Tannhäuser Cabaret

p. balcánica 8: Skopie

Penúltima etapa del viaje por la península Balcánica, Skopie, una ciudad en busca de su identidad

p. balcánica 8: Skopie

El viaje por la península Balcánica continuó por Skopie, la capital de Macedonia del Norte, adonde llegué desde Ohrid en autobús por un camino muy bonito que pasa cerca de la reserva natural de Mavrovo. De haber tenido más tiempo, me habría gustado dedicarle un par de días, que debe ser impresionante.

Llegué a Skopie antes del mediodía, dejé la mochila y salí a conocer la ciudad que, con unos 700.000 habitantes, concentra un cuarto de la población del país. Su historia se remonta a la antigüedad, al siglo III a.C., cuando fue fundada por los dardanios, y su historia ha estado marcada por las sucesivas conquistas del pack estándar del territorio, es decir, búlgaros, serbios y otomanos.

En 1961 fue devastada por un terremoto tremendo que, además de provocar centenares de muertos, se llevó por delante muchos de los edificios y monumentos históricos y la obsesión comunista por el hormigón y el brutalismo terminaron de rematar el legado cultural.

Dos zonas

Skopie está dividida por el río Vardar, que separa la parte norte, donde se encuentra la minoría musulmana, de la sur, cristiana y de corte europeo.

La parte musulmana es muy chula, sobre todo la zona del gran bazar, que es como un bazar árabe, pero domesticado, aunque se va asilvestrando a medida que te alejas del centro.

Hay varias mezquitas de diversas épocas. La más antigua es la de Mustafá Pasha, que solo pude ver por fuera porque ya estaba cerrada cuando llegué.
Pero el sitio que más me gustó es la galería de arte contemporáneo, que está en un antiguo hammam del siglo XV restaurado, donde descubrí artistas muy interesantes como Vangel Naumovski o Reshat Ameti. Fantásticos.

En cuanto cruzas el río comienza la parte cristiana, que es de estilo soviético a la que te alejas del centro, es decir, edificios feotes y grandes avenidas.

En cambio la plaza principal y alrededores, en el centro, son peculiares. Por aquí y allá se alzan edificios modernos de aires neoclásicos.

Y por todos los lados hay estatuas de todos los motivos y tamaños y es que, desde 2014, el gobierno está obsesionado por llenar la ciudad de estatuas. Es un proyecto controvertido, ya que se está gastando millones de euros en un país con unas tasas de desempleo altísimas, pero quizá les sirva para traer más turistas en el futuro.

Un pasado nebuloso

Hay dos estatuas que generan polémica. Una representa a Skanderberg, el héroe más importante de los albaneses, que están mosqueados por si los macedonios se apropian de sus iconos nacionales. (El tema es algo más complejo y aburrido).

Un héroe albanés por Skopie

Y la otra es una mole de 40 toneladas representando a Alejandro Magno.

Es una bestia de bronce de 24 metros de altura que está relacionada con un problema de identidad nacional algo enrevesado. Me explico, pero me tendré que enrollar, que el tema es complicado.

Decía Edward Hallet Carr que la historia es un diálogo del presente con el pasado que, entre otras cosas, revela los intereses de cada momento. Así por ejemplo, durante la guerra fría se publicaron un montón de estudios, a cada cual más turra, sobre historia económica porque el marxismo era muy respetado entre los historiadores.

El tema se complica cuando además entra en juego la identidad nacional, ya que el rigor histórico poco puede hacer contra la bestia nacionalista. Es el caso, por ejemplo, de esa tendencia que aflora de vez en cuando en México por idealizar a los aztecas, seres de luz, y pensar que todos sus males, incluido el narcotráfico, derivan directamente de las canalladas de Cortés; o de la historiografía nacionalista catalana que defiende la pureza de una tradición milenaria que se remonta sin mácula foránea alguna hasta el arcángel San Gabriel, que era catalán. Y quizás también es el caso de los macedonios.

Como es sabido, Macedonia fue uno de los estados que surgieron de la desintegración de la antigua Yugoslavia en 1991. Los macedonios tuvieron suerte y escaparon de la apisonadora serbia, que estaba ocupada practicando un genocidio contra los bosnios, pero les entró una crisis de identidad nacional al preguntarse quiénes iban a ser ahora.

