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El laberinto 6: Tumbas, dioses y laberintos

¿Podría encontrarse el origen del laberinto en el antiguo Egipto?

El laberinto 6: Tumbas, dioses y laberintos
Hawara

Tras conocer el mito de Teseo y el Minotauro hemos ido hasta Grecia en busca del laberinto y hemos descubierto que en su origen podrían haber influido los confusos palacios minoicos y sus tauromaquias, así como las diversas cuevas de la isla de Creta, aunque las primeras evidencias fehacientes del laberinto son de época micénica.

La cultura griega no surgió de la nada. Antes de que se desarrollasen minoicos y micénicos, en Egipto y Mesopotamia llevaban siglos de sofisticada civilización. Habían descubierto la escritura, avanzados sistemas de producción y formas de gobierno tan complejas como el Estado. Junto con los productos que intecambiaron por todo el Mediterráneo viajaron también sus manifestaciones artísticas y religiosas. ¿Se encontraba entre ellas el laberinto?

Reconstrucción fabulosa del laberinto de Hawara del místico ocultista Athanasius Kricher (siglo XVII)

El laberinto de Hawara

El 4 de noviembre de 1922, lord Carnarvon y Howard Carter descubrieron la tumba del faraón Tutankamon. Apenas cuatro meses después, Carnarvon murió víctima de una extraña infección y la prensa se lanzó entusiasta a un mar de elucubraciones sobre la eficacia de las maldiciones con que los faraones habían protegido su descanso en el mundo de los muertos. No es de extrañar tanto revuelo. Desde antiguo, los crípticos jeroglíficos y la grandiosidad de las construcciones egipcias han constituido un poderoso estímulo para la imaginación y, todavía, hoy en día en la imaginación popular pensamos que las pirámides estaban custodiadas por todo tipo de trampas y laberintos de imposible escapatoria.

Sin embargo, ni las pirámides ni las demás estructuras mortuorias egipcias contaban con sofisticados laberintos llenos de artilugios mortales para proteger las cámaras de los sarcófagos, aunque sí incluyeron falsos caminos y, en algunos casos, cierta complejidad en el recorrido. En realidad, la mejor defensa consistía en sellar los corredores de la entrada con pesados bloques de granito y no era muy efectiva, pues muchas pirámides fueron expoliadas de sus fabulosos tesoros.

Un caso excepcional es un espectacular laberinto que ya causaba admiración entre los viajeros griegos y romanos que visitaban la tierra del Nilo: el templo del faraón Amenemhat III.

Amenemhat III, (c. 1842 a.C. - 1797 a.C.) fue uno de los gobernantes más destacados del imperio egipcio. Pacificó el país, que alcanzó una saludable prosperidad económica y emprendió grandes obras por la zona de el-Fayum, donde se veneraba al dios cocodrilo Sebek. Parte de esta bonanza se debió a la intensidad con que explotó las minas de cobre y turquesa del Sinai, a las que dotó de guarniciones egipcias permanentes y viviendas para los obreros. Tanta riqueza alcanzó esta región, que Amenemhat III decidió construir aquí su tumba, en las cercanías de la ciudad de Hawara.

En teoría, sus restos mortales deberían haber descansado en el interior de una pirámide pero, tal vez temeroso de sufrir los mismos saqueos que sus faraónicos antepasados, prefirió ser enterrado en un lugar tan enrevesado que cualquier ladrón se perdiera antes de encontrar su tumba y así nació el laberinto de Hawara.

En la actualidad, de aquel templo, que algunos autores antiguos consideraban aún más fascinante que las pirámides, solo quedan unos pocos restos, pero podemos intuir cómo era a partir de las descripciones que hicieron Herodoto, Estrabón y otros viajeros que lo visitaron siglos después de que fuera construido.

