y está midiendo o dibujando algo con un compás, quizás las esferas cósmicas. Detrás de él hay una esfera armilar, un instrumento muy en boga durante el Renacimiento que servía para calcular el movimiento aparente de los astros en torno a la Tierra. Resulta curiosa esta redundancia de alegorías relacionadas con la observación de los astros. ¿Por qué pintaron dos veces un concepto similar?

Triunfos de la Estrella, la Luna y el Sol del tarot de Ercole d’Este.
Triunfos de la Estrella, la Luna y el Sol del tarot de Ercole d’Este.

Responder esta cuestión parece tarea quimérica, pero podemos aventurar la siguiente hipótesis de trabajo. Claudio Ptolomeo (c. 100-170) fue uno de los astrónomos más célebres de la Antigüedad y sus ensayos, sobre todo el Almagesto, eran referencia obligada entre los astrónomos más rigurosos del siglo XV. Por ejemplo, el astrónomo y matemático vienés Georg Peurbach comenzó una nueva traducción del Almagesto, terminada en 1463 por el también astrónomo y matemático Johann Müller Regiomontano bajo el auspicio del cardenal Basilio Bessarion. En la universidad de Boloña y más tarde en la de Ferrara, los cuatro años que duraban los estudios de astronomía culminaban con el estudio del Almagesto y el Tetrabiblos de Ptlolomeo. Como sigue sucediendo en la actualidad, por entonces apenas se tenían datos sobre la vida de Ptolomeo, pero se daba por cierto que había nacido en Alejandría, una ciudad egipcia que durante el Renacimiento se asociaba con las exóticas tierras del Islam. De ahí que fuera frecuente representarle con un compás y un astrolabio —símbolos de su saber astronómico— vistiendo con ropa oriental, tal y como aparece en el triunfo de la Luna del tarot de Ercole de Este.

Ptolomeo observando el firmamento. Grabado anónimo de la portada del libro La Geografia di Clavdio Tolomeo Alessandrino... Editado por Vincenzo Valgrisi en Venecia en 1565.
Ptolomeo observando el firmamento. Grabado anónimo de la portada del libro La Geografia di Clavdio Tolomeo Alessandrino... Editado por Vincenzo Valgrisi en Venecia en 1565.

Si en el triunfo de la Luna se está mostrando a Ptolomeo, entonces quizás podamos aventurar una hipótesis algo enrevesada. En el triunfo de la Luna hay dos astrónomos estudiando el curso de los astros. Uno de ellos viste de negro y está observando el firmamento. Con una mano alza un compás, mientras que con la otra ayuda a sujetar un libro. El otro astrónomo también tiene un compás y está anotando las mediciones en el libro. Viste una túnica roja a juego con el turbante con que se cubre la cabeza.

Según Lothar Teikemeier, este turbante permite identificarlo con Johann Müller Regiomontano, un astrónomo y matemático alemán que se caracterizaba por llevar siempre este peculiar tocado. Su relación con Florencia se produce por otro astrónomo, Paolo dal Pozzo Toscanelli, florentino de nacimiento, de quien Regiomontano se consideraba discípulo y amigo. Por lo tanto, según Teikemeier, podríamos suponer que los dos astrónomos del triunfo son Regiomontano y Toscanelli, cuyo trabajo científico estaba muy bien considerado en la Academia Neoplatónica de los Medici.

Volvamos al tarot estense. La figura que se encuentra a la izquierda de la Estrella del tarot de Ercole de Este lleva un tocado extraño que bien podría interpretarse como un turbante. De hecho, esta carta es muy parecida a la Luna de los Medici, sólo que en este caso los astrónomos no llevan instrumentos y están en posiciones opuestas. Si las dataciones de ambas barajas son correctas, y no olvidemos que se basan en hipótesis que aún necesitan mayor fundamentación, el tarot de los Medici fue realizado antes de 1465 y el estense en torno a 1473, tiempo suficiente para que los Este conocieran el diseño del triunfo de la Luna de sus rivales culturales de Florencia. Por lo tanto, tal vez en el tarot estense se esté haciendo alguna especie de broma privada sobre la baraja medicea. Los astrónomos de la Estrella, ¿los astrónomos florentinos?, miran confundidos el Cielo, sin instrumentos, pero Ptolomeo, con el que Ferrara podía identificarse, investiga de forma correcta la naturaleza de los astros. Soy consciente de la fragilidad de esta hipótesis, pero nada crece en el silencio.

