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el tarot: 15. Las virtudes

Análisis de los triunfos de las Virtudes durante el Renacimiento

el tarot: 15. Las virtudes

En el tarot hay tres triunfos representando las virtudes cristianas: la Templanza, la Justicia y la Fortaleza. Antes de analizarás recordemos que, desde la Antigüedad, una de las grandes preocupaciones de la filosofía ha sido definir qué es la virtud, es decir, cuál debe ser la guía que conduzca el comportamiento humano. Al respecto, durante el Renacimiento aún estaba vigente el marco teórico que habían definido los grandes intelectuales cristianos, sobre todo las propuestas del filósofo italiano Tommaso D’Aquino (1224-1274). En el pensamiento cristiano las virtudes se dividen en dos grandes grupos. Uno comprende las llamadas virtudes cardinales (o principales), que son cuatro: la templanza, entendida como el dominio sobre los apetitos concupiscibles; la justicia, que nos lleva a comportarnos correctamente con los demás; la fortaleza, que es la capacidad de acción y resistencia, lo que hoy entenderíamos por voluntad; y la prudencia, es decir, el conocimiento de lo que es correcto. El segundo grupo incluye las virtudes teologales, que se diferencian de las anteriores porque se reciben directamente de Dios para conocer y amar a Dios. Estas virtudes son solo tres: la fe, la esperanza y la caridad. Vamos ahora con las cartas.

Tres virtudes insólitas

Del tarot de Cary Yale se han conservado cuatro virtudes, tres de ellas teologales, pero es probable que en un origen tuviera siete. La representación de la Fe se atiene a la tradición iconográfica sobre esta virtud. Es una mujer de porte majestuoso que en una mano sostiene un gran crucifijo y en la otra un cáliz, un vaso empleado durante la liturgia que hace referencia simbólica a la consagración de la sangre de Jesús durante la última cena. Como ocurre en los otros dos triunfos teologales, a sus pies se encuentra un personaje derrotado. En su día un rótulo sobre su corona decía de quién se trataba, pero el tiempo, inmisericorde con nuestra curiosidad, ha borrado casi todas las letras. Lo que ha sobrevivido es ilegible. Aún se distingue algo similar a «…ura…» o «…ma…», pero poco más. Dado que por el contexto el personaje debe ser un enemigo acérrimo de la fe cristiana, Ross Caldwell ha propuesto como hipótesis que podría tratarse de Mahoma y Lothar Teikemeier de Murad, un sultán otomano que estaba poniendo en jaque a la cristiandad, pero poco más podemos avanzar al respecto hasta que no se analice la carta con uno de esos artefactos modernos que lo reconstruyen todo bajo la luz de un láser.

Los triunfos de la Fe (izquierda) y la Esperanza (derecha) en el tarot de Cary Yale.
Los triunfos de la Fe (izquierda) y la Esperanza (derecha) en el tarot de Cary Yale.

El triunfo de la Esperanza está representado por una mujer orando. Como vimos, a sus pies se encuentra Judas como símbolo de la desesperanza, la mayor traición que se puede cometer contra Dios: negar su capacidad de perdón. El brazo de la mujer está atado a un ancla por el brazo. En la Enciclopedia Católica on line (ACI digital) se lee una buena explicación sobre este símbolo:

«El ancla, a causa de su gran importancia en la navegación, fue especialmente considerada desde la antigüedad como un símbolo de seguridad. Los cristianos, por esta razón, al adoptar el ancla como un símbolo de esperanza en una existencia futura, simplemente dieron una nueva y superior significado a un emblema que les era familiar.

»En la doctrina cristiana, la virtud de la esperanza ocupa un lugar de gran importancia, Cristo es la esperanza que nunca falla para aquellos que creen en Él. San Pedro, San Pablo y algunos otros de los primeros Padres lo expresaron en este sentido, pero es en la Epístola a los Hebreos donde se conecta por primera vez, la idea de esperanza con el símbolo del ancla. Las escrituras dicen que tenemos la “Esperanza” colocada delante de nosotros, “como un ancla del alma, firme y segura” (Hebreos 6,19-20). La esperanza de la que se habla aquí, no se relaciona a lo terrenal si no a cosas celestiales, y el ancla como símbolo cristiano, consecuentemente, se refiere solamente a la esperanza de la salvación».

