Tannhäuser Cabaret

Soldados japoneses fantasma

Historia de los soldados japoneses que se negaron a reconocer que Japón había perdido la guerra

Soldados japoneses fantasma

Escribí esto hacia 2004 en mi blog La taberna errante.

Guerreros indómitos

Después de que Japón firmase la rendición, el 2 de septiembre de 1945, todavía quedaban muchas tropas diseminadas por el Pacífico. A lo largo de 1944, las fuerzas aliadas habían ido avanzando poco a poco por las islas y muchos destacamentos nipones se habían quedado aislados en sus respectivas posiciones. Sin contacto alguno con el resto del ejército, estaban obligados a obedecer la última orden recibida, resistir hasta la muerte en nombre del emperador, lo que combinado con su estricto sentido del deber configuró uno de los episodios más insólitos y trágicos de la guerra.

Soldados japoneses rindiéndose tras la batalla de Okinawa

Se calcula que poco antes de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki había más de medio millón de soldados japoneses destacados en el sudeste asiático. Otro medio millón, por lo menos, en China y Manchuria. En Indochina debía de haber unos 200.000 soldados, 100.000 en Malaisia, unos 70.000 en Sumatra, 25.000 en Borneo, unos pocos miles perdidos por las densas junglas de Filipinas y otros 50.000 repartidos entre Java, Bali, Sumba y Timor. Aunque la inmensa mayoría se rindió a los aliados entre septiembre y diciembre de 1945, muchos soldados irredentos siguieron combatiendo incapaces de concebir que Japón pudiera haber perdido la contienda.

Los que ofrecieron mayor resistencia fueron las guarniciones destacadas en Bali y en Manchuria. Los 6.000 soldados, aproximadamente, que se encontraban en la isla del Pacífico se entregaron en febrero de 1946, pero la división de Manchuria (entre 15.000 y 20.000 hombres) resistieron en las montañas chinas hasta diciembre de 1949.

En Filipinas, la situación también fue bastante terrible. A finales de abril de 1945, el ejército estadounidense se tomó un respiro y decidió posponer la dura búsqueda de los grupúsculos militares que se habían refugiado en lo más profundo de las junglas del archipiélago. Cuando volvieron a peinar la zona junto con la policía de Filipinas, en julio de 1946, se dieron cuenta de que se habían confiado. Aunque no se sabe el número exacto con certeza, por lo menos quedaban unos 4.000 soldados dispuestos a luchar ferozmente.

El primer enfrentamiento se produjo el 20 de enero, a poco menos de 200 kilómetros al norte de Manila, y apenas 5 días después se produjo otra trifulca que terminó con 72 japoneses muertos y la baja de 50 soldados americanos y filipinos entre muertos y heridos. La cantidad de víctimas contribuyó a que el mando estadounidense decidiera buscar otros medios con los que pacificar las selvas y pusieron en marcha una gran campaña para comunicar a los irredentos que la guerra había concluido.

Sin embargo, aterrados y en unas condiciones físicas deplorables, los militares nipones se debatían en un mar de confusión. ¿Hacían caso a las transmisiones radiofónicas y los panfletos que les invitaban a entregarse o era todo una trampa del enemigo y corrían el riesgo de incurrir en una vergonzosa rendición contra la que les habían advertido desde chicos?

Como es de suponer se dieron todo tipo de casos. En la mayoría predominó la sensatez, pero en otros se produjeron trágicos combates. Por ejemplo, el 22 de febrero un grupo de 30 japoneses que se encontraba en Luzón se enfrentó a un destacamento de soldados americanos y filipinos, con un terrible saldo de 18 muertos, mientras que, a primeros de abril, otros 40 soldados extenuados se entregaron pacíficamente en la isla de Lubang.

En general, a mediados de 1947, un año después de los primeros mensajes, la inmensa mayoría ya habían salido de las tupidas selvas del archipiélago, aunque todavía fueron apareciendo tropas durante los años siguientes. En enero de 1948, un destacamento de 200 soldados rindió sus armas a la policía de Mindanao y en 1949 se descubrió en una gruta de Luzón a otra media docena de soldados enfermos y sin apenas fuerzas para oponer resistencia.