El triunfo de la Luna del tarot de los Medici.
El triunfo de la Luna del tarot de los Medici.

El triunfo del Sol no parece guardar relación conceptual con los dos anteriores. En la escena hay dos personajes. Uno está sentado dentro de una gran tinaja y viste una túnica larga; el otro está enfrente y lleva una corona en la cabeza. La escena recoge una célebre anécdota de la vida de Diógenes el Cínico. Este filósofo griego vivió en Atenas en el siglo IV a.C. Entre otras ideas, sostenía que los seres humanos debían de ser libres, para lo cual convenía renunciar al interés por los bienes materiales, ya que terminan convirtiéndose en ataduras. Esto se tradujo en un comportamiento despreocupado que debió de resultar muy excéntrico para la época. Con el tiempo, le atribuyeron un sinfín de anécdotas que recopiló el historiador Diógenes Laercio en el siglo IV d.C. La imagen transmitida por Laercio fue la de un hombre que vivía en una gran tinaja y que decía a unos y otros todo lo que consideraba pertinente, incluso a los más poderosos. Como muestra, Laercio contaba que un día Diógenes estaba tomando el Sol en su tinaja cuando se acercó el rey Alejandro Magno y dijo que le pidiera lo que quisiera, a lo que Diógenes respondió que se apartara para no hacerle sombra.

Según Andrea Vitali, en este contexto, la escena se puede interpretar como la futilidad del conocimiento humano frente a la grandeza de Dios: «La imagen hace referencia a una enseñanza bíblica del Eclesiastés (1,12-17) y es que todo lo que sucede bajo el sol es vanidad, incluido el pensamiento de los sabios (2,12 -7)». Lothar Teikemeier, sin embargo, se decanta por relacionar la composición con un pasaje del Momo de Alberti, una obra que veremos en detalle más adelante, en el que se narra un viaje de Júpiter a la Tierra. El padre de los dioses ha decidido crear un nuevo mundo, pero antes quiere escuchar a los filósofos terrestres. Al descender termina en la Academia, donde moran todos los filósofos. Es de noche y todos van con un farol menos él. Júpiter tropieza con Diógenes, que está en su tinaja, y se produce un altercado. Este pasaje está relacionado con el enfrentamiento que mantienen dioses y seres humanos a lo largo de la obra, la cual interpreto como una defensa de la dignidad humana al margen del temor de Dios, y formalmente parece ajustarse a la iconografía de este triunfo. Sin embargo, ni con la interpretación de Vitali ni con la de Teikemeier termina de desvelarse el misterio de estas tres cartas, el cual se vuelve aún más tupido si tenemos en cuenta, no tanto lo que se muestra, sino lo que no se muestra.

Hacia 1417, durante el Concilio de Constanza, Poggio Bracciolini redescubrió un tratado de astrología escrito por el poeta latino Marcus Manilius en el siglo I. Este tratado, que suele conocerse como el Astronómicon, fue un auténtico best seller de la época, sobre todo a partir de 1473, cuando Regiomontano publicó la primera edición impresa en Núremberg, y contribuyó en gran medida a cimentar el gusto por la astrología. En Ferrara, la influencia de Manilius se advierte en el complejo programa iconográfico del salón de los meses del Palazzo Schifanoia. Los frescos fueron un encargo de Borso de Este y comenzaron a pintarse hacia 1469 por artistas de la escuela de Ferrara (Cosmè Tura, Francesco del Cossa y Ercole de Roberti). Aunque algunos se han perdido, en su origen constaban de doce paneles, cada uno de los cuales se dividía en tres franjas horizontales. En la superior se mostraba el triunfo de un dios grecolatino, como Minerva o Venus, en el centro un signo zodiacal con sus dos decanos y en la inferior alguna escena de la corte estense. De esta manera se reflejaba la influencia de las constelaciones zodiacales en tanto que intermediarias entre el macrocosmos al microcosmos. En síntesis, fue una gran inversión de ingenio y talento artístico para desarrollar un discurso donde se entretejían astros, triunfos y asuntos humanos.