En el triunfo de la Caridad también hay un personaje derrotado en la parte inferior de la carta. Si alguna vez existió un rótulo que nos permitiera identificarlo, hoy ya no se encuentra. Kaplan sospechaba que podía tratarse de Herodes, una hipótesis bastante razonable, aunque tampoco en este caso podemos estar seguros. La mujer lleva un objeto en la mano derecha que parece un cáliz y con la izquierda sostiene un niño que está mamando, signo de amor. Tiene un vestido rojo bajo la capa, al igual que las demás virtudes, símbolo de la sangre de Cristo, o al menos eso es lo que decía Cesare Ripa en su Iconología (1593):

«Caridad: mujer vestida con un hábito rojo que en la mano derecha tiene un corazón ardiente y con la izquierda abraza un niño. La Caridad es un hábito [en el sentido que le da Aquino, costumbre, manera de comportarse] de la voluntad infundido por Dios, por el cual le amamos a Él como nuestro último fin y al prójimo como a nosotros mismos […]. Y se representa con el corazón ardiente en la mano y con el niño en el brazo para mostrar que la Caridad es afecto puro y ardiente en el alma hacia Dios y las criaturas [humanas en la Tierra]».

Además de estos tres triunfos alegóricos de las virtudes teologales, en la baraja de Cary Yale también se conserva el triunfo de la Fortaleza, una de las cuatro virtudes cardinales. Es una mujer coronada abriendo las fauces de un león, una imagen que probablemente deriva del episodio de Sansón y el león de Tamna.

Los triunfos de la Caridad (izquierda) y la Fortaleza (derecha) del tarot de Cary Yale.
Los triunfos de la Caridad (izquierda) y la Fortaleza (derecha) del tarot de Cary Yale.

Dos hombres entre las virtudes

Las virtudes teologales desaparecieron de los siguientes tarots por alguna razón desconocida, quizás por la gravedad y trascendencia de su significado, y ya en tarot de Pierpont Morgan encontramos solo las tres virtudes cardinales que serán habituales: la Justicia, la Fortaleza y la Templanza. Desde una perspectiva iconográfica, lo más llamativo en esta baraja es la aparición de dos hombres infiltrados entre las virtudes. El primero se encuentra en la parte superior del triunfo de la Justicia, donde hay un personaje con una armadura negra cabalgando un brioso corcel blanco espada en mano. Se ha señalado que podría tratarse del arcángel san Miguel, heraldo de la justicia divina, pero también podría referirse a Francesco Sforza. En cualquier caso, no modificaría el sentido alegórico del naipe. Más curioso es el caso de la Fortaleza, donde la figura femenina fue sustituida por un hombre. No ya en el tarot, sino en el arte y la literatura en general, lo común es que las virtudes estén representadas por mujeres, por lo que este cambio de género resulta intrigante.

De izquierda a derecha, los triunfos de la Justicia, la Fortaleza y la Templanza del tarot de Pierpont Morgan.
De izquierda a derecha, los triunfos de la Justicia, la Fortaleza y la Templanza del tarot de Pierpont Morgan.

Por analogía con las demás barajas, la primera tentación es asociar este enigmático personaje con Sansón, pero hay un detalle que no cuadra con este héroe bíblico. En vez de luchar contra el león con las manos desnudas, armado tan solo con la «fuerza de Dios», empuña una clava de madera, un arma característica del héroe grecolatino Heracles. De hecho, en la descripción de Ripa de la virtud de la fortaleza leemos que se puede representar como «una mujer con una clava parecida a la de Heracles venciendo a un gran león». Y también el león forma parte de la leyenda de Heracles. En una ocasión se enfrentó a una bestia monstruosa, el León de Nemea, que tenía la piel tan dura que debió matarlo con sus propias manos. Sin embargo, si efectivamente se trata de Heracles, cabe preguntarse ¿cómo ha ido a parar este héroe clásico entre las virtudes?

