Tannhäuser Cabaret

Humbaba y el Minotauro

¿Existe alguna relación entre el monstruo Humbaba y el Minotauro?

Humbaba y el Minotauro

En una comunidad que hemos estamos creando Daniel Tubau y yo en google+ sobre mitología, en la que está invitado todo el mundo con interés por la materia, Dani subió una ilustración estupenda de Ana Aranda Vasserot sobre Gilgamesh y el Toro Celeste.

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—Una ilustración deliciosa esta de Teseo y el Minotauro 😛 —escribí yo a continuación.

A lo que Daniel respondió:

—Eso nos llevaría a que el bosque de los cedros es el laberinto?

Como la respuesta a esta pregunta es algo extensa, la hago aquí copiando lo que escribí en El Laberinto, historia y mito.

El laberinto del bosque de los cedros

Gilgamesh era un héroe de la mitología mesopotámica que realizó grandes hazañas en compañía de su amigo Enkidú, el cual vivía entre bestias salvajes hasta que Gilgamesh le convenció de las bondades de la civilización haciéndole pasar siete días con siete noches en compañía de una alegre prostituta sagrada llamada Shámhat. Entre sus aventuras destaca una expedición a un frondoso bosque de cedros, en el Líbano, donde vivía Humbaba, un demonio aterrador que se protegía tras siete corazas mágicas. A pesar de su fuerza descomunal, los dos amigos consiguieron encontrarle y le derrotaron tras una dura batalla en el corazón del bosque.

Máscara del demonio Humbaba (c. 1800-1600 a.C.). Britihs Museum, Londres. En esta representación de Humbaba procedente de Sippar (al sur del actual Irak), se aprecia con claridad su rostro envuelto en intestinos de trazado laberíntico.

Máscara del demonio Humbaba (c. 1800-1600 a.C.). Britihs Museum, Londres. En esta representación de Humbaba procedente de Sippar (al sur del actual Irak), se aprecia con claridad su rostro envuelto en intestinos de trazado laberíntico.

En este episodio, algunos autores han querido ver cierta relación con el laberinto que recorre Teseo para luchar contra el Minotauro; así, por ejemplo, Santarcangeli señala que:

«La prefiguración literaria del laberinto en Babilonia la hemos ilustrado antes con algunos pasajes de la epopeya de Gilgamesh, donde hallábamos todos los componentes esenciales del compuesto mítico: la peregrinación impedida, el errar hacia la región de la muerte, la lucha con el monstruo, el descenso a las aguas subterráneas y a la caverna, el toro y sus cuernos, la doncella encarcelada, etcétera. El bosque encantado, con sus «escaleras secretas» y sus «pasillos cerrados», equivale al laberinto en que habita el Minotauro-Humbaba».

Y lo cierto es que los bosques tienen algo laberíntico, como nos recuerda un cuento que los hermanos Grimm adaptaron del folclore germano.

Hansel y Gretel, desdichadas criaturas, eran dos niños que vivían en una familia tan pobre que los padres decidieron abandonarlos en el bosque con la esperanza de que asilvestrados les fuera mejor.

El primer intento les salió mal. Por el camino, Hansel dejó un reguero de blancas piedras que, cual hilo de Ariadna, les permitió encontrar el regreso a casa. A la segunda vez, los padres sí consiguieron perderles en el bosque gracias a que unos pájaros se zamparon las migas de pan que usó el avispado muchacho en esta ocasión (de nuevo un ave relacionada con el laberinto). Tras pasar la noche en el bosque, los niños llegaron a una casa hecha de dulces, chocolate y golosinas y, famélicos como estaban, se dieron un opíparo banquete.

En aquella casa vivía una malvada bruja y los niños habían caído en su trampa. La bruja encerró a Hansel en una jaula y puso a Gretel a trabajar como una esclava (lo cual recuerda a la extendida creencia mediterránea de que si un vivo probaba alguna vianda del reino de los muertos, el laberinto, como le pasó a Perséfone, perdía ya toda posibilidad de regresar entre los vivos).