Por lo tanto, si aceptamos que el tarot estense fue realizado en torno a 1473, cabe preguntarse ¿cómo es posible que en los triunfos cosmogónicos no atisbemos rastro alguno de Manilius ni del programa iconográfico del salón de los meses? Todo lo contrario, el triunfo del Sol parece indicar que el estudio de los astros es algo trivial, una vanidad, según Vitali, o una defensa de la supremacía del ser humano en el esquema cósmico si aceptamos su relación con el Momo de Alberti. En suma, es un pastiche de alegorías del todo desconcertante: otro enigma por resolver.

Fresco del Salone dei Mesi del salón de los meses del Palazzo Schifanoia.
Fresco del Salone dei Mesi del salón de los meses del Palazzo Schifanoia.

El río del olvido

En la hoja de Cary, el patrón iconográfico cambia totalmente. En la Estrella aparece una muchacha desnuda vertiendo agua en un río. Sobre ella hay una gran estrella flanqueada por dos pares de estrellas más pequeñas. Otra más se superpone con su hombro. De abajo arriba, en la Luna vemos una especie de crustáceo en el mar, luego un paisaje en cuyos extremos hay sendas torres y una luna con rostro humano. Del Sol tan sólo queda la mitad derecha, pero, por inferencia con el tarot de Vieville, Andrea Pollett supone que muestra, cuanto menos, un joven desnudo bajo el astro rey llevando una bandera.

A la izquierda, el triunfo del Sol en el tarot de Vielville, a la derecha, los tres astros de la hoja de Cary.
A la izquierda, el triunfo del Sol en el tarot de Vielville, a la derecha, los tres astros de la hoja de Cary.

Este es el patrón que siguieron las barajas de la familia marsellesa. En la Estrella, aparece la misma joven versando agua. Sólo se diferencia en el número de estrellas, que aumentan a ocho incluyendo la central, y que en algunas barajas se añade un pájaro negro a uno de los árboles del fondo. La diferencia más relevante del triunfo de la Luna es la incorporación de dos perros a la escena. Están uno enfrente del otro y parece que están aullando o devorando los rayos, los influjos, de la luna. El Sol es el triunfo que más se aleja de la hoja de Cary. Muestra dos jóvenes —en algunas barajas del mismo sexo, en otras un hombre y una mujer—, delante de un muro y bajo un sol espléndido.

Para entender el significado de estos triunfos debemos volver con los clásicos. La mayor parte de las teorías que expone Macrobio en su Comentario al sueño de Escipión derivan de la filosofía de Platón (c. 427 – 347 a.C.). En el Timeo, Platón describe la manera en que una entidad eterna e indivisible, que denomina Demiurgo, crea el Universo. Una de las cosas que hace el Demiurgo es insuflar un alma al cosmos. Para entender la naturaleza de esta alma cósmica, salvando las distancias, podemos pensar en lo que entendemos en la actualidad por energía, que es universal y que no se destruye sino que se transforma. Según Platón, es precisamente por el impulso del alma cósmica por lo que las esferas adquieren movimiento. Así, desde que fue creada por el Demiurgo, las esferas giran armoniosamente, de este a oeste la esfera de las estrellas y en dirección contraria las demás, menos la Tierra, que permanece inmóvil.

Esa alma hace que todo esté conectado, haciendo así del cosmos una especie de organismo vivo en el que el movimiento de cada parte influye en el resto. Para hacernos una idea, imaginemos un vaso de agua en el que flotan elementos con diferentes densidades. Uno es una bola de plomo, que por su peso está en el fondo, y otro es una bola de aceite, que flota en la superficie. Si la bola de plomo se pone en movimiento, éste se transmite a modo de ondas por el agua y afecta al aceite de la superficie. De esta manera, lo que acontece en las esferas superiores se va transmitiendo a través de esta malla sideral, el alma cósmica, hasta las inferiores, aunque a medida que va descendiendo va perdiendo intensidad.