Hay pueblos de pasado glamuroso a los que le resulta muy sencillo fardar de su historia. Los países escandinavos, por ejemplo, tienen a los aguerridos vikingos, los italianos el Renacimiento y la Roma clásica, los franceses a Carlomagno y la Ilustración, los turcos el imperio otomano… Pero, ¿qué tenían los macedonios?

Claro está, los serbios y todo lo que oliera a Yugoslavia se les hacía bola. Antes habían formado parte del imperio otomano y, además, durante 4 siglos, pero con los turcos no querían saber nada. Siempre hacia atrás en la historia, tenían a los búlgaros, qué además fue momentazo con sus iglesias y sus monjes eruditos, pero eso los relacionaba con Bulgaria y querían ser como más ellos mismos. Quedaba el imperio romano, pero solo habían sido una provincia menor (Macedonia Segunda), así que fueron aún más atrás y se dijeron: «oye, que somos casi los mismos macedonios de Alejandro Magno, el que conquistó todo el mundo conocido». Y eso sí que molaba, ahí es nada, los herederos directos del gran Alejandro

¡¡¡Ni de joda!!!!, dijeron entonces los griegos. Alejandro Magno tiene copyright y es nuestro y si decís que es vuestro os haremos la vida imposible. Así, por ridículo que parezca, desde 1991, presionando mediante bloqueos en las instituciones internacionales, los griegos han obligado a cambiar a los macedonios el nombre del país, que ahora se llama oficialmente República de Macedonia del Norte, la bandera y algún pasaje de la Constitución que, argumentaban, podía interpretarse en clave expansionista a costa suya.

Aunque en 2019 parece que han llegado a un acuerdo, supongo yo que tarde o temprano este debate volverá a surgir, que los seres humanos nos ponemos muy tontorrones cuando el nacionalismo nos emponzoña el entendimiento.

Sospecho que la grandiosidad del museo Nacional de arqueología, situado al lado de la plaza principal, es sintomática de la preocupación de los macedonios por encontrar sus señas de identidad históricas

El cañón de Matka

Skopie es divertida y acogedora, pero donde me lo pasé mejor fue en las afueras de la ciudad, en el cañón de Matka, al que se puede llegar en menos de una hora de autobús (el número 60, que sale por el centro).

Es un cañón estrecho por el que corre el río Treska por el que se pueden hacer varias rutas desde donde te deja el bus, que tiene chiringuitos y hasta un par de hoteles, además de algún que otro monasterio, como este de San Andrés, levantado en 1389.

Fui muy pronto y como había llovido no había casi gente. Eché a caminar por un sendero estrecho que iba bordeando el río y que me recordaba a las levadas Madeira.

El trekking estuvo muy bien, aunque tuve dos percances. Uno fue con las orugas. Había un montón colgando de los árboles y, aunque iba abriéndome paso con un palo, a la que pasaba por una zona tupida terminaba cubierto por un montón de bichejos de color verde fosforito. Por fortuna llevaba mi gorra japonesa, que no me habría gustado sentir esas criaturas reptando por mi cráneo. Terminé con la camiseta verde de cadáveres de oruga, pero no hay que tenerlas pena, que son una plaga fatal para los árboles. Por la camiseta tampoco, que así luce más moderna.

Tip travel: aunque la dificultad es muy sencilla, conviene recorrer el cañón bien equipado: botas de senderismo, pantalones cómodos, camisetas técnicas de manga larga y agua.

El segundo percance fue por culpa de la lluvia y la suela muy desgastada de mis botas de viaje. Resbalé, me di una costalada de cuidado y casi termino en el río si no me llegó a agarrar a unas raíces. Pensé que me había roto un hueso de esos que hay entre la rodilla y el pie, pero mi organismo se limitó a inflamarse.

Y hasta aquí Skopie, una ciudad donde apenas se ha conservado nada del pasado, pero muy acogedora y divertida.

El paseo por el río a la noche es imprescindible: hay luces de neón en los edificios neoclásicos y se forma un espectáculo un tanto surrealista

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