Desde tiempos antiguos, Heracles ha sido el héroe por excelencia y durante el Medioevo y el Renacimiento simbolizó en más de una ocasión el papel de héroe virtuoso enfrentado al mal. Además, también debemos tener en cuenta que, durante la segunda mitad del siglo XV, en el norte de Italia imperaba una gran admiración por este héroe en consonancia con el creciente ensalzamiento de lo clásico. Baste pensar, por ejemplo, que Niccolò III d’Este llamó Ercole a uno de sus hijos, al igual que lo hizo tiempo después, en 1493, Ludovico Sforza con su primogénito, Maximiliano Ercole. En este sentido es destacable que el apellido Sforza significa literalmente «fuerza», por lo que no podemos descartar que fuera una manera de identificar a Francesco Sforza o a otro familiar con Heracles, con la virtud de la fortaleza entendida como la fuerza, tal y como ha señalado Ross Caldwell. Sin embargo, creo que también podría explicarse por otra razón más curiosa.

Las dos estatuas de Heracles que lucían sobre la puerta Margherita, demolida en 1910, se conservan hoy en la Loggia dei Mliti.
Las dos estatuas de Heracles que lucían sobre la puerta Margherita, demolida en 1910, se conservan hoy en la Loggia dei Mliti. © Gonzo.

El triunfo de la Fortaleza forma parte de las seis cartas que se añadieron a la baraja, ya fuera para reemplazar unas preexistentes que estaban deterioradas, ya fuera para adecuar una baraja de catorce triunfos al nuevo patrón de veintidós. Las catorce cartas originales, sin duda, salieron del taller de los hermanos Bembo en Cremona. De las otras seis ignoramos el autor, pero es evidente que no fueron pintadas por las mismas manos. Obsérvese, por ejemplo, el león de esta carta, que con esas zampas esmirriadas asemeja más a un grillo que a los majestuosos leones que pintó Bembo en el códice Palatino 556. Ahora bien, dado que en las seis cartas añadidas también aparece el acantilado en la parte inferior, un elemento pictórico original y único de este tarot, podemos sospechar que estas seis cartas también fueron realizadas en Cremona, la ciudad predilecta de Bianca Maria, la ciudad donde solía pasar las vacaciones, un período de ocio donde se juega especialmente a las cartas. Y Cremona estaba muy relacionada con Heracles.

A decir de la tradición local, la ciudad de Cremona había sido fundada por Heracles, tal y como se indicaba a quien entraba en la ciudad por la puerta Margherita, donde se alzaban dos estatuas dedicadas al héroe. Según la leyenda, tantas veces repetida por los cronistas, la zona estaba infestada de ladrones del tamaño de gigantes. Heracles los derrotó a todos y ayudó a los habitantes a fundar una nueva ciudad que recibió el nombre de Cremona Hercúlea. Por lo tanto, quizás en este triunfo se estuviera representando una manifestación de la fuerza de los Sforza, Bianca Maria incluida, y su relación con la ciudad de Cremona, equiparable a la del antiguo Heracles.

Sansón y el alce

Del tarot de los Medici se han conservado, al menos, las tres virtudes habituales del tarot. La Fortaleza aparece rompiendo una columna con las manos, una representación que también encontramos en otros tarots, como la hoja de Rosenwald. En una definición entre varias, Ripa decía que la fortaleza debía representarse como una «mujer armada y vestida de color leonado [anaranjado], color este que significa fortaleza por ser similar al del león, apoyada a una columna, porque es la parte más fuerte de un edificio y sostiene las demás». Sin embargo, aunque Ripa no dice nada al respecto, estoy de acuerdo con la interpretación de Andrea Vitali, quien relaciona la columna rota con el episodio de Sansón en el templo del dios Dagon (Jueces, 16). La historia es bien conocida. Sansón confiesa a su amante Dalila que el secreto de su fuerza prodigiosa es resultado de que nunca se ha cortado el pelo. Tras cortarle las siete trenzas mientras dormía, los filisteos capturan a Sansón, le sacan los ojos y le encierran en la cárcel, donde poco a poco vuelve a crecerle la melena. Un día le llevaron al templo de Dagon para mofarse de él y Sansón tiró las columnas que lo sostenían, asesinando así a todos los presentes en lo que podría considerarse uno de los primeros atentados suicidas contra la población civil de la historia.