Los triunfos de la Estrella, la Luna y el Sol del tarot de Nicholas Conver.
Los triunfos de la Estrella, la Luna y el Sol del tarot de Nicholas Conver.

El mito de Er

Además, Platón sostenía que el alma humana es inmortal, en tanto que participa de la misma naturaleza que el alma cósmica. Las almas residen en la esfera divina y cuando descienden a la Tierra se olvidan de su pasado por el trauma que supone pasar de la pureza incorpórea que tienen en esa esfera a la realidad material de los cuerpos. Al igual que sucede en el budismo y otras religiones orientales, tras la muerte, el destino de las almas depende del comportamiento del individuo. Si ha sido muy bueno, regresa a la esfera divina a participar de la bondad celestial; sin embargo, si se ha comportado de forma incorrecta, le toca reencarnarse en un cuerpo mortal.

Detalle del fol. 1r del MS M. 8 de la Morgan Library, un breviario francés realizado hacia 1511. El signo de Acuario solía representarse como un joven echando agua en un río. No sé aún si guarda alguna relación con nuestra doncella.
Detalle del fol. 1r del MS M. 8 de la Morgan Library, un breviario francés realizado hacia 1511. El signo de Acuario solía representarse como un joven echando agua en un río. No sé aún si guarda alguna relación con nuestra doncella.

Entre otros textos, Platón expuso su teoría de la transmigración de las almas contando un mito de su invención en un pasaje al final de la República. Según este mito, un soldado llamado Er el armenio murió en batalla, pero, cuando su alma llegó a la esfera divina, fue enviado de nuevo entre los vivos para que contara las cosas que allí sucedían. En el cielo, Er vio cómo algunas almas subían por una abertura, cargadas de impurezas terrestres, y otras, limpias, bajaban de nuevo a la tierra por otra abertura.

«Miró entonces cómo las almas, una vez juzgadas, pasaban por una de las aberturas del cielo y de la tierra, mientras por una de las otras dos subían desde debajo de la tierra almas llenas de suciedad y de polvo, en tanto por la restante descendían desde el cielo otras, limpias. Y las que llegaban parecían volver de un largo viaje; marchaban gozosas a acampar en el prado, como en un festival, y se saludaban entre sí cuantas se conocían, y las que venían de la tierra inquirían a las otras sobre lo que pasaba en el cielo, y las que procedían del cielo sobre lo que sucedía en la tierra; y hacían sus relatos unas a otras, unas con lamentos y quejidos, recordando cuantas cosas habían padecido y visto en su marcha bajo tierra —que duraba mil años—, mientras las procedentes del cielo narraban sus goces y espectáculos de inconmensurable belleza».

Una vez que contempló desde lo alto el armonioso giro de las esferas cósmicas, llevaron a Er hasta la planicie del Olvido, donde las almas se preparan para descender a la Tierra. Allí hay un río de cuyas aguas deben beber las almas para olvidar cuanto han visto en el cielo.

«Después de que pasaron también las demás almas, marcharon todos hacia la planicie del Olvido, a través de un calor terrible y sofocante. En efecto, la planicie estaba desierta de árboles y de cuanto crece de la tierra. Llegada la tarde, acamparon a la orilla del río de la Desatención, cuyas aguas ninguna vasija puede retenerlas. Todas las almas estaban obligadas a beber una medida de agua, pero a algunas no las preservaba su sabiduría de beber más allá de la medida, y así, tras beber, se olvidaban de todo. Luego se durmieron, y en medio de la noche hubo un trueno y un terremoto, y bruscamente las almas fueron lanzadas desde allí —unas a un lado, otras a otro— hacia arriba, como estrellas fugaces, para su nacimiento».

