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Rumanía I

Primera entrada de un viaje por Rumanía.

Rumanía I

A finales de noviembre de 2025 viajé durante una semana a Rumanía con mi amigo Rafael. Fue un viaje muy divertido, con apenas turistas por las fechas y muy barato, algo que quizá cambie en el futuro si el país acaba adoptando el euro. Solo nos quedó una espinita clavada: hacer algún trekking, pero el mal tiempo nos lo puso imposible. Aun así, la experiencia mereció muchísimo la pena.

Bucarest

Empezamos el viaje en Bucarest, una ciudad de la que destaco su variedad urbana. En el centro, en apenas unos cientos de metros puedes pasar del neoclasicismo decimonónico al art déco, de los mastodónticos edificios soviéticos a torres de vidrio propias del siglo XXI, sin transiciones amables ni una planificación clara, reflejo de la historia política del país.

Por la noche cenamos en una especie de taberna que nos gustó mucho. En general, disfruté mucho de la gastronomía rumana. Los platos que más me gustaron fueron la ciorbă de burtă, una sopa preparada con callos de ternera, vinagre, nata o crema agria, ajo y yema de huevo; y los mici, unas salchichas sin piel muy especiadas que estaban espectaculares. Como siempre en los viajes, para la comida apañábamos con cualquier cosa, un trozo de pan, que estaba buenísimo, pero para cenar íbamos a sitios ricos, que además eran muy baratos. 

Esa primera noche la pasamos en un hostel del centro, compartiendo litera con otros cuatro muchachotes que roncaban como demonios. Pagamos unos 10 euros, se estaba calentito y la ducha era fantástica, así que no se puede pedir mucho más.

Uno de los edificios que más nos gustaron es el Palacio CEC, construido entre 1897 y 1900 como sede de la Caja de Ahorros del Estado. El proyecto se inspiró en la arquitectura bancaria francesa de la época. La cúpula central de vidrio y metal fue una solución técnica avanzada para su momento.

El favorito de Rafa fue la Iglesia Stavropoleos, que data de 1724 y es un buen ejemplo del estilo brâncovenesco, desarrollado en los principados rumanos a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII. El conjunto formaba parte de un pequeño monasterio con hospedería para comerciantes. Es muy bonito el patio interior.

La Iglesia Stavropoleos es de estilo brâncovenesco. Este estilo se desarrolló en Valaquia a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII y combina elementos bizantinos, otomanos y renacentistas, con pórticos de columnas esculpidas, decoración en piedra muy detallada y proporciones relativamente contenidas.

La otra iglesia más representativa de estilo brâncovenesco en Bucarest es la Iglesia de San Antón (Biserica Sfântul Anton), también conocida como Iglesia de la Corte Vieja (Curtea Veche). Está situada junto a las ruinas de la antigua corte principesca y data del siglo XVI, aunque fue reformada posteriormente incorporando elementos brâncovenescos, especialmente en los pórticos y la decoración exterior.

Muy chulo también es el Ateneo Rumano. Inaugurado en 1888, es la principal sala de conciertos del país y sede de la Orquesta Filarmónica George Enescu. Fue financiado en gran parte mediante donaciones populares. Nos quedamos con ganas de ver el interior hay un fresco circular de 70 metros de largo que representa episodios clave de la historia de Rumanía.

Tampoco vimos el interior del proyecto arquitectónico más demencial del infame Nicolae Ceaușescu: el Palacio del Pueblo, hoy sede del Parlamento. Su construcción comenzó en los años 80 y tenía como objetivo representar el poder del Estado comunista, hacer que los ciudadanos se sintieran una insignificancia frente a semejante coloso. Tiene más de 300.000 m², cuenta con más de mil salas, escaleras de mármol, grandes salones. Para su construcción se demolieron barrios históricos completos y se desplazó a miles de personas mientras el país sufría racionamiento y pobreza extrema. No lo vimos por dentro, porque había que reservar con antelación, pero con verlo por fuera te haces una idea de la envergadura de este despropósito.

Otro sitio muy curioso es el edificio CICLOP, un aparcamiento de varias plantas construido en 1923 y ampliado en los años 30. Fue uno de los primeros grandes garajes públicos de Europa del Este y refleja la modernización de Bucarest en el periodo de entreguerras. Actualmente se encuentra cerrado y en estado de deterioro.

Terminamos el recorrido en la Catedral Patriarcal de Bucarest, construida en el siglo XVII, que es la sede de la Iglesia Ortodoxa Rumana. Aunque el edificio es relativamente pequeño, ha tenido un papel central en la vida religiosa del país y ha sido escenario de actos políticos y religiosos relevantes a lo largo de la historia moderna de Rumanía.