Las tres virtudes del tarot de los Medici. De izquierda a derecha, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza. Tanto en este tarot como en las minchiate, la Fortaleza suele representarse con una columna, ya esté rompiéndola o sosteniéndola, lo cual quizás haga referencia en el primer caso a las columnas que tiró Sansón.
Las tres virtudes del tarot de los Medici. De izquierda a derecha, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza. Tanto en este tarot como en las minchiate, la Fortaleza suele representarse con una columna, ya esté rompiéndola o sosteniéndola, lo cual quizás haga referencia en el primer caso a las columnas que tiró Sansón.

En el triunfo de la Templanza vemos una de las representaciones habituales de esta alegoría: una mujer echando agua de un vaso a otro en el que hay vino. Desconozco el origen cierto de este arquetipo iconográfico, pero lo más probable es que estuviera inspirado en la antigua costumbre de los banquetes griegos de ir echando más o menos agua al vino de los comensales para que la conversación se mantuviera en su justo tono: animada por efecto del vino, pero sin tener el pensamiento obnubilado por la embriaguez.

¿Diana en el tarot de Alessandro Sforza?
¿Diana en el tarot de Alessandro Sforza?

Andrea Vitali también relaciona con la templanza una de las cartas más fascinantes que conozco, la mujer sentada en un ciervo de grandes astas del tarot de Alessandro Sforza. Aunque apenas se distingue ya, en la mano izquierda sostiene una jarra con la que está versando algo sobre la otra, que apoya sobre su sexo. ¿Sujetaba también en esta mano otra jarra? Imposible de saber a simple vista. La imagen de una mujer desnuda sobre un ciervo se puede relacionar con el mito de Diana y Acteón. La diosa virginal Diana fue sorprendida desnuda por un mortal llamado Acteón y como castigo lo transformó en un ciervo que terminó siendo cazado por sus propios perros. En el Renacimiento, este episodio se asociaba con la idea de castidad, por lo que cabe preguntarse si existe alguna relación entre la castidad, la templanza y el mito que pudiera haberse reflejado en este triunfo. Vitali sostiene que sí existía dado que:

«En la mitología, Diana es una diosa virginal: su rito constante es el gesto de sacar y verter agua, elemento de regeneración y purificación. Por esta razón, en Roma los templos de las vírgenes vestales se situaron en medio de bosques, cerca de fuentes que manaban de las rocas. Diana cumple su rito de purificación no para aplacar ardores eventuales, dado que la diosa es siempre virginal, sino derramando agua en su “agua” (su sexo como contenedor relacionado con los líquidos) poniendo en contacto las energías de las dos aguas, renovando así su pureza virginal. Basándose en este mito, la representación asume un significado moral: como Diana ha prevalecido sobre Acteón, símbolo de la tentación, y lo ha amansado, así el hombre debe domar sus propios instintos manteniéndose casto bebiendo del agua salvadora de la Templanza».

Sin embargo, aunque encuentro la hipótesis muy sugerente, creo que no podemos estar seguros por completo. De esta baraja apenas se conservan cuatro triunfos, ni siquiera sabemos con certeza a qué casa nobiliaria pertenecía, si a la rama de los Sforza que gobernaba en Pésaro o a los Este de Ferrara, por no hablar de las estrechas similitudes que guardan el triunfo del Tiempo y del Carro con la baraja de los Medici, por lo que no sabemos si esta representación atípica formaba parte de algún programa iconográfico más complejo que se hubiera desarrollado, por ejemplo, en ocasión de un matrimonio, donde la costumbre era ensalzar hasta la saciedad la castidad de la novia. Por lo tanto, antes de dar por buena esta hipótesis debemos seguir investigando.

