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Rumanía II

Segunda entrada de un viaje por Rumanía.

Rumanía II

Sibiu

Sibiu se encuentra en el sur de Transilvania y fue nuestra segunda parada tras Brașov. Fundada por colonos sajones en el siglo XII, fue uno de los principales centros administrativos y comerciales de la región y, de hecho, llegó a ser capital de Transilvania en el siglo XVII. Su casco histórico conserva murallas, plazas medievales y edificios góticos y barrocos muy chulos.

Durante la Edad Media y la Edad Moderna, la vida económica de Sibiu estuvo organizada en torno a gremios sajones muy estructurados, que controlaban la producción, el comercio y la formación de artesanos. Cada gremio —zapateros, herreros, curtidores, tejedores, cerveceros o carpinteros— tenía normas propias, un sello oficial y un área de mercado asignada, principalmente en la Piața Mare y la Piața Mică, además de una torre defensiva en las murallas, de cuya protección eran responsables. Los mercados y ferias anuales, que atraían comerciantes de toda Transilvania y regiones vecinas, convertían la ciudad en un centro de intercambio regional y explican su prosperidad durante siglos.

Es recomendable verla con calma; se le puede dedicar medio día sin problemas y detenerse en los lugares más representativos, tratando de imaginar cómo era la vida cuando en la ciudad convergían mercaderes de distintas regiones, trayendo productos agrícolas, artesanía, telas, especias y noticias de otros territorios, y cuando las plazas funcionaban como el principal punto de intercambio económico y social.

La plaza principal es la llamada Piata Mare, que era el centro administrativo militar y comercial de la ciudad. Aquí se encontraban los gremios más fuertes, las casas de las familias ricas, las ferias anuales y los actos oficiales de la ciudad.

En la plaza hay una catedral que no tiene mucho interés, pero nos suscitó un enconado debate saber qué eran unos números bien visibles en un lateral. Cuando estábamos casi seguros de que se trataba de una combinación de la lotería, chat gpt vino a desengañarnos explicando que eran salmos bíblicos.

Al lado de la Piața Mare está la Piata Mica, que nos gustó más porque estaba libre de casetas navideñas.

Entre las dos plazas hay una torre del siglo XV que se puede visitar. Desde arriba hay una vistas estupendas y añade algo más de conocimiento sobre cómo debía de ser la vida en la Sibiu de los gremios.

Cerca de esta plaza, la Catedral Evangélica, una impresionante iglesia gótica del siglo XIV con una torre altísima desde la que se ve toda la ciudad.

Y el Puente de las Mentiras, un puente de hierro del siglo XIX lleno de leyendas: supuestamente se mueve si alguien miente encima de él.

Son muy famosos los “ojos”, ventanucos que hay en el tejado con forma de ojo. Muy chulos.

Terminamos la visita recorriendo las murallas y torres medievales, que reciben el nombre del gremio encargado de su cuidado: la Torre de los Zapateros, la Torre de los Carpinteros, el Bastión de los Arqueros.

Nos costó llegar a nuestro siguiente destino, Deva, ya que no había forma de saber a qué hora salía el bus, un problema que ya habíamos vivido en Braçov y que no podíamos esquivar cogiendo un tren, que van mucho mejor, ya que no había ninguno por la tarde. En teoría debía salir hacia las 14, pero pasaron dos horas hasta que por fin apareció uno que iba hasta allí. Llegamos a Deva cuando ya había anochecido y no pudimos conocer la fortaleza, que quedó pendiente para otro viaje.

Hunedoara

Hay varios buses que conectan Hunedoara con Deva, el lugar de la zona donde conviene alojarse por la oferta hotelera y de restauración. Nosotros cogimos uno muy tempranero y en apenas 45 minutos llegamos a Hunedoara, una ciudad que en durante la época del dominio soviético fue un potente centro industrial. La ciudad se organizó en torno a la fábrica, que marcaba los turnos, los horarios y la vida cotidiana de miles de trabajadores llegados de todo el país. Bloques de viviendas funcionales, avenidas amplias y una planificación rígida dominaron el paisaje urbano durante décadas. Con la caída del régimen, la ciudad no tardó en ir a menos y hoy en día las fábricas guardan un silencio sepulcral.

Su atractivo principal, sin duda, es el Castillo de los Corvin, una fortaleza gótica del siglo XV vinculada a la familia Hunyadi, una de las más influyentes del Reino de Hungría. A diferencia del falso castillo de Drácula, aquí apenas había turistas y disfrutamos de lo lindo recorriendo sus salas y corredores, que están muy bien cuidadas. Una pasada.

Desde niño me fascinan los castillos, así que me lo pasé bomba yendo de una galería a otra. A Rafa también le entusiasmó la visita y a los dos nos pareció lo mejor del viaje.

Alba Iulia

De vuelta a Deva cogimos un tren y nos plantamos en Alba Iulia, la menos interesante de todo el viaje, aunque no me arrepiento de haberle dedicado un rato.