Reconstrucción del conjunto de Hawara por Jean Claude Galvin

Por el análisis de los cimientos, se deduce que medía unos 305 metros de largo por 245 de ancho (unos tres campos de fútbol). Estaba rodeado por un muro y se dividía en dos plantas. Por lo menos la superior se distribuía en doce patios cubiertos, seis a cada lado, y en cada patio se abrían habitaciones que, según Herodoto, alcanzaban las 3.000 entre los dos niveles. La planta inferior tal vez era idéntica a la superior y albergaba las momias de los reyes y de los sagrados cocodrilos de la vecina ciudad de Medinet el-Fayum. Para rematar la grandiosidad del conjunto, la piedra blanca de las paredes lucía una multitud de jeroglíficos y relieves. Así lo describía Herodoto cuando lo visitó en el siglo V a.C.:

Tuvimos ocasión de contemplar personalmente las salas de arriba, que exceden toda obra humana. En efecto, los accesos de sala a sala y el intrincado dédalo de pasadizos por los patios despertaban un desmedido asombro mientras se pasaba de un patio a las estancias, de las estancias a unos pórticos, de los pórticos a otras salas y de las estancias a otros patios.

Por desgracia, el templo fue usado como cantera desde tiempos romanos y de su estructura no quedan más que unos cascotes desperdigados por la arena, pero debía de ser espectacular. Dado que alcanzó gran fama durante la Antigüedad, tal vez podría haber sido el referente que inspiró el laberinto de Creta.

El más allá, instrucciones de uso

Plinio el Viejo (c. 23-79), uno de los autores clásicos que habló del laberinto de Hawara, no dudaba en relacionar el origen del laberinto cretense con el egipcio. En esencia, sostenía que el cretense era sucesor del egipcio y que hubo un tercero en Lemnos y un cuarto en Italia. Todos similares, con criptas de piedra pulcramente construidas.

Sin embargo, a pesar de las seguras palabras de Plinio, escritas 1.800 años más tarde del esplendor minoico, no existe prueba alguna que nos permita asegurar que la idea del laberinto naciese en Egipto. De hecho, desde el punto de vista arquitectónico, no parece que así fuera pues la única estructura minoica que pudiera parecerse, el palacio de Cnosos, cumplía una función bien diferente. Como nos explica el profesor Miguel Rivera Dorado:

El Mediterráneo oriental era un pequeño lago interior ya en los inicios de la Edad del Bronce, y con la misma rapidez con que materias primas y productos manufacturados se movían entre Creta, Chipre, Siria, Palestina y Egipto, así iban y venían modas, descubrimientos técnicos o científicos y creencias. Pero la orientación básica de la cultura minoica se aleja lo suficiente del «genio egipcio» como para dudar que el laberinto de Amenemhat fuera imitado, si es que lo fue, con otras pretensiones que las del alarde arquitectónico.

Ahora bien, si nos limitamos al concepto, se estrecha la relación entre ambos laberintos. Como vimos, el laberinto griego se confunde con el inframundo, con el reino de los muertos (por ejemplo, durante las danzas de géranos) y el más allá de los egipcios, precisamente, se caracteriza por las dificultades laberínticas que debe superar el alma para alcanzar su destino.

En esencia, los egipcios pensaban que, tras la muerte, el alma de un individuo debía recorrer un camino lleno de peligros y monstruos hasta llegar ante el tribunal de Osiris, donde se juzgaba si podía entrar en el paraíso egipcio (el Aulu) o si debía ir al infierno para su posterior trasmigración en el cuerpo de algún animal inferior.

Así, en tanto que el laberinto griego simbolizaba el reino de los muertos, se establece cierta similitud con la percepción que del más allá tenían los egipcios: complicada, tortuosa y laberíntica. De todas maneras, también es cierto que este nexo es demasiado sutil como para probar nada con certeza. De hecho, que el mundo de los muertos se conciba como un lugar laberíntico del cual resulta imposible salir, parece casi ineludible dada la naturaleza irreversible de la muerte.

Nos queda alguna muestra de laberinto egipcio más por conocer, como los diseños laberintoides de algunos sellos o el ejemplar de Kom Ombo, un grafiti realizado probablemente por algún romano en un templo del siglo II a.C., pero ha llegado el momento de proseguir nuestro viaje y marchar hasta Mesopotamia, el otro gran foco cultural del Mediterráneo previo a la civilización griega.