Por último, indicar que la evolución iconográfica de las virtudes en Francia experimentó pocas variaciones. La Templanza suele tener unas alas detrás, señal de su naturaleza angelical, y mantiene las dos jarras características. La Fortaleza es de nuevo la mujer venciendo al león. Y la justicia se muestra sentada en un trono sosteniendo una balanza y una espada recta, signos ambos de imparcialidad y equidad.

De izquierda a derecha, los triunfos de la Justicia, la Fuerza y la Templanza del tarot de Jean Dodal.
De izquierda a derecha, los triunfos de la Justicia, la Fuerza y la Templanza del tarot de Jean Dodal.

Las virtudes y la muerte

Hay dos preguntas de difícil respuesta relacionadas con las virtudes. Primera: ¿por qué no se encuentran juntas en la escala jerárquica de los triunfos del tarot? Como hemos visto, los triunfos se agrupan por significados simbólicos. En la parte inferior se encuentran los representantes de la humanidad, los triunfos de la corte humana: la Papisa, la Emperatriz, el Emperador, el Papa y, en cierta manera, el Mago. Siguen las pasiones humanas: el Amor, el Carro (la Fama) y el apego por los bienes de Fortuna. A continuación viene un grupo relacionado con la inexorabilidad de la muerte y la condenación eterna que le aguarda a los pecadores: el Tiempo o Ermitaño, la Muerte, el Colgado, el Diablo y la Torre. Tras este grupo vienen los astros también juntos —la Estrella, la Luna y el Sol—, el par simbólico del Juicio y el Mundo y, por último, al margen de la jerarquía, el Loco. Entremedias, distribuidas por estos grupos se encuentran las tres virtudes, al menos en el patrón más extendido, el que sigue la familia de Marsella y el que se encuentra en muchas fuentes documentales de los siglos XV y XVI. Concretamente, lo más habitual era repartir las virtudes entre el grupo de las pasiones humanas, el de la muerte inexorable y el del mal—, pues la única virtud que, en algunas variantes, se situó en los segmentos superiores es la Justicia, justo al lado del Juicio, por la evidente relación simbólica entre ambos triunfos. Sin embargo, parece que hubiera sido más coherente mantener las virtudes agrupadas, al igual que ocurre con los demás triunfos de significados similares. De hecho, en la variante del tarocchino boloñés las virtudes están juntas entre el Carro y la Fortuna, al igual que sucede en las minchiate florentinas.

Una razón por la que las virtudes están distribuidas a lo largo de la escala jerárquica del tarot puede deberse a la posición de la Muerte. Por razones que se pierden en la noche de los tiempos, el número 13 siempre se ha considerado de mal agüero en la tradición occidental y, en todos los textos renacentistas donde se enumeran los triunfos, la posición decimotercera está ocupada por la Muerte. Como señalaba Dummett, por esta tradición se explican los cambios realizados en algunas variantes locales. La secuencia natural sería situar las tres virtudes juntas, ya sea por debajo o por encima de la Muerte, pero esto descolocaría este triunfo al llevarlo a la undécima o la decimocuarta posición. Una solución habría sido trasladar algun triunfo de los segmentos inferiores a los superiores, pero esto contravendría la lógica de la secuencia narrativa. ¿Qué sentido tendría, por ejemplo, colocar al Emperador o a la Fortuna entre los astros?