Este río de la Desatención, del Olvido, es el Leteo, Y es el río que, según Andrea Vitali, se muestra en el triunfo de la Estrella del tarot de Marsella, bajo un cielo en el que lucen ocho estrellas, una por cada esfera en la que está dividido el cosmos por debajo del Cielo. La muchacha que está vertiendo agua, probablemente, represente a la diosa Lete, que dio nombre al río.

De izquierda a derecha, los triunfos de la Estrella, la Luna y el Sol del tarot de París. En el primero vemos a un astrónomo, en el segundo a un enamorado tocando la serenata a su amada y en el tercero un mono mostrando un espejo a una mujer, composición esta última relacionada con la vanitas.
De izquierda a derecha, los triunfos de la Estrella, la Luna y el Sol del tarot de París. En el primero vemos a un astrónomo, en el segundo a un enamorado tocando la serenata a su amada y en el tercero un mono mostrando un espejo a una mujer, composición esta última relacionada con la vanitas.

Un cangrejo lunático

El triunfo marsellés de la Luna también está relacionado con las creencias astrológicas de la época y con la filosofía neoplatónica. En consonancia con el neoplatonismo, Macrobio pensaba que cada astro tenía su propia naturaleza, la cual venía determinada por el elemento predominante en su composición y, sobre todo, por el zodiaco, es decir, por las constelaciones de la bóveda celeste, la octava esfera, por las que pasa el Sol en su recorrido aparente en torno a la Tierra a lo largo de un año.

Además, Macrobio y otros filósofos neoplatónicos, como Porfirio, pensaban que, cuando el Universo había sido creado, los astros de cada esfera habían quedado ligados con las constelaciones del zodíaco según la posición que ocupaban en ese momento. Cada uno de los cinco planetas se vinculaba con dos constelaciones, mientras que las dos «luminares», el Sol y la Luna, se adscribían solo a una, con Leo y Cáncer, respectivamente.

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Posición de los astros en el momento de la creación del universo. Cada astro se vinculaba con la constelación en la que se encontraba en ese momento y, además, los cinco planetas se ligaban con una segunda constelación.

Ya vemos de dónde sale el crustáceo del triunfo marsellés, pues la constelación de cáncer se representa precisamente mediante un cangrejo. Como sucede con las demás constelaciones, los antiguos griegos contaban un mito para explicar cómo había llegado este animal hasta el firmamento. A Heracles le habían ordenado terminar con la Hidra de Lerna, una monstruosa serpiente de muchas cabezas que volvían a crecer cuando eran cercenadas. En mitad el combate, la diosa Hera, que odiaba a Heracles, mandó un cangrejo contra el héroe. El cangrejo le mordió en un pie y Heracles lo aplastó de una patada. En recompensa por sus servicios, Hera transformó al cangrejo en uno de los signos del zodíaco.

El significado de las torres que hay en los dos lados, sin embargo, resulta complicado de descifrar. Quizá, como señala Vitali, esté relacionado con la creencia neoplatónica de que la Luna representa la frontera entre la vida y la muerte, o lo que es igual, entre lo divino y lo material. Para los neoplatónicos, las esferas que van desde la Luna a la esfera divina participan de la naturaleza celestial de esta última. Aquí no hay aire, sino éter, que es una sustancia ligera y divina que constituye el quinto elemento. Sin embargo, todo lo que hay en la esfera sublunar es por completo material y perecedero, salvo las almas, cuya pureza ha quedado manchada por el descenso a la Tierra. Macrobio lo expone con claridad:

«Ahora bien, todos los cuerpos que se extienden desde lo alto hasta la Luna son sagrados, incorruptibles y divinos, puesto que en ellos está el éter, siempre inmutable, que nunca recibe la irregular perturbación del cambio. Debajo de la Luna se inician al mismo tiempo el aire y la naturaleza de lo variable, y tal como la Luna es la frontera entre el éter y el aire, así también es la frontera entre lo divino y lo perecedero».