La ciudad fue un importante asentamiento romano (Apulum), más tarde capital del Principado de Transilvania y escenario de la proclamación de la unión de Transilvania con Rumanía en 1918, tal y como conmemora una de sus iglesias. Su principal atractivo es la ciudadela Alba Carolina, una fortificación en forma de estrella del siglo XVIII, construida por el Imperio austrohúngaro, que conserva bastiones, puertas monumentales y edificios militares y religiosos. Se ve en unas dos horas, que fueron justo las que nos quedaban de luz.

A toro pasado, creo que habría sido más interesante haberle dedicado más tiempo a husmear por los edificios industriales abandonados de Hunedoara, pero nos convenía mucho ir hasta Alba porque desde allí salía el tren más rápido hasta nuestro siguiente destino: Sigshoara

Sigshoara

Como decía, a la mañana siguiente cogimos un tren directo muy temprano a Sigshoara, que tardó unas tres horas, creo recordar, por medio un paisaje que nos gustó mucho: campos y campos rodeados de montañas en los que se atisbaban aldeas de madera que nos habría gustado conocer con más detalle.

Sighișoara es una ciudad medieval que fue fundada por sajones en el siglo XII, conserva murallas, torres de gremios y un trazado que apenas ha cambiado con el tiempo. Es conocida por ser el lugar de nacimiento de Vlad Țepeș, dato explotado sin pudor por el turismo, aunque su interés real está en la coherencia del conjunto urbano, que es muy bonito.

El sitio que más me gustó fue el cementerio alemán, que está situado en lo alto de una colina y reúne tumbas de la comunidad sajona, con lápidas sobrias, inscripciones en alemán y una disposición un tanto desordenada. No tiene nada de macabro, es un espacio tranquilo, casi doméstico, desde el que además se obtienen buenas vistas del casco histórico.

Al mediodía partimos hacia nuestro último destino, Cluj-Napoca; con mejor tiempo, sin duda habría merecido la pena hacer alguna ruta de trekking por los alrededores.

Cuj Napoca

Como decía, el viaje terminó en la ciudad universitaria de Cuj Napoca, donde permanecimos día y medio antes de volver a Madrid. Es la principal ciudad de Transilvania y uno de los centros urbanos más dinámicos de Rumanía.

Históricamente formó parte del Reino de Hungría y del Imperio austrohúngaro, lo que se refleja en su arquitectura de los siglos XIX y principios del XX. Hoy destaca por su carácter universitario, con la Universidad Babeș-Bolyai como referencia, y por una economía vinculada a la tecnología y los servicios.

En Cluj tratamos de alquilar un coche, pero la jugada salió mal. La agencia que encontramos estaba en medio de no where, en un descampado más allá de aeropuerto. Llegamos de noche y trataron de estafarnos cobrándonos un dineral en concepto de seguro bajo amenaza de que el menor rayajo iba a costarnos un riñón y medio. Salimos escopeteados y cambiamos las excursiones del día siguiente por más visitas en la ciudad.

El centro histórico se articula en torno a la plaza Unirii, dominada por la iglesia de San Miguel, uno de los mayores templos góticos del país, donde discutimos sobre si el santo estaba matando a un pérfido dragón o a una miserable tortuga.

Le pegamos una buena pateada a la ciudad, que un día a nuestro ritmo cunde mucho, y en general nos gustó bastante, aunque hizo más frío del habitual y la lluvia no paró ni no por un momento. Por la noche, entre otros sitios nos tomamos una cerveza en un bar con decoración pop comunista. Es curioso que a pesar de que el comunismo me parece espantoso soy capaz de abstraerme de cierta simbología en determinadas circunstancias, cosa que no me pasa con otros ismos, como el fascismo. 

En general, me llamó mucho la atención que fuera del centro histórico, en las ciudades que visitamos solo se encontraban viviendas. Ni una miserable panadería ni un bar ni nada. Solo residencias. Es un paisaje urbano tristísimo que supongo fruto de la dictadura comunista. Más allá de las fábricas y los edificios administrativos solo debe haber casas. Prohibido socializar, comunicarse, encontrarse en espacios comunes que no estén controlados por el partido. 

Mención aparte merece el lugar que más nos gustó: el Museo Etnográfico al Aire Libre, que está a las afueras del centro. Reúne casas tradicionales, iglesias de madera, graneros y molinos procedentes de distintas regiones de Transilvania, trasladados y reconstruidos en un entorno natural. El museo muestra la arquitectura rural y la organización de la vida campesina entre los siglos XVIII y XX, y permite entender cómo se vivía fuera de las ciudades antes de la industrialización. Bueno, de hecho, estoy seguro que las viviendas de los dacios debían de ser similares.

Y así terminó un viaje muy divertido con mi amigo Rafa, con quien tenía muchas ganas de viajar, ya que por una razón u otra hacía años que no salíamos juntos. Fue un recorrido sencillo, sin grandes planes, pero suficiente para conocer un país interesante y para ponernos al día después de tanto tiempo.

El viaje salió muy bien. Aunque escogimos la peor época para visitar el país, disfrutamos mucho de la compañía mutua y Rumanía puso el resto. Supongo que el país no tardará en terminar fagocitado por el turismo voraz, pero pudimos disfrutar de un país que aún conserva su propio carácter. Muy recomendable.

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