Por lo tanto, parece razonable pensar que las virtudes están repartidas para encajar la Muerte en la posición decimotercera sin necesidad de separar los otros grupos simbólicos. Ahora bien, si aceptamos esta hipótesis, entonces cabe preguntarse ¿por qué no supuso un problema distribuir las virtudes? Es decir, ¿por qué no resultaba igual de extraño desplazar aquí y allá la Templanza, la Fortaleza y la Justicia que haber desintegrado el grupo de la corte humana, las pasiones humanas, la inexorabilidad de la muerte, el mal, los astros o la Gloria eterna?

Virtudes guerreras

Para entender el papel de las virtudes es muy importante recordar que alcanzan su verdadero sentido en oposición a sus opuestos, los vicios, al menos tal y como se entendían durante el Medioevo y el Renacimiento. En general, algunos conceptos o ideas terminan de desarrollarse cuando se sitúan al lado de sus contrarios, como sucede con los ejércitos, que sin un enemigo con el que luchar pierden su esencia, su razón de ser, al igual que el verano se entiende mejor si lo comparamos con el invierno, el día con la noche, la riqueza con la pobreza, la salud con la enfermedad, etcétera. Desde un principio, las virtudes cristianas se presentaron como una herramienta del alma, del entendimiento, con la que luchar contra los vicios que ofrece el mundo terrenal. Son un ejército anímico que alcanza su sentido en el combate espiritual contra el pecado. Podemos encontrar un buen ejemplo sobre esta idea en la Psicomaquia de Prudencio, una obra muy popular durante la Edad Media, tal y como atestiguan las más de 300 copias manuscritas encontradas hasta la fecha.

La Paciencia derrota a la Ira (Lyon, Bibliotheque du Palais des Arts, Ms. 22).
La Paciencia derrota a la Ira (Lyon, Bibliotheque du Palais des Arts, Ms. 22).

Se estima que Prudencio escribió la Psicomaquia, que se puede traducir como «la batalla del alma», hacia el año 405, cuando ya se había retirado a un monasterio después de abandonar una larga carrera como funcionario imperial. Es un largo poema de carácter alegórico en el que un ejército compuesto por las virtudes se enfrenta a otro formado por los vicios o, mejor dicho, las «viciosidades», dado que también son alegorías femeninas. Como si fueran héroes de la Ilíada, virtudes y viciosidades se enfrentan por pares opuestos una contra la otra en combates singulares en los que siempre sale triunfando el bien. Es decir, no es una guerra indiscriminada entre el bien y el mal, sino una sucesión de pares en tensión dialéctica. Así, por ejemplo, si la tentación está abanderada por la lujuria, el antídoto es la sobriedad; contra la paganidad se enfrenta la fe y son la humildad y la esperanza quienes se enfrentan contra la fraudulencia y la hinchada soberbia.

Por mencionar otro ejemplo más entre varios de esta concepción de las virtudes en oposición a los vicios, podemos ver la capilla de los Scrovegni, en Padua, donde Giotto desarrolló en 1305 un programa pictórico muy complejo relacionado con la salvación. En la parte inferior de la capilla, debajo de diversas escenas bíblicas, se encuentran siete virtudes enfrentadas a siete vicios en paredes opuestas. En el bando de las virtudes se encuentran la prudencia, la fortaleza, la templanza, la justicia, la fe, la caridad y la esperanza; entre los vicios, la desesperanza, la envidia, la infidelidad, la injusticia, la ira, la inconstancia y la locura. La lógica de la composición es la misma de la Psicomaquia, las virtudes están oposición a los vicios y es en esta tensión continua, en esta batalla espiritual, donde alcanzan su plena razón de ser. La virtud sucede al vicio como el día a la noche, como las estaciones cálidas a las frías, como la paz a la guerra: son los dos polos opuestos del alma humana.

Detalle de los frisos de las virtudes y los vicios de la capilla de los Scrovegni. De izquierda a derecha: la virtud de la fortaleza, el vicio de la injusticia y la virtud de la fe.
Detalle de los frisos de las virtudes y los vicios de la capilla de los Scrovegni. De izquierda a derecha: la virtud de la fortaleza, el vicio de la injusticia y la virtud de la fe.