Un laberinto visceral

Lo más parecido a un laberinto que encontramos en la antigua Mesopotamia es el estómago de una vaca, aunque no es un estómago cualquiera. Veamos qué significa esto. Entre el sinfín de pueblos que poblaron Mesopotamia y el próximo Oriente en la Antigüedad –como los sumerios, acadios, asirios o babilonios, entre otros– se confiaba en gran medida en la eficacia de la adivinación. El vuelo de algunas aves, los sueños o el hígado de un animal sacrificado servían para predecir el futuro y anticiparse a las desgracias que, una y otra vez, se abatían sobre aquellas primeras sociedades urbanas a modo de guerras y hambrunas. Además, debía de dar muy buenos resultados adivinatorios la observación de la más laberíntica de las vísceras, los intestinos.

El intestino es un alargado y retorcido tubo digestivo por el que pasan los alimentos del estómago al ano. Según Kerényi, es probable que para leer el futuro los sacerdotes lo dispusieran en espiral, de derecha a izquierda, lo cual recuerda un trazado laberíntico (que además podría estar relacionado con el reino de los muertos, el llamado palacio de las vísceras). Pero lo más interesante de este intestinal laberinto es que volvemos a encontrarlo en el rostro de Humbaba, el Minotauro de Mesopotamia.

Máscara del demonio Humbaba (c. 1800-1600 a.C.). Britihs Museum, Londres. En esta representación de Humbaba procedente de Sippar (al sur del actual Irak), se aprecia con claridad su rostro envuelto en intestinos de trazado laberíntico.

El laberinto del bosque de los cedros

Gilgamesh era un héroe de la mitología mesopotámica que realizó grandes hazañas en compañía de su amigo Enkidú, el cual vivía entre bestias salvajes hasta que Gilgamesh le convenció de las bondades de la civilización haciéndole pasar siete días con siete noches en compañía de una alegre prostituta sagrada llamada Shámhat. Entre sus aventuras destaca una expedición a un frondoso bosque de cedros, en el Líbano, donde vivía Humbaba, un demonio aterrador que se protegía tras siete corazas mágicas. A pesar de su fuerza descomunal, los dos amigos consiguieron encontrarle y le derrotaron tras una dura batalla en el corazón del bosque.
En este episodio, algunos autores han querido ver cierta relación con el laberinto que recorre Teseo para luchar contra el Minotauro; así, por ejemplo, Santarcangeli señala que:

La prefiguración literaria del laberinto en Babilonia la hemos ilustrado antes con algunos pasajes de la epopeya de Gilgamesh, donde hallábamos todos los componentes esenciales del compuesto mítico: la peregrinación impedida, el errar hacia la región de la muerte, la lucha con el monstruo, el descenso a las aguas subterráneas y a la caverna, el toro y sus cuernos, la doncella encarcelada, etcétera. El bosque encantado, con sus «escaleras secretas» y sus «pasillos cerrados», equivale al laberinto en que habita el Minotauro-Humbaba.

Y lo cierto es que los bosques tienen algo laberíntico, como nos recuerda un cuento que los hermanos Grimm adaptaron del folclore germano. Hansel y Gretel, desdichadas criaturas, eran dos niños que vivían en una familia tan pobre que los padres decidieron abandonarlos en el bosque con la esperanza de que asilvestrados les fuera mejor.

El primer intento les salió mal. Por el camino, Hansel dejó un reguero de blancas piedras que, cual hilo de Ariadna, les permitió encontrar el regreso a casa. A la segunda vez, los padres sí consiguieron perderles en el bosque gracias a que unos pájaros se zamparon las migas de pan que usó el avispado muchacho en esta ocasión (de nuevo un ave relacionada con el laberinto). Tras pasar la noche en el bosque, los niños llegaron a una casa hecha de dulces, chocolate y golosinas y, famélicos como estaban, se dieron un opíparo banquete.

En aquella casa vivía una malvada bruja y los niños habían caído en su trampa. La bruja encerró a Hansel en una jaula y puso a Gretel a trabajar como una esclava (lo cual recuerda a la extendida creencia mediterránea de que si un vivo probaba alguna vianda del reino de los muertos, el laberinto, como le pasó a Perséfone, perdía ya toda posibilidad de regresar entre los vivos).