Aunque el ejército estadounidense había conquistado la isla de Saipan ya en julio de 1944, muchos soldados japoneses continuaron practicando una guerra de guerrillas y sabotajes durante largo tiempo. Así, por ejemplo, los 46 soldados que estaban bajo las órdenes del capitán Oba no se rindieron hasta el 1 de diciembre de 1945.

Uno de los casos más desesperados se produjo en la isla de Guam, que llevaba en manos americanas desde agosto de 1944. En marzo de 1946 un pequeño grupo de 12 soldados japoneses emprendió un ataque suicida contra una patrulla estadounidense armados con lanzas y alguna granada. La mitad de ellos no volvió a levantarse.

Entre marzo y abril de 1947, en la pequeña isla de Peleliu, controlada por fuerzas estadounidenses desde noviembre de 1944, una banda de 33 soldados japoneses intentó destruir una base defendida por 150 marines. Pocos sobrevivieron.

En la remota isla de Guadalcanal un grupo de 100 soldados japoneses estuvo combatiendo desde febrero de 1943 hasta otoño de 1947, que se entregó el último irredento. Se encontraba en unas condiciones lamentables. Sus posesiones se reducían a una bayoneta rota, un plato y una botella de agua.

Pero antes de seguir narrando los casos más estrambóticos, la historia de aquellos soldados que siguieron luchando durante lustros, hagamos un breve inciso para intentar entender su rigidez mental y veamos qué es el bushido.

El bushido

Durante período Meijí, desde finales del siglo XIX a principios del XX, en el que Japón experimentó una vertiginosa revolución industrial, los sectores más nacionalistas y totalitarios del gobierno encontraron una de sus principales referencias ideológicas en el bushido o camino del guerrero, una antigua doctrina militar del Japón feudal que regía la conducta de los samuráis.

El bushido resultaba una ideología muy apropiada para justificar el rígido sistema social, en el que una casta de guerreros debía mantener un estricto cuadro de deberes y obligaciones, pero también fue muy valorado por el belicista gobierno nipón que salió de la revolución industrial. En esencia, se ajustaba perfectamente a los derroteros militaristas por los que se estaba adentrando el país. Según el código bushido, el principal objetivo de un guerrero es obedecer a su señor, por el que debe dar la vida sin la menor vacilación. Además, debía regirse por los principios de lealtad, sacrificio, justicia, valor, modestia y honor.

Imbuidos en esta ideología, donde la muerte constituye un fin casi en sí mismo y la obediencia está por encima de todo, no es de extrañar que el ejército japonés diera tantas muestras de abnegación militar.

A lo largo de su historia, Japón se ha caracterizado entre otras cosas por su exagerado amor por lo militar. El honor o la obediencia ciega al señor se han considerado deberes fundamentales de la gente. Curiosamente, este aterrador sistema de valores viene arropado por tal parafernalia que casi hasta dan ganas de verlo con buenos ojos, tal y como hace el cine en numerosas ocasiones. El problema viene cuando tomas realmente conciencia de que no son episodios de una novela de caballerías sino guerreros que se dedicaban a sembrar la muerte a costa de las cosechas de los campesinos.

Los 47 samuráis

Una de las historias más populares que ejemplificaba el espíritu del bushido se encontraba en un hecho con cierto sustrato histórico protagonizado por 47 samuráis. El relato, llevado al cine entre otros por Mizoguchi (Los 47 samuráis, 1944-45) y por Hiroshi Inagaki (Chushingura, 1962), transcurre a principios del siglo XVIII. En 1701, mientras se realizaban los preparativos para recibir a los enviados del emperador, el maestro de ceremonias del shogunato, Kozunosuke Kira, celoso de que le hubieran encargado al señor del feudo de Akô, Asano, la responsabilidad de organizar el evento, le intenta dejar en ridículo insultándole delante del shogún.

Asano, que a pesar de ser samurái se dejaba llevar fácilmente por la ira, desenvaina su katana y le infringe una pequeña herida al envidioso Kira. Aunque la herida no es grave ha incurrido en un grave error de protocolo. En tiempos de paz, empuñar la espada en el palacio estaba completamente prohibido, por lo que es condenado a practicarse el suicidio ritual (seppuku) y a dictar la desaparición de su clan.