Esta es la razón, sospecho, por la que sí se pueden distribuir las virtudes a lo largo de la escala jerárquica del tarot o, mejor dicho, entre los segmentos inferiores relacionados con el pecado. Son atalayas en medio de un campo de batalla donde el alma humana está luchando contra el mal para no terminar en el Infierno (el Diablo y la Torre) y comenzar así su ascenso al cielo (los astros y el par formado por el Juicio y el Mundo). Son la quinta columna del bien en el territorio del mal. Son, en suma, faros en un mar embravecido y los faros se disponen repartidos por la costa, allí donde se corre peligro de naufragar.

Se busca una virtud

Es probable que el lector ya se haya planteado el segundo gran problema que presentan las virtudes. En las variantes más extendidas del tarot, se encuentran la Templanza, la Fortaleza y la Justicia, entonces, ¿cómo es que no está también la Prudencia? Después de unos mil años hablando de las cuatro virtudes cardinales, resulta muy extraño que en un juego tan rico de significados y alegorías de repente las redujeran a tres, tal y como ya advirtiera Dummett en su día.

Lothar Teikemeier se percató de un detalle muy curioso que puede revelar dónde se encuentra la Prudencia en el tarot de los Medici. Las tres virtudes de esta baraja tienen un halo poligonal en la cabeza, signo de su naturaleza celestial. Este elemento iconográfico no es nuevo en Florencia; también lo encontramos, por ejemplo, en las siete virtudes realizadas por Andrea Pisano en la puerta de bronce del baptisterio de san Giovanni entre 1330 y 1336. En el triunfo del Mundo de esta baraja, sobre una esfera en la que está representada la Tierra, hay una figura femenina vestida de rojo con la cabeza adornada por un halo poligonal. Por lo tanto, según Teikemeier, esta figura podría tratarse de la Prudencia, la virtud desaparecida. En contra de esta hipótesis puede argumentarse que la figura femenina que hay en el Mundo no tiene ninguno de los elementos iconográficos habituales de la Prudencia: el espejo, que denota el conocimiento de uno mismo, y la serpiente, una alegoría que deriva de un pasaje bíblico en el que Jesús advierte a los apóstoles «he aquí que yo os envío como ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas» (Mateo 10: 16). En vez de estos símbolos lleva una bola y un cetro, un par iconográfico para significar la soberanía sobre el mundo.

Ahora bien, la quintaesencia de la política de los Medici en tiempos de Cosimo, Piero y Lorenzo era precisamente gobernar Florencia desde la sombra con la mayor prudencia posible, manteniendo en apariencia la independencia de las instituciones de la República y sin ocupar formalmente cargo alguno, entendiendo en este caso prudencia en su sentido lato como actitud cautelosa. Una vez, por ejemplo, un empleado le preguntó a Cosimo cómo debía comportarse durante una misión diplomática: —«Viste de forma elegante y habla lo menos posible. Es un estilo que permite ser brillantes sin revelar demasiado. Fiarse de alguno significa convertirse en su esclavo»—, respondió Cosimo (En Parks, 2008: 56). Por lo tanto, ni resulta extraño que los Medici hubieran situado la prudencia en la cúspide de la jerarquía de los triunfos del tarot, ni que con ello codificaran un mensaje sobre la necesidad de ser prudentes para gobernar el mundo.

A la izquierda, detalle de las tres virtudes del tarot de los Medici. En el centro, un detalle del triunfo del Mundo en esta misma baraja. A la derecha, un panel de la puerta del baptisterio de san Giovanni, en Florencia, representando la Prudencia (Andrea Pisano, 1330-1336).
A la izquierda, detalle de las tres virtudes del tarot de los Medici. En el centro, un detalle del triunfo del Mundo en esta misma baraja. A la derecha, un panel de la puerta del baptisterio de san Giovanni, en Florencia, representando la Prudencia (Andrea Pisano, 1330-1336).