Platón hablaba de dos aberturas por las que ascendían o descendían las almas cuando iban a «morir» a la Tierra o a «vivir» en el Cielo. Los neoplatónicos situaron estas puertas celestes en las constelaciones de Cáncer y Capricornio, es decir, en la Luna y el Sol. Así, por ejemplo, a finales del siglo III, el neoplatónico Porfirio afirmaba en El antro de las ninfas que:

«También los teólogos establecieron que Cáncer y Capricornio son las dos puertas del Cielo. Platón los llamaba “las dos aberturas”. Se dice que Cáncer es la puerta por la que bajan las almas y Capricornio por la que vuelven a ascender. Cáncer está al Norte y favorece el descenso, Capricornio está al Sur y favorece la ascensión, ya que las regiones septentrionales convienen a las almas que descienden a la generación».

Por lo tanto, se podría pensar que las dos torres de la carta simbolizan estas dos puertas celestes. La torre dorada sería el Sol, por donde ascienden las almas, y la azul, fría, la Luna, por donde descienden para encarnarse en un cuerpo mortal del mundo material. Esta oposición, a su vez, representa la unión armónica que supone la unión de contrarios. Como decía Porfirio:

«Uno de los puntos cardinales se encuentra por encima de la tierra y el otro por debajo; uno a Oriente y el otro a Occidente; existe la derecha y existe la izquierda; están la noche y el día. Así la armonía está compuesta de oposiciones y se verifica por medio de los contrarios».

Emblema de Alciato Ánimo impetuoso (CLXV) en una edición de Padua de 1621.
Emblema de Alciato Ánimo impetuoso (CLXV) en una edición de Padua de 1621.

Nos queda por resolver qué pueden significar los dos perros que aparecen en la carta. En general, los expertos suelen coincidir en que hacen referencia, sobre todo, a uno de los emblemas más populares de Alciato, el emblema CLXV. Ánimo impetuoso, en el cual se muestra un perro ladrando a la Luna. El texto explica que:

«De noche, el perro mira la cara de la Luna, como si fuera un espejo, y viéndose reflejado piensa que es otro perro que ladra: pero la voz vana se pierde en el viento y Diana [la Luna] prosigue insensible su curso».

Es decir, la Luna es tan noble que no se detiene a escuchar los ladridos de quien se piensa igual que ella, lo cual fue interpretado, en general, como la conveniencia de pasar de largo ante dimes, diretes y maledicencias fruto de la envidia. Vendría a ser el equivalente de la locución «a palabras necias, oídos sordos». Lo explicaba con claridad Diego de Saavedra Fajardo en su ensayo Idea de un príncipe político cristiano (1640): «Ladran los perros a la Luna, y ella con majestuoso desprecio prosigue el curso de su viaje: la primera regla del dominar es saber tolerar la envidia». A su vez, parece probable que Alciato se basara en la creencia generalizada de que los perros se alteraban cuando había Luna llena.

El hilo del alma

La representación del triunfo del Sol en los tarots de la familia marsellesa resulta desconcertante. El genio solar ha desaparecido y, en su lugar, vemos a dos jóvenes bajo un Sol radiante. La ausencia de más elementos iconográficos complica en gran medida su interpretación. En general, estos dos jóvenes se suelen asociar con la constelación de Géminis, pero Andrea Vitali sugiere que podrían guardar relación con la idea de las almas que renacen en la Tierra, aunque también considera la posibilidad de que, en realidad, se traten de Apolo y Dionisios (el Baco de los romanos) como símbolo de la eterna juventud solar. De momento, poco más podemos aventurar al respecto.

A la izquierda y en el centro, el triunfo del Sol en el tarot de los Medici y en la hoja de Rothschild; a la derecha, el triunfo de la Luna del tarot de Vieville.
A la izquierda y en el centro, el triunfo del Sol en el tarot de los Medici y en la hoja de Rothschild; a la derecha, el triunfo de la Luna del tarot de Vieville.