Durante un año, los 47 samuráis que quedaron de su clan aguantaron todo tipo de escarnios ya que todo el mundo les consideraba unos cobardes por no haber vengado a su señor. Pero transcurrido ese tiempo que habían considerado prudencial, los 47 guerreros, comandados por el chambelán Oishi, asaltaron el castillo de Kira, terminaron con los sorprendidos guardias y decapitaron al odiado enemigo. Una vez cumplida la venganza que limpiaba su honor, se entregaron felices al emperador, quien, tras recibirles con los brazos abiertos en loor de multitudes, les ordenó que se suicidaran por haber infringido la ley.

El camino del guerrero

Para terminar de entender el bushido, veamos un breve fragmento de Daidoji Yuzan, descendiente de una ilustre familia de samuráis, que fue uno de los primeros autores que recogió por escrito el código bushido.

«Un samurái debe custodiar dentro de sí, más que cualquier otra imagen, desde el festín del año nuevo hasta que concluye el año, la idea de la muerte. Y solo pensando constantemente en la muerte se pueden conservar las dos virtudes fundamentales: la lealtad hacia el propio señor y la piedad filial. Al mismo tiempo, se protege uno de los vicios y los infortunios, se conserva un cuerpo sano y se puede vivir largo tiempo. El carácter se ennoblece. Estas son las ventajas que nos reporta la idea de morir. En otras palabras. La vida del hombre, como el rojo crepúsculo, es vacía y efímera. ¿Y hay algo con menos esperanza que la vida de un samurái?

»Muchos piensan que pueden vivir durante mucho tiempo sirviendo a su señor y su familia, sin embargo descuidan sus obligaciones. Pero, cuando se sabe que la vida puede acabar mañana, que el día presente quizá sea el último en que podrá recibir órdenes de su señor o ver a sus parientes, entonces el corazón se llena de sincera devoción. Solo así se puede cumplir con lo que se espera de nosotros.

»Si se olvida esta idea sobre la muerte, nos volveremos imprudentes; se pierde la siempre necesaria modestia; se pelea por opiniones contradictorias y poco fundamentadas. Se terminará yendo a parar sin dignidad a los lugares donde se divierte el pueblo. Nos juntaremos con los miserables, lucharemos con ellos y, en ocasiones, moriremos. Así se mancha el honor del propio señor y se crean preocupaciones a los padres. Y todo esto es el resultado de una primera imprudencia: haber descuidado el conservar dentro de uno mismo la idea de morir. Si se piensa siempre en la muerte, por el contrario, con una fuerte conciencia sobre lo que exige el honor de un samurái, se sopesará cada palabra antes de pronunciarla. Así no nos embarcaremos en disputas insensatas. No iremos a lugares inconvenientes, aunque nos inviten, y no se correrán riesgos innecesarios. Así estaremos libres de todo mal y del infortunio».

Daidoji Yuzan. Budo Shoshin Shu (siglo XVI).

Bueno, y llegados a este punto, veamos algunos de los casos más disparatados que se dieron entre los soldados japoneses tras la segunda guerra mundial.

El grupo de Hiroo Onada

En 1974, 29 años después del fin de la guerra, el teniente de infantería Hiroo Onada decidió por fin entregar las armas. Tenía 54 años, estaba en los huesos, había pasado por todo tipo de penalidades en la jungla de Lupang (Filipinas) y todavía llevaba un fusil con abundante munición y unas 20 granadas. Era el último de un grupo compuesto por cuatro soldados que no podían creer que la guerra hubiera concluido con la rendición de Japón.

Akatsu, uno de ellos, se había entregado en 1949 y a su regreso rehizo su vida. Otro, el cabo Shimada, fue abatido durante una escaramuza con tropas filipinas en 1954. Un tercer soldado, Kozuka, también murió en combate en octubre de 1972. Desde entonces, Onada había continuado en solitario su quijotesca cruzada, que resultaría cómica de no ser por los campesinos filipinos muertos que dejó a su paso.

Entre 1972 y 1973 el gobierno japonés puso todo su empeño para convencerle de que saliera de la jungla. Por doquier abandonaron folletos, libros, periódicos e, incluso, cartas escritas por su hermano y su padre escritas por ellos mismos. Sin embargo, en su delirio, Onada estaba convencido de que todo era un truco de sus enemigos para que se rindiera. De hecho, era tal su ceguera que ni siquiera cuando estuvieron escuchando noticias de actualidad durante una temporada, gracias a una radio que habían robado, pudieron darse cuenta de que la guerra había terminado.