Sin embargo, el caso del tarot de los Medici parece excepcional. En las demás barajas resulta complicado interpretar las figuras que hay en el triunfo del Mundo, si es que las hay, como una alegoría de la Prudencia, salvo en el caso del tarot de Alessandro Sforza, claramente inspirado en el tarot mediceo. Si acaso, quizás podríamos tener alguna sospecha con la figura del Mundo del tarot de Cary Yale, pero, como veremos, parece guardar antes relación con la fama que con la prudencia. Y esto nos deja de nuevo frente a esta complicada cuestión, ¿por qué no se encuentra la prudencia con las otras tres virtudes cardinales?

Una vez más, debemos embarcarnos en el navío de las conjeturas, arriesgado pero al menos en movimiento. Curiosamente, en las minchiate sí que existen las virtudes teologales, tal y como sucedía con la baraja de Cary Yale, y lo que resulta aún más sorprendente es que la Prudencia está incluida entre ellas y ni siquiera antes o después del trío, sino entremedias:

16 – Esperanza,
17 – Prudencia,
18 – Fe,
19 – Caridad.

La virtud de la prudencia en un oleo sobre tabla por los hermanos Pollaiolo (probablemente Antonio) realizado en 1469 como parte de un conjunto de siete pinturas sobre las virtudes que debían lucir sobre los asientos del Tribunale della Mercanzia, centro neurálgico del comercio florentino.
La virtud de la prudencia en un oleo sobre tabla por los hermanos Pollaiolo (probablemente Antonio) realizado en 1469 como parte de un conjunto de siete pinturas sobre las virtudes que debían lucir sobre los asientos del Tribunale della Mercanzia, centro neurálgico del comercio florentino.

Esto solo puede significar que, por alguna razón que desconozco, el inventor de las minchiate consideraba que la prudencia era una virtud teologal, lo cual no resulta tan extraño si tenemos en cuenta el entusiasmo por Platón que se estaba despertando durante la segunda mitad del siglo XV. Tal y como se describe en la República, un ensayo platónico conocido en Italia desde principios del siglo XV por la traducción al latín de Decembrio padre, la prudencia es la virtud principal, la gobernante del alma gracias a su conocimiento de qué es el bien. De hecho, para Aquino era una virtud especial dentro de las cardinales, ya que no se encontraba en la parte concupiscible del alma, la que nos hace sentir deseos por los bienes materiales, ni en la irascible, la que nos lleva a tratar de satisfacer esos deseos, sino en la parte más elevada, en la razón:

«En la elección hay dos cosas, a saber, la intención del fin, que pertenece a la virtud moral, y la selección de los medios para el fin, lo cual pertenece a la prudencia, como se dice en el libro VI de la ética de Aristóteles. Ahora bien, el que la elección proceda con recta intención del fin respecto de las pasiones del alma, se debe a la buena disposición del apetito irascible y del apetito concupiscible. Por eso, las virtudes morales respecto de las pasiones se dan en el apetito irascible y en el apetito concupiscible; pero la prudencia se da en la razón».

Así, podemos sospechar que existía una creencia popular, al margen de los textos filosóficos, en la que la Prudencia, relacionada con la dirección del alma, se considerase una virtud telogal. Como me comentaba el profesor de teología Tomás Trigo, «como la existencia de las tres virtudes teologales no fue claramente definida hasta el Concilio de Trento, es posible que algunos autores anteriores considerasen la prudencia como teologal». Si mi conjetura, que no merece el apelativo de hipótesis, fuera correcta, entonces la desaparición de la prudencia resultaría mucho más comprensible.

Las virtudes cardinales pueden formar parte de un juego, de una chanza, pero las teologales son un asunto más serio. Constituyen uno de los pilares de la doctrina católica, de la fe cristiana. Por lo tanto, si las virtudes teologales no formaban parte del tarot por la trascendencia de su significado, salvo el caso excepcional de la baraja de Cary Yale, resulta lógico que también excluyeran la prudencia si se consideraba en cierta manera una virtud teologal. Aparte de esta explicación insuficiente, poco más puedo aventurar al respecto.

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