Tannhäuser Cabaret

Turquía: 5. Capadocia II

Iglesias, monasterios y hasta ciudades excavadas en la roca.

Turquía: 5. Capadocia II

El segundo día en Capadocia fue curioso. Resulta que hay unos tres o cuatro tour organizados por la zona. Tienen nombres de colores y uno de ellos, el verde, parecía interesante pues pasaba por varios sitios que quería ver, pero estaban demasiado lejos de Goreme como para ir andando: el monasterio de Selime, el valle de Ihlara y la ciudad subterránea de Kaymakli. Así que, con cierto recelo, me apunté al tour en una de las numerosas agencias de la ciudad.

La expedición no empezó muy bien. Salimos tarde, hacia las 10, cuando hacía unas tres horas que había amanecido y ya se podían ver cosas, y la primera parada fue en un mirador para hacerse fotos instagram con paisaje bonito de fondo. Yo veía el tiempo pasar y comencé a ponerme algo nervioso, pero confiaba en que el día iba a remontar con tanta cosa interesante que nos esperaba.

Sitios donde no me gustaría morir

Concluida la parada en el mirador ridículo, marchamos por fin hasta el monasterio de Selime, que me gustó muchísimo.

El monasterio fue tallado en la roca hacia el siglo VIII o el IX. Tenía cierto carácter defensivo y en el recinto se encontraban todas las estructuras características de un monasterio: cocinas, capillas, celdas para dormir, bibliotecas, almacenes y hasta una catedral en la parte superior.

Se encuentra bastante lejos de Goreme, como a hora y media en coche, y creo que se puede llegar en transporte público hasta algún pueblo cercano y luego ya ahí coger un taxi. En cualquier caso, se llegue como se llegue, creo que es visita obligada de la Capadocia.

Me habría gustado dedicarle tiempo, pero el guía se puso muy estricto con el horario y se me hizo muy corta la visita. En fin, confío en volver.

Del monasterio marchamos al valle de Ihlara, que tiene unos 14 km de longitud por unos 100 metros de profundidad. Cuenta con un microclima que hace que sea más verde que el resto de la región y en su día estaba poblado por miles de personas.

Por el valle hay restos de templos e iglesias y me habría gustado haberlo visitado con calma, pero una vez más el horario de la visita estaba limitado y, lo que es peor, empezaba en los últimos 4 kilómetros, que están atiborrados de turistas, aparte de que el sendero es un poco esperpéntico: con bancos, chiringuitos, plataformas para hacerse selfies... En fin, estuvo bien porque el sitio es bonito, pero no fue ni de lejos de las experiencias más interesantes del viaje.

En cuanto llegamos al valle, conseguí escaquearme del grupo andando rápido y volvimos a encontrarnos en un restaurante a la salida, en el cual suministraban pienso a granel a las legiones de turistas que íbamos llegando de los tours. Y fue justo durante esa comida cuando comenzaron los primeros síntomas de una indisposición muy jodida, aunque de momento parecía poca cosa.

Tras la comida marchamos a Kaymakli, uno de los sitios que más me apetecía de todo el viaje. En Capadocia hay varias ciudades subterráneas. Se pueden visitar unas tres o cuatro. Las más conocidas son esta de Kaymakli y la de Derinkuyu, que me quedé sin verla. Son ciudades excavadas literalmente en el suelo, cuyos orígenes se remontan entre los siglos VI y VIII.

Los pasos a la ciudad se podían cerrar con unas losas redondas de piedra que solo se podían mover desde el interior y, en caso de que el enemigo las franquease, habría bastado un solo defensor armado con una lanza para bloquear algunos corredores clave, en los que alguien de mi estatura debe pasar en cuclillas.

En sus mejores tiempos, Kaymakli albergaba una población de unas 3.500 personas distribuidas en 8 niveles de profundidad. Los más humildes vivían más abajo y, aunque todo el conjunto estaba aireado con galerías de ventilación, debía de ser bastante incordio vivir tan abajo. A mí me entró bastante claustrofobia y apenas bajamos cuatro niveles. Supongo que todo es acostumbrarse.

Una vez más, apenas dispusimos de una hora para visitar la ciudad subterránea. ¿Para qué tanta prisa, me preguntaba yo, si son solo las 15.00 y queda muchísimo tiempo hasta que acabe la jornada? Pues porque había que ir a una tienda de auténtica artesanía de Capadocia traída desde China. No contentos con esa experiencia soporífera, después de esa tienda nos llevaron a otra, esta vez de alimentación. Hasta ahí llegamos. Debían de ser en torno a las cuatro de la tarde cuando decidí apearme del tour y regresar a Goreme andando.

El balance final de la experiencia fue muy negativo. Que recuerde, fue la primera vez que me apunto a una excursión organizada y la última. No tienen sentido alguno. Careces de tiempo para disfrutar lo que realmente te interesa y a cambio debes tragarte miradores horteras, restaurantes gallinero y tiendas de souvenirs horribles. Es mucho mejor tratar de llegar a los sitios por cualquier medio -bus, tren, autostop, taxi, coche con conductor, bicicleta...- y elegir en qué invertir el tiempo. Lecciones aprendidas.

A la noche, la gastroenteritis que padecía empeoró de forma considerable. Podía haber sido una ensalada que había cenado la noche anterior o quizás unos zumos, vete a saber, pero el caso es que estaba fatal. Me pasé la noche yendo al baño sin pegar ojo.

Mientras llovía, me pasé la tarde tirado en la cama del hotel y el baño.

Amanecí muy cansado, desayuné un té que eché enseguida y marché a conocer el llamado Museo al aire libre de Goreme mientras en el cielo se iban formando nubes cada vez más negras. El lugar es muy interesante y a pesar del malestar y el cansancio disfruté mucho la visita, la cual lleva varias horas si recorres también algún sendero que se abre antes de llegar al sitio.

El cristianismo se extendió con rapidez por todo el imperio Bizantino a partir del siglo IV y justo en la Capadocia, en Goreme, se formó un núcleo de iglesias y monasterios muy importante entre los siglo IX y X. Como no podía ser de otra manera en el lugar, los centros religiosos están excavados en la roca y forman un conjunto impresionante.

Mi iglesia favorita fue la llamada Iglesia Oscura, todo llena de pinturas murales, de la que no tengo fotos porque estaban prohibidas en el interior.

Entre un trekking por la zona y la visita, regresé a Goreme hacia las tres de la tarde y se puso todo muy feo. Comenzó a llover, hacía viento y frío, y la gastroenteritis empeoró aún más. Conseguí llegar reptando a una farmacia donde compré probióticos, antidiarreicos y unos sobres para deportistas con una amalgama de sales, minerales y vete a saber el qué.

Iglesias de Göreme.

Mi mayor preocupación era no caer deshidratado, pues entonces sí que se me acababa el viaje, pero conseguí encontrar una rutina que me mantuvo en marcha durante los días siguientes. La jugada consistía en beber un chupito de agua cada media hora y cada dos o tres horas ingerir azúcar concentrado: miel, algo de chocolate, unos caramelos... Con el agua y el azúcar conseguí aguantar los ochos días aproximados que me duró el jamacuco sin deshidratarme, una hazaña que no habría conseguido sin mi nuevo mejor amigo: un rollo de papel higiénico que me acompañó infatigable por campo y ciudad hasta que se estabilizó la cuestión. Siempre en los corazones, papel higiénico allá donde te haya llevado la vida.

Iglesias de Göreme.

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