Su disparatado empecinamiento concluyó en 1974, cuando fue encontrado por un turista japonés que consiguió hacerle comprender la realidad. Sin embargo, ni aún entonces, quiso deponer las armas. A él le habían dado una orden, que permaneciera en la isla con sus hombres llevando una guerra de guerrillas hasta que llegaran tropas de socorro, y la cumpliría hasta que su superior, el comandante Taniguchi, le dijera lo contrario. Por fortuna, se pudo encontrar al comandante del fiel soldado, que ahora se dedicaba a trabajar como librero, y le embarcaron rumbo a Filipinas. En un emocionante encuentro, le ordenó que abandonara la lucha y Onoda, por fin, se rindió.

El 11 de marzo de 1974, tras haber pedido perdón al presidente de Filipinas por todos los daños causados, regresó a Japón, donde se casó poco después con Machie, una mujer de 38 años culta y educada. En su tierra natal le colmaron de honores y ayudas económicas, que donó en su totalidad al templo de Yasukuni para la paz de los caídos en las guerras, pero no era capaz de adaptarse y al año decidió emigrar a Brasil.

Con los ahorros de su mujer, compraron un rancho de 1.200 hectáreas y poco a poco fue rehaciendo su vida. Tras duras penalidades, consiguieron salir adelante y en 1989 fundó una escuela para enseñar a los niños como sobrevivir en un bosque.

En 1996 volvió a Filipinas totalmente arrepentido de los daños causados a los aldeanos del lugar.

El 11 de marzo de 1974, Hiroo Onoda entregó su espada al por entonces presidente de Filipinas, Ferdinand Marcos. © Getty Images

Shoichi Yokoi

Shoichi Yokoi fue el último defensor de Guam. El pobre soldado resistió en la jungla hasta 1972, que fue hecho prisionero por dos cazadores mientras estaba pescando. Ni siquiera cuando ya era inminente su captura abandonó su fijación por luchar. Por un momento fingió que tenía miedo y se arrodilló pidiendo clemencia, pero en cuanto se acercaron los cazadores saltó sobre ellos en un último gesto desesperado. Por fortuna, debilitado como estaba, pudieron reducirle sin que se produjera ninguna desgracia. Todavía conservaba su viejo fusil, algunas municiones y una granada oxidada. Como de civil había sido sastre, llevaba un uniforme rehecho en perfectas condiciones con materiales de la jungla.

Ya en Japón, Yokoy no consiguió superar el trauma bélico y la vida urbana. Se casó e intentó sin éxito emprender una carrera política. Murió el 23 de septiembre de 1997.

Shoichi Yokoi durante el servicio militar y tras ser reducido

Los últimos de Filipinas

En abril de 1980, salió de los bosques del monte Halcón, en la isla de Mindonoro, en Filipinas, el penúltimo irredento japonés: el capitán Fumio Nakahira. Pero todavía quedaba una sorpresa aún mayor.

En enero de 1997, más de medio siglo después de que hubiera concluido la guerra, se encontró al último soldado japonés en Filipinas: el soldado Noubo Sangrayban, al que habían desembarcado en la isla de Mindoro en 1943 con la orden de que no se rindiera bajo ninguna circunstancia. Tras haber resistido los embates de los marines estadounidenses durante el invierno de 1944, sus compañeros fueron cayendo uno tras otro hasta que Sangrayban se quedó solo y decidió refugiarse en el corazón de la jungla, donde siguió tendiendo emboscadas con los pocos recursos que le quedaban. Cuando se le acabaron las municiones se unió a una tribu de la zona, los mangyan, que lo recibieron de buen grado cuando vieron como adoptaba sus vestimentas y costumbres. Así, Sangrayban cambió su fusil por un arco y unas flechas y continuó su cruzada particular contra cuanta patrulla filipina se ponía a su alcance.

Su historia, sin embargo, no es tan triste como la del teniente Onada. A mediados de los años 50, en un acto de lucidez, decidió deponer las armas y casarse con una mujer mangyan con la que tuvo 4 hijos. Desde entonces llevó una vida plácida y tranquila, sin noticias de su antiguo país, hasta que en enero de 1997 llegó una expedición al poblado y le pusieron al corriente de las novedades acontecidas en las últimas décadas. Sangrayban les escuchó atentamente, luego les contó su experiencia y, por último, les explicó amablemente que, a sus 85 años, no tenía ni la más mínima intención de abandonar el poblado para regresar a Japón.