Hacia las 3 de la tarde, después de habernos pateado Bucarest durante toda la mañana, fuimos a la estación para coger un tren a nuestro próximo destinto: Brașov.

Braçov

Menos al visita a Bucarest, que está en Valaquia, el viaje transcurrió en Transilvania, que es una región histórica del centro de Rumanía marcada por su pasado multicultural. Ahí convivieron durante siglos rumanos, húngaros y sajones alemanes y formó parte del Reino de Hungría y del Imperio austrohúngaro hasta el siglo XX, lo que se aprecia en la arquitectura de ciudades como Brașov, Sibiu o Cluj-Napoca, con centros medievales bien conservados. La región está rodeada por los Cárpatos, lo que ha favorecido su aislamiento histórico y su desarrollo como zona defensiva, visible en las numerosas iglesias fortificadas y castillos, entre ellos el de Bran, asociado al mito de Drácula aunque sin evidencia histórica alguna.

Bran

La forma más práctica de recorrer la región es combinar visitas urbanas con rutas de senderismo, ya que gran parte del interés está en el paisaje. Durante nuestro viaje no fue posible: llovió casi a diario y las condiciones no eran adecuadas para caminar por la montaña. Tampoco disponíamos de coche, lo que limitó bastante la movilidad. Los principales puntos de interés se pueden ver en unas pocas horas, pero enlazar dos visitas en el mismo día resulta complicado. El transporte público es irregular, con pocos trenes y autobuses de horarios impredecibles. A esto se suma que en noviembre anochece sobre las cinco de la tarde, lo que reduce mucho el tiempo disponible. Aún así nos lo pasamos muy bien y nos dio tiempo a ver muchas cosas.

Nuestra primera parada fue en Brașov, donde llegamos al anochecer. Al día siguiente madrugamos para ir de excursión al llamado castillo de Bran, que quizás sea el lugar más turístico de todo el país. Está como a una hora de bus de Brașov y fue el único sitio donde vimos turistas; de hecho, vimos demasiados y la visita fue un poco incómoda con tantas personas obsesionadas por hacerse selfies en cualquier rincón bonito. Me recordó el agobio de gente del Palacio da Pena, en Portugal, que es aún peor.

Vista general del Castillo. La fotografía es de Rafael.

El castillo de Bran es una fortaleza medieval construida en el siglo XIV en un paso estratégico de los Cárpatos, utilizada para controlar las rutas comerciales entre Transilvania y Valaquia. A lo largo de su historia tuvo funciones defensivas, administrativas y aduaneras, y pasó por manos de distintas autoridades locales. En el siglo XX fue residencia de la reina María de Rumanía, que impulsó su restauración.

Rafa buscando vampiros por el castillo.

Por mucho que se insista en la publicidad, no existe evidencia de una relación directa con Vlad Țepeș, el personaje histórico asociado al mito de Drácula. Aún así, aunque solo sea por su enclave, en medio de de un bosque cubierto por la niebla, sin duda que merece la pena la visita.

Fotografiado por Rafa

También visitamos la fortaleza de Râșnov, situada en una colina cercana a Brașov. Aunque el asentamiento defensivo original se remonta a la época dacia, la fortaleza actual fue construida en el siglo XIII por los caballeros teutónicos y ampliada posteriormente por comunidades sajonas. Su función principal era proteger a la población local de invasiones, especialmente durante los ataques otomanos. Estaba cerrada, pero pudimos ver el patio y las vistas, que son impresionantes y explican su emplazamiento en un lugar desde donde podían controlar el territorio.

Y nos lanzamos a treckear aunque había avisos sobre osos salvajes, que me habría encantado ver. Osos no encontramos, pero sí mucha lluvia y barro y tuvimos que regresar, pues no había forma de avanzar por aquel lodazal.

Hacía un frío que pela, llovía y el regreso hacia las tres se complicó un poco. Resulta que el tren no funcionaba, tampoco circulaban de forma normal los autobuses y solo conseguimos subirnos a uno hacia las cinco. Demasiado tarde ya para ver Brașov a la luz del día, una lástima, pero no podríamos quedarnos más tiempo, ya que a la mañana siguiente teníamos un tren a las siete de la mañana para nuestro siguiente destino: Sibiu.

Solo pudimos ver Brașov de noche.
La Iglesia Negra. Nos quedamos con muchas granas de verla de día.

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