Pasadas unas semanas terribles, Gretel mató a la bruja gracias a un ardid (de nuevo una mujer es la que resuelve la situación usando la inteligencia en vez de la fuerza bruta) y los niños regresaron a casa con muchas riquezas, lo cual también entronca con la antigua percepción del inframundo como un lugar en el que se atesoran grandes bienes a la espera de quien se atreva a ir a buscarlos.

Tal vez el lector piense que no se puede comparar un mito con un cuento, pero el propio mito de Teseo y el Minotauro también se narraba en ocasiones como un cuento para niños, o por lo menos eso es lo que decía un autor clásico llamado Filóstrato el Viejo:

Teseo se portó mal con Ariadna –algunos, sin embargo, dicen que fue a instancias de Dionisio-, dejándola dormida en la isla de Día [Naxos]: seguro que se lo habrás oído contar a tu nodriza, pues las nodrizas son sabias en este tipo de historias y pueden incluso llorar mientras la cuentan, si así lo desean.

De hecho, una de las claves para comprender la persistencia del mito es lo bien que funciona como cuento infantil. Como nos explica Bruno Bettelheim en un ensayo muy ameno, Psicoanálisis de los cuentos de hadas, los niños disfrutan mucho con las historias donde un monstruo terrible cae derrotado por un truco ingenioso, ya que esto les demuestra que también ellos pueden vencer a sus innumerables monstruos con el único recurso a su alcance, el ingenio, es decir, las piedras blancas, el ardid de Gretel para que la bruja termine en el horno, el hilo de Ariadna, las alas de Dédalo.

Gilgamesh en el Infierno

Curiosamente, al igual que Teseo, Gilgamesh también bajó en una ocasión al Infierno. Tras vencer al Minotauro-Humbaba, Gilgamesh y Enkidú regresaron a la ciudad de Uruk y se enfrentaron ¡a un toro divino! Lo derrotaron y como castigo los dioses enviaron a una espantosa criatura, un híbrido de pájaro y león, a que matara a Enkidú. Así lo soñó el amigo de Gilgamesh:

Prisionero, me condujo a las tinieblas, a la Mansión Irkallu [el Infierno]; a la casa que tiene entrada pero no salida; al camino que tiene ida pero no retorno; a la casa cuyos habitantes están privados de luz, cuyo alimento es polvo, cuyo pan es barro; [con los que van] vestidos como pájaros, con vestidos de plumas y que, sin ver la luz, viven en tinieblas.

Entristecido por la muerte de su amigo, Gilgamesh marcha entonces al Infierno, pero fracasa en el intento. Al igual que Piritoo, el compañero de Teseo se pierde en el reino de los muertos, Gilgamesh no consigue rescatar a su amigo. A cambio obtiene la planta de la eterna juventud, pero la pierde poco después cuando se la roba una serpiente. En suma, otra coincidiencia que, si no es significativa, cuanto menos resulta curiosa.

En conclusión, por lo menos en el último período de la cultura micénica –entre el 1300 y el 1200 a.C.– ya se conocía el laberinto, el cual es muy probable que formara parte de un antiguo ritual relacionado con la fertilidad y la primavera. También contamos con pruebas suficientes para pensar que los herreros –reflejados en la figura mítica de Dédalo– estaban vinculados con el mito del laberinto. De hecho, quizá podrían haber desempeñado un importante papel en su difusión por el resto de Europa, aunque debemos esperar a que los arqueólogos encuentren más laberintos prehistóricos y fechen con seguridad los ejemplares descubiertos para confirmar esta hipótesis.

Además, hemos visto que en los dos ámbitos culturales más antiguos del Mediterráneo, Egipto y Mesopotamia, hay algunos antecedentes laberínticos. En Mesopotamia hemos conocido a Gilgamesh y Humbaba que remedan a Teseo y el Minotauro; y en Egipto, además de un laberinto arquitectónico, el templo de Hawara, hemos visto un reino de los muertos que evoca las dificultades de un laberinto.

Prosigamos ahora el viaje para saber qué sucedió con el laberinto una vez que los romanos tomaron el timón de la historia.

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