Los kamikazes

Aunque la tenacidad de los soldados japoneses desperdigados por el Pacífico resulta desconcertante, todavía más difícil de comprender son los kamikazes, pilotos suicidas que estrellaban sus aviones contra los barcos estadounidenses durante la segunda guerra mundial.

El término kamikaze proviene del japonés, kami que significa Dios y Kaze, viento, lo que se suele traducir como Viento divino , y hace referencia a un tifón que diezmó a una flota mongola que pretendía invadir Japón en 1281. Desde entonces, el término se empleaba para designar una intervención divina cuando todo parece perdido.

Y es que en el año 1944, cuando comienzan oficialmente las misiones kamikazes, Japón ve cada vez más cerca su derrota en el Pacífico. Poco a poco, isla a isla, los aliados avanzan inexorablemente hacia la capital y la creciente escasez de medios les hizo pensar en estrategias desesperadas.

Los primeros ataques kamikazes empezaron en octubre de 1944 en Filipinas. A partir de una propuesta del vicealmirante Kakijiro Ohnishi, se creó una unidad especial que debía nutrirse de voluntarios. De hecho, aunque algunos pilotos emprendieron estas misiones suicidas un tanto condicionados, al parecer la gran mayoría decidió participar en los kamikazes por propia decisión. Aún dentro de una guerra, donde se suceden los mayores horrores, el entusiasmo con el que miles de jóvenes se embarcaron hacia una muerte segura resulta escalofriante.

En teoría, estos vuelos suicidas perseguían dos objetivos. Por un lado, provocar todo el daño posible en los grandes navíos de guerra: un avión cargado de combustible y bombas estrellado a toda velocidad contra el puente de mando o el polvorín podía llegar a hundir, incluso, a un portaaviones. Y, por otro, desmoralizar al enemigo que debería sentirse acobardado tras asistir a semejante prueba de valentía.

En realidad, su efectividad no está del todo clara. Cuando el piloto era un adolescente y conducía un aparato obsoleto, como solía suceder ya al final de la guerra, pocas veces daba en el blanco, y, en caso de que fuera ya un piloto experimentado, quizá podría haber conseguido el mismo objetivo limitándose a arrojar bombas desde una distancia cercana. Japón malgastó el potencial bélico que suponían sus cientos de grandes pilotos veteranos empleándolos en una única misión sin retorno. Es cierto que hundieron algunos grandes barcos, sin embargo, resultaba evidente que no iban a poder ganar la guerra. De haberse rendido en 1944 en vez de intentar morir en nombre del honor, probablemente se habrían salvado un sinfín de vidas humanas.

Pilotos kamikaze. Cientos de jóvenes fueron enviados a la muerte para mayor gloria de Japón y su terrible emperador. En ocasiones iban drogados, pero otras muchas fueron capaces de matarse movidos tan solo por el adoctrinamiento al que habían sido sometidos.

Armas humanas

Y terminamos este especial con otro ejemplo de locura militar. Además de los kamikazes, el ejército japonés también empleó otro tipo de arma humana: los kaiten (“Giro de la fortuna”), mini submarinos suicidas que estaban dirigidos por un solo tripulante, el cual lo conducía contra los grandes barcos que estaban estacionados. Al provocar la explosión por debajo de la línea de flotación, golpeaba justo en la parte más frágil de los buques de guerra.

En abril de 1945 probaron otra variedad de ataque suicida: las ohka (“flores de cerezo”). Consistían en un proyectil-cohete constituido por un tipo especial de avión monoplaza de madera, de muy bajo coste, que llevaba casi 1.200 kilos de explosivo a bordo. Un gran bombardero se encargaba de acercarlos hasta que se situaban a menos de 20 kilómetros de distancia del objetivo y a unos 6.000 metros de altura. Luego se lanzaba y un piloto lo dirigía en picado contra el barco enemigo. Impulsado por tres cohetes en la cola, las ohka podían alcanzar hasta los 1.000 kilómetros por hora en el momento del impacto. Por fortuna, en la práctica, estas bombas humanas se demostraron muy poco prácticas ya que eran derribadas, junto con los aviones nodriza, mucho antes de alcanzar sus objetivos.

Una ohka

Bueno, de momento no diré más sobre esta historia triste, como todas las relacionadas con las guerras.

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