Pasadas unas terribles semanas, Gretel mató a la bruja gracias a un ardid (de nuevo una mujer es la que resuelve la situación usando la inteligencia en vez de la fuerza bruta) y los niños regresaron a casa con muchas riquezas, lo cual también entronca con la antigua percepción del inframundo como un lugar en el que se atesoran grandes bienes a la espera de quien se atreva a ir a buscarlos.

Tal vez el lector piense que no se puede comparar un mito con un cuento, pero el propio mito de Teseo y el Minotauro también se narraba en ocasiones como un cuento para niños, o por lo menos eso es lo que decía un autor clásico llamado Filóstrato el Viejo:

«Teseo se portó mal con Ariadna –algunos, sin embargo, dicen que fue a instancias de Dionisio-, dejándola dormida en la isla de Día [Naxos]: seguro que se lo habrás oído contar a tu nodriza, pues las nodrizas son sabias en este tipo de historias y pueden incluso llorar mientras la cuentan, si así lo desean».

De hecho, una de las claves para comprender la persistencia del mito es lo bien que funciona como cuento infantil. Como nos explica Bruno Bettelheim en un ensayo muy ameno, Psicoanálisis de los cuentos de hadas, los niños disfrutan mucho con las historias donde un monstruo terrible cae derrotado por un truco ingenioso, ya que esto les demuestra que también ellos pueden vencer a sus innumerables monstruos con el único recurso a su alcance, el ingenio, es decir, las piedras blancas, el ardid de Gretel para que la bruja termine en el horno, el hilo de Ariadna, las alas de Dédalo.

Gilgamesh en el Infierno

Curiosamente, al igual que Teseo, Gilgamesh también bajó en una ocasión al Infierno. Tras vencer al Minotauro-Humbaba, Gilgamesh y Enkidú regresaron a la ciudad de Uruk y se enfrentaron ¡a un toro divino! Lo derrotaron y como castigo los dioses enviaron a una espantosa criatura, un híbrido de pájaro y león, a que matara a Enkidú. Así lo soñó el amigo de Gilgamesh:

«Prisionero, me condujo a las tinieblas, a la Mansión Irkallu [el Infierno]; a la casa que tiene entrada pero no salida; al camino que tiene ida pero no retorno; a la casa cuyos habitantes están privados de luz, cuyo alimento es polvo, cuyo pan es barro; [con los que van] vestidos como pájaros, con vestidos de plumas y que, sin ver la luz, viven en tinieblas».

Entristecido por la muerte de su amigo, Gilgamesh marcha entonces al Infierno, pero fracasa en el intento. Al igual que Piritoo, el compañero de Teseo se pierde en el reino de los muertos, Gilgamesh no consigue rescatar a su amigo. A cambio obtiene la planta de la eterna juventud, pero la pierde poco después cuando se la roba una serpiente. En suma, otra coincidiencia que, si no es significativa, cuanto menos resulta curiosa.

En conclusión, por lo menos en el último período de la cultura micénica –entre el 1300 y el 1200 a.C.– ya se conocía el laberinto, el cual es muy probable que formara parte de un antiguo ritual relacionado con la fertilidad y la primavera. También contamos con pruebas suficientes para pensar que los herreros –reflejados en la figura mítica de Dédalo– estaban vinculados con el mito del laberinto. De hecho, quizá podrían haber desempeñado un importante papel en su difusión por el resto de Europa, aunque debemos esperar a que los arqueólogos encuentren más laberintos prehistóricos y fechen con seguridad los ejemplares descubiertos para confirmar esta hipótesis.

Además, hemos visto que en los dos ámbitos culturales más antiguos del Mediterráneo, Egipto y Mesopotamia, hay algunos antecedentes laberínticos. En Mesopotamia hemos conocido a Gilgamesh y Humbaba que remedan a Teseo y el Minotauro; y en Egipto, además de un laberinto arquitectónico, el templo de Hawara, hemos visto un reino de los muertos que evoca las dificultades de un laberinto.

Por el camino han quedado algunas cuestiones sin resolver, pero debemos proseguir el viaje para saber qué sucedió con el laberinto una vez que los romanos tomaron el timón de la historia.

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