En el Sol del tarot de los Medici aparece una representación aún más extraña: una mujer sosteniendo un hilo. Esta misteriosa hilandera la volvemos a encontrar en el triunfo del Sol de la hoja de Rothschild y en el triunfo de la Luna del tarot de Vieville. Se ha sugerido que podría estar relacionada con la Eva bíblica, pero parece más razonable, dado el ambiente neoplatónico imperante en Florencia durante la segunda mitad del siglo XV, que haga referencia a las Moiras platónicas, tal y como señala Andrea Vitali.

Vincenzo Cartari, ilustración de Le imagini degli dei antichi de una edición de 1581, en la cual se muestran a las tres moiras empujando el huso de la Necesidad.
Vincenzo Cartari, ilustración de Le imagini degli dei antichi de una edición de 1581, en la cual se muestran a las tres moiras empujando el huso de la Necesidad.

En la antigua Grecia pensaban que la vida de los seres humanos pendía de un hilo, concretamente del que tejían tres hermanas llamadas Láquesis, Cloto y Atropo. Eran hijas de la Noche y personificaban el destino. Con el tiempo, los poetas las imaginaron como tres ancianas que fijaban la duración de la vida de los mortales. Cada vida era un hilo que una hermana hilaba, otra devanaba y la tercera cortaba poniendo fin a la existencia de la persona a la que correspondiese. Para describir el cosmos en el mito de Er, Platón recurrió a la imagen de un gran huso, una especie de palo alargado que sirve para hilar, en torno al que giraban torteras concéntricas, unos anillos gruesos de madera que se ponen como contrapeso en la parte inferior de los husos.

Además de resultar una imagen muy clara para la época, este huso cósmico le permitió establecer una analogía simbólica entre las Moiras y la Necesidad, es decir, aquello por lo que algo es o debe suceder obligatoriamente. El movimiento circular del cosmos se muestra así como algo necesario, que no puede ser de otra manera, pues son las propias Moiras quienes lo impulsan desde su trono celestial. A su vez, estas Moiras platónicas se relacionan con el tiempo, representando cada hermana un momento del mismo: pasado, presente y futuro. De esta manera, Platón venía a decir que, frente al demiurgo que permanece inalterable, como eterno es el Dios de los cristianos, el cosmos se ve obligado a moverse, a cambiar, en tanto que es afectado necesariamente por el tiempo. Y lo más interesante es que el mito de Er se narra en la República, el primer libro de Platón en ser recuperado para Occidente y una de sus obras más valoradas, por lo que la hipótesis de Vitali de que la hilandera del tarot simbolice una Moira platónica resulta muy sugerente.

Astrónomos, signos astrológicos y reyes magos fueron los principales patrones iconográficos de los triunfos cosmológicos de las barajas históricas. Aunque aún esconden muchos enigmas por resolver, por lo menos hemos armado un marco bibliográfico que puede orientar al lector cuando emprenda sus propias investigaciones.

Bibliografía

Escribí esto hace tiempo y he perdido las referencias bibliográficas... Algunas que tengo a mano por una razón u otra:

Azzolini, Monica. The Duke and the Stars: Astrology and Politics in Renaissance Milan. Harvard University Press, 2013.

Bertozzi, Marco. La tirannia degli astri: gli affreschi astrologici di Palazzo Schifanoia. Sillabe, 1999.

Cardini, Franco. Los Reyes Magos: historia y leyenda. Península, 2001.

Garin, Eugenio. Ermetismo del Rinascimento. Ed. Riuniti, 1988.

Malpangotto, Michela. Regiomontano e il rinnovamento del sapere matematico e astronomico nel Quattrocento. Cacucci, 2008.

Panofsky, Erwin. Estudios sobre iconología. Alianza, 2008.

Stuckrad von, Kocku. Storia dell'Astrologia. Mondadori, 2005.

Vitali, Andrea. Le Stelle. Le Tarot.

Vitali, Andrea. Le Luna. Le Tarot.

Vitali, Andrea. Il Sole. Le Tarot.

Otras referencias

Corpus hermeticum y Asclepio. Edición de Brian P. Copenhaver. Siruela, 2000.

Macrobio. Comentario al Sueño de Escipión. Siruela, 2008.

Platón. Timeo. Gredos